Almudi.org
  • Inicio
  • Libros
  • Películas
    • Estrenos de CINE
    • Estrenos de DVD - Streaming
    • Series de TV
  • Recursos
    • Oración y predicación
    • La voz del Papa
    • Infantil
    • Documentos y libros
    • Opus Dei
    • Virtudes
    • Kid's Corner
  • Liturgia
    • Misal Romano
    • Liturgia Horarum
    • Otros Misales Romanos
    • Liturgia de las Horas
    • Calendario Liturgico
    • Homilías de Santa Marta
  • Noticias
  • Almudi
    • Quiénes somos
    • Enlaces
    • Voluntariado
    • Diálogos de Teología
    • Biblioteca Almudí
  • Contacto
    • Consultas
    • Colabora
    • Suscripciones
    • Contactar
  • Buscador
  • Noticias antiguas
  • Uno de ellos era yo

Noticias antiguas

Uno de ellos era yo

  • Imprimir
  • PDF
Me llamo Carlos y trabajo como óptico en Montesilvano di Pescara. Hasta hace algunos años llevaba una vida muy desordenada, a pesar de estar casado y tener tres hijas. Tomaba todo lo que la vida me ofrecía. ¿Habéis visto la película Los inútiles? Pues uno de ellos era yo. A Dios no lo conocía. Antes había trabajado como fotógrafo y había asistido a muchas bodas; así que he debido de oír algún pasaje del Evangelio, pero para mí era un libro desconocido. Era jugador de cartas y a veces jugaba tamb...

Me llamo Carlos y trabajo como óptico en Montesilvano di Pescara. Hasta hace algunos años llevaba una vida muy desordenada, a pesar de estar casado y tener tres hijas. Tomaba todo lo que la vida me ofrecía. ¿Habéis visto la película Los inútiles? Pues uno de ellos era yo. A Dios no lo conocía. Antes había trabajado como fotógrafo y había asistido a muchas bodas; así que he debido de oír algún pasaje del Evangelio, pero para mí era un libro desconocido. Era jugador de cartas y a veces jugaba también a juegos de azar.

 

Una noche volví a casa después de una cuantiosa pérdida, seguida de una pelea furibunda. Por el camino no hacía más que dar vueltas y más vueltas al pensamiento contra el que me había ganado, tachándolo de falso, mala persona, y atribuyéndole todos los defectos imaginables. Al entrar en casa a las tres de la madrugada, encontré encima de la mesa un libro de los evangelios. De dormir no había ni que hablar, así que me puse a leer. El pasaje decía: «¿Por qué te fijas en la paja que tiene tu hermano en el ojo y no ves la viga que tienes tú en el tuyo?» Esas palabras fueron como el filo de un cuchillo que me traspasó el corazón. Me dije: « ¡Dios mío, esto se dirige a mí! » Tenía realmente la impresión de que todo lo que estaba leyendo se hubiese escrito poco antes para mí. Empecé a llorar y seguí leyendo toda la noche. Por la mañana me fui al trabajo; no había dormido, pero me encontraba bien, tenía por dentro una paz que nunca había conocido y unas ganas enormes de conocer a aquel Jesús que había hablado hacía dos mil años y cuyas palabras me hacían tanto bien en aquel momento. No cambió todo de un día para otro. Durante algún tiempo seguí saliendo por la noche con los amigos y jugando; pero al volver a casa, «tenía que» leer algunos párrafos del Evangelio. Leí, uno tras otro, a Mateo, Marcos y Lucas. Pero sobre todo me gustaba leer a Juan. No sé por qué, pero una noche, al leer que Jesús se apareció a los discípulos a la orilla del lago y les preparó pescado sobre unas brasas, tuve de pronto una enorme certeza y me dije por dentro: «Todo es verdad, ¡el Evangelio es todo él verdad! »

 

Ahora me resultaba espontáneo dar a cada persona que encontraba el nombre del personaje evangélico al que, según yo, se parecía: Simón, Juan, Pilatos... Yo era Zaqueo (también porque soy bajo de estatura como él). Y llegó el momento en que Jesús me dijo también a mí, como a Zaqueo: «Baja ahora mismo». Después de mi acostumbrada salida nocturna, volví a casa y sentí que ya no podía seguir más con la vida de antes, compaginar las palabras del Evangelio y los chistes. Me dije a mí mismo: «¡Basta, ya no juego más!» Y así fue.

 

Cuando al fin entré en la iglesia, no ya como fotógrafo sino como creyente, y me vieron de rodillas, las personas que me conocían creían estar viendo visiones y me miraban incrédulas. Algunos, al no verme ya en los lugares acostumbrados, venían a buscarme y a preguntarme qué me había pasado. Así tuve ocasión de hablar de Jesús y, como había comprado muchos evangelios pequeños, se los daba. También regalé el Evangelio, en la trastienda, a los representantes que venían a venderme gafas. He observado también una transformación en algunos de los amigos con los que antes jugábamos a las cartas.

 

Fuente: Raniero Cantalamessa, Querido Padre…

 

http://www.unav.es/capellaniauniversitaria/testimonios/cantalamesa01.htm

Colabora con Almudi

Quiero ayudar
ARTÍCULOS
  • La esperanza de los cielos nuevos y la tierra nueva en la literatura judaica inter-testamental
    Luis  Díez Merino
  • Lo objetivo y lo subjetivo de la redención cristiana Síntesis histórica y perspectiva actual
    Leonardo Cappelluti
  • Sentido cristológico de la confesión sacramental
    José Miguel Odero
  • Aprender en la Misa a tratar a Dios
    Juan José Silvestre Valor
  • La Cruz como símbolo protector
    Teresa Díaz Díaz
  • San José y la caridad: un vínculo devocional e iconográfico [1]
    Sandra de Arriba Cantero
  • En la fiesta de san José: una fidelidad que se renueva
    Guillaume Derville
  • Experiencia científica y conocimiento humano
    Francisco Altarejos Masota
  • El duelo migratorio
    Valentín González Calvo
  • Marxismo soviético y antropología. El caso de Cuba
    Roberto Garcés Marrero
  • El crepúsculo del mundo compartido
    Rubén Amón
  • Espontaneidad y sencillez de la ideología de lo justo
    Manuel María Zorrilla Ruiz
  • La concepción de “ser humano” en Pablo Freire
    Roberto Pineda Ibarra
  • Breves reflexiones sobre Dios y su experiencia
    Antonio Jiménez Ortiz
  • Totalitarismo y libertad individual. Las contradicciones políticas de la tecnología
    Miguel Saralegui
MÁS ARTÍCULOS

Copyright © Almudí 2014
Asociación Almudí, Pza. Mariano Benlliure 5, entresuelo, 46002, Valencia. España

  • Aviso legal
  • Política de privacidad