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La Eucaristía y el Evangelio liberador

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La exhortación sobre la Eucaristía, Sacramentum caritatis, es un documento de gran importancia, como fruto de la Iglesia entera a través de los trabajos del Sínodo de los obispos, recogido y asumido personalmente por el Papa.

La exhortación sobre la Eucaristía, Sacramentum caritatis, es un documento de gran importancia, como fruto de la Iglesia entera a través de los trabajos del Sínodo de los obispos, recogido y asumido personalmente por el Papa.

El documento expone la Eucaristía como Misterio en relación con la fe, con la celebración del culto y con la vida cristiana.

En el texto aparece 10 veces el término liberación. Ahí se explica cómo la Eucaristía actualiza la obra redentora de Cristo, que nos libera del mal y de la muerte definitiva. Cristo instituyó la Eucaristía en un contexto (la cena pascual de los judíos) en que el pueblo de Israel celebraba su liberación de la esclavitud de Egipto. Por la Eucaristía, la muerte de Cristo se ha trasformado en un supremo acto de amor y de liberación definitiva del mal para la humanidad. De ahí surge la liberación profundamente cristiana.

¿Qué consecuencias se deducen de este carácter liberador del Evangelio? En primer lugar, el documento habla de una interpelación y sana provocación: “El sacrificio de Cristo es misterio de liberación que nos interpela y provoca continuamente”.

En segundo término, una llamada apremiante a celebrar el domingo, a participar de la Misa del domingo: “Sin el domingo los cristianos no podemos vivir”, como decían los mártires de Abitinia, porque ahí aprendemos a vivir según esa novedad introducida en el misterio de la Eucaristía: nuestra liberación.

Tercero, la Eucaristía abre a la compasión, la misericordia y el amor “también a la persona que no me agrada o ni siquiera conozco”, y es por eso “pan partido” para todos. Esto debe notarse en la disposición a compartir los bienes y ayudar a los pobres, por medio de la colecta de la Misa y de las obras de beneficencia y misericordia en favor de los necesitados, como manifestación del compromiso solidario en el mundo.

Cuarto, la Eucaristía lleva a comprometerse para derribar los muros de las enemistades, para restaurar la reconciliación y el perdón, para transformar las estructuras injustas. Por tanto, exhorta el texto, no permanezcamos pasivos ante las desigualdades injustas. Salgamos del silencio ante tantos prófugos y refugiados que carecen de lo mínimo. Reaccionemos frente al dato de que “menos de la mitad de las ingentes sumas destinadas globalmente a armamento sería más que suficiente para sacar de manera estable de la indigencia al inmenso ejército de los pobres”. Una pobreza que, advierte el Papa, depende mucho más de las relaciones internacionales políticas, comerciales y culturales, que de circunstancias incontroladas.

También, al rezar “danos hoy nuestro pan de cada día”, hemos de comprometernos para hacer todo lo posible con el fin de que cese, o al menos disminuya en el mundo, el escándalo del hambre y de la desnutrición.

Para concluir, subrayemos: “El cristiano laico en particular, formado en la escuela de la Eucaristía, está llamado a asumir directamente la propia responsabilidad política y social”, según sus circunstancias, también como reflejo de la preocupación por la creación.

Y es que la ofrenda de la propia vida en comunión con los creyentes y la solidaridad con cada hombre son aspectos imprescindibles del culto espiritual, santo y agradable a Dios, en que consiste la vida cristiana.

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