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  2. Señoriño

Señoriño

Escrito por: Paco Sánchez
Publicado: 25 May 2011
Almudi.org - "Señoriño"
Se me quedó metida en el alma la suavidad del “Deus o garde, señoriño”<br /><br />

Vagon-Bar

La señora me dio más que yo a ella y siento que debería, como mínimo, cubrir esa diferencia

A la iglesia de Santa Lucía, una de las pocas con torre y campanas que quedan en el centro de La Coruña, se accede por una escalera breve, seis o siete peldaños, en la que suelen alinearse a izquierda y derecha los mendigos. Hasta hace poco eran mendigos locales que fueron desalojados con amenazas por un grupo de mendigas extranjeras y profesionalizadas. Por lo visto, la ubicación de cada quién tiene su relevancia y su prestigio, aunque no he conseguido saber si estar a la derecha o a la izquierda, más arriba o más abajo en las escaleras es mejor o peor.

      Los feligreses suben regateándolos, también dialécticamente, porque dicen de todo con argumentos que varían no ya de semana en semana, sino incluso de un minuto para el siguiente. Prefieren a los mayores por razones obvias: basta con ponerse delante de ellos para bloquearlos y evitar que avancen. Se sienten, entonces, más indefensos y propenden a salir de la situación con una limosna rápida, que nunca es rápida: entre que encuentran la cartera, la abren, buscan el dinero y se lo entregan, da tiempo a que alguien se ocupe de otras pertenencias suyas más expuestas.

      La situación adquirió tal gravedad que hasta los sacerdotes de la parroquia prevenían desde el púlpito de los manejos intimidatorios de los mendigos apostados en la entrada. Así que abandoné desde hace ya tiempo mi vieja costumbre de saludarlos uno a uno mirándoles a los ojos y, siempre que iba a Santa Lucía, me concentraba en la operación de subir cuanto antes las escaleras zigzagueando entre las mujeres como un jugador de rugby mientras simulaba una conversación telefónica. Lo del móvil lo hacía por dos razones: para soportar la violencia de no responder a lo que me decían y porque comprobé pronto que cuando vas con el cacharro pegado a la oreja consideran que es inútil decirte nada.

      Así estaban las cosas cuando volví el otro día después de bastante tiempo. Ya desde el lado opuesto de la calle, mientras me acercaba, comprobé que estaban los mendigos tradicionales, los que había habido siempre. En la parte baja del lado izquierdo de la escalera, un lugar quizá preferente, se había situado una anciana corpulenta, vestida de oscuro y cubierta con un pañuelo habitual hace años entre las mujeres mayores de esta zona. La saludé como acostumbraba saludar antes y ya me dirigía a los otros cuando escuché a la espalda una respuesta suave, dulce, casi estremecedora: “Deus o garde, señoriño”. Vacilé un momento, como si algo me hubiera alcanzado en la cara, pero al final no me volví.

      Aquí no llamamos a nadie ‘señoriño’, lo utilizamos en todo caso para referirnos a alguien no presente, de cierta edad —nunca a un joven, pero tampoco necesariamente a un viejo— de aspecto pobre, inofensivo o apocado, alguien de insuficiente capacidad —real o aparente— para la acción que realiza. Por ejemplo: “Vino un señoriño a preguntar si vendíamos coches de lujo”. Me habían llamado “señorito” algunas veces, en todos los sentidos posibles y con la más variada gama de entonaciones. Sobre todo, me había llamado así mi madre de adolescente cuando dejaba algo sin recoger. Pero jamás me habían dicho “señoriño”.

      No le había dado nada, así que la anciana solo me agradecía el saludo. Los demás contestaron como solían antes de que fueran desplazados: un buenosdías, un movimiento de cabeza acompañado por una sonrisa apenas iniciada o ambas cosas a la vez. Pero se me quedó metida en el alma la suavidad del “Deus o garde, señoriño” y la recupero desde entonces como se recuperan los recuerdos bonitos: a menudo y con alegría. Aunque con cierto remordimiento también, porque la señora me dio más que yo a ella y siento que debería, como mínimo, cubrir esa diferencia.

Paco Sánchez

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