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Ateísmo

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Más que anuncios hemos de buscar la autenticidad cristiana y un diálogo leal y sin miedos

Levante-emv

El llamado bus-ateo me parece una anécdota, sintomática y triste, pero anécdota. Lo que hemos de buscar los creyentes no es tanto la repulsa de un anuncio que sobre todo ofende a Dios, sino las causas conducentes a su ocultamiento o negación en nuestro tiempo. Y no para buscar culpables, sino para hallar remedios.

En abril de 1999, Juan Pablo II iniciaba un discurso sobre el ateísmo con estas palabras del Vaticano II: «La razón más alta de la dignidad del hombre consiste enAlmudi.org - Pablo Cabellos Llorente su vocación a la comunión con Dios. Desde su nacimiento el hombre es invitado al diálogo con Dios. Existe pura y simplemente por el amor de Dios que lo creó y por el amor de Dios que lo conserva. Y sólo puede decir que vive en la plenitud de la verdad cuando reconoce libremente ese amor y se confía por entero a su Creador». Sin embargo, el propio concilio constata que muchos se desentienden de esa unión con Dios o lo niegan explícitamente.

Más de veinte años antes, el propio Juan Pablo II había recordado, con palabras de Pablo VI, que existe una concepción del mundo por la que éste se explica por sí mismo sin necesidad de recurrir a Dios. Incluso se acusa de acientífico a quien pretende combinar creación y evolución, cuando es obvio que existe una evolución y que muchos de sus aspectos son sólo una hipótesis. Por otro lado, se hace muy difícil de entender una evolución ciega que haya dado lugar, no ya a criaturas tan complejas como el hombre, sino a cualquier ser vivo. Eso acaba siendo una creencia.

Para la Iglesia, y para la humanidad, la negación de Dios es el drama espiritual de nuestro tiempo. Pero no pienso que se obtenga nada positivo del choque frontal entre creyentes y ateos. La religión del Dios que se ha hecho hombre –escribió Pablo VI– se ha encontrado con la religión del hombre que se ha hecho dios. Podía haber venido el shock, la lucha, el anatema, pero el talante del último concilio ha sido el modelo del buen samaritano, aun con formas de ateísmo que se han mostrado intolerantes hasta el martirio de los hombres de fe.

Basta recordar las víctimas innumerables del materialismo dialéctico y ateo de raíz marxista. Por otra parte, el ateísmo no es sólo un fenómeno actual. El Antiguo Testamento llama impío e idólatra al que, ya entonces, prefería divinizar actividades humanas en lugar de reconocer a Dios. Se recordaba en el citado discurso de 1999, añadiendo detalles evocados por San Pablo en la Carta a los Romanos sobre el conocimiento de Dios a partir de lo creado. Si no, se absolutiza la realidad visible y se acaba negando a Dios en nombre de la dignidad del hombre.

Muchos factores han podido conducir a tal secularismo, devenido después en ateísmo militante. Por ejemplo, el pragmatismo, neopositivismo, psicoanálisis, existencialismo, marxismo, estructuralismo, etc. Aparte de estas doctrinas, las razones del ateísmo han estado frecuentemente impregnadas de ansiedad, de pasión y utopía, de una especie de generosidad con sueños de justicia y progreso.

A veces han procedido de la mediocridad y el egoísmo reinantes, hasta hacer propias ideas procedentes del Evangelio, referidas a la solidaridad y compasión humanas. Pero –se preguntaba Pablo VI en Ecclesiam suam–, ¿seremos capaces de reconducirlos nosotros a los orígenes cristianos de estas expresiones de valores morales? Por otra parte, ¿no es un fenómeno religioso la solicitud atea de que desaparezca toda religión? Pero no se trata de reconducir un drama profundo de un modo superficial.

Necesitamos el radicalismo de un san Justino para poder decir con los primeros cristianos: cierto, nosotros lo confesamos, nosotros somos los ateos de estos pretendientes de ser Dios. Sólo desde la integridad de vida se puede mostrar la dureza de un universo cerrado sobre sí mismo y oscilante entre el orgullo y la desesperación. La liberación del pesado fardo de un Dios considerado opresor, acaba en la opresión real del hombre por el hombre. Para que esto no suceda, no es preciso entablar lucha alguna. Más que anuncios –cuya posibilidad no niego–, hemos de buscar la autenticidad cristiana y un diálogo leal y sin miedos.

Pablo Cabellos Llorente. Sacerdote

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