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Alegría de vivir

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El hombre entristecido no busca fácilmente metas generosas…

Las Provincias

No parecen tiempos propicios para hablar de alegría. Si nos asomamos al panorama de la última ley del aborto —aunque se le llame de modo que suene a saludable—, es para llorar. Si nos fijamos en el número de personas sin trabajo, es sencillamente alarmante.

Otros parámetros económicos no parecen mejores. Tampoco es como para tirar cohetes la vista que ofrecen algunos cristianos de fe incoherente, y no me refiero a los errores que todos tenemos, sino a la pertinacia en afirmaciones que sitúan fuera de la comunión eclesial a sus Almudi.org - Pablo Cabellos Llorentemismos afirmantes, cuya conciencia cristiana es, cuando menos, más que de dudosa fiabilidad; las pederastias... En fin, no voy a continuar por este camino porque, sería como para decirme: alegría, ¿de qué?

Precisamente, trato de llegar a una alegría más honda, no enraizada en la posesión de bienes, ni en el goce de placeres ilimitados y fuera de madre, ni en el poder, ni siquiera en esa autonomía de la conciencia que parecería hacernos más libres, aun a costa de un encallecimiento epidérmico tipo piel de elefante.

A veces, quizás se busca deliberadamente el callo, es decir, la narcotización de las gentes, a fin de que piensen lo menos posible. Nos creemos en la era de la razón y nunca ha sido más palpable la sinrazón. Y, no obstante, hay motivos para estar alegres.

En una especie de libro de cabecera que tengo ("Fundamentos de Antropología"), Ricardo Yepes Storck escribió que la alegría nace de la aceptación del ser amado. Amar es alegrarse. Tal vez por eso, la alegría tiene tanto que ver con la capacidad de servir. Hace años, leí unas palabras de Tagore citadas por otro autor: "Yo dormía y soñé que la vida era alegría. Me desperté y vi que la vida era servicio. Serví y comprendí que el servicio era la alegría".

Desde una perspectiva cristiana, había oído reiterar —y, sobre todo, vivir— al fundador del Opus Dei unas frases que llegué a aprender de memoria e identifiqué después en un punto de Forja: "Darse sinceramente a los demás es de tal eficacia, que Dios lo premia con una humildad llena de alegría".

Todos los santos han sido maestros de esta virtud por imitar el espíritu de servicio mostrado por Cristo siempre, y recordado de modo imborrable con el lavatorio de los pies a sus apóstoles, previo a su gran entrega en la Eucaristía, anticipo sacramental del martirio voluntario de la crucifixión.

Vale la pena recordar estas palabras: "si comprendéis esto y lo hacéis —se refería a lavarse los pies unos a otros, no ya materialmente, sino sirviendo-, seréis bienaventurados". ¿Alguien podría afirmar que la dura vida de Juan Pablo II hizo de él un hombre triste? ¿Sería acertado decir que la Madre Teresa de Calcuta no fue feliz y dio paz viviendo entre los pobres de los pobres, mientras sufría una terrible aridez espiritual? ¿Podría pensarse que san Josemaría se sintió desgraciado por tener que difundir un mensaje muy nuevo, que le valió calificativos extremos y calumnias perversas?

Evidentemente, las tres respuestas serán negativas. Y también manifestación —no única, ciertamente— de que la alegría profunda nace de un talante que nada tiene que ver con el goce pasajero y amargo del sexo desenfrenado, ni con el poder vivido posesivamente, ni con las riquezas no empleadas para el bien común, ni con la mentira que eleva falsos pedestales, ni siquiera con la salud.

Volviendo a Yepes, sin ignorar que la sexualidad es integrante del específico amor existente en el matrimonio, afirma con Juan Pablo II que "la donación física total sería una mentira si no fuese el signo y el fruto de la donación personal total". Por ello, la unión de los que se aman no puede ser sólo unión sexual que dura unos instantes, sino unión de voluntades, sentimientos y deseos, de proyectos, fines y acciones.

Algo parecido, prescindiendo del sexo, podría decirse del amor paterno-filial, fraternal, amigable y, por supuesto, del amor a Dios. De este modo, con esfuerzo y con fracasos, por caminos amables compatibles con la dureza, el cristiano tiene muy particularmente en sus manos la alegría de vivir, del optimismo, del espíritu positivo respecto al mundo que nos cobija. No es cristiana la crítica amarga y negativa, porque la alegría es parte integrante del itinerario cristiano. Aunque aparece repetidamente en la Escritura, baste esto de san Pablo: "Alegraos siempre en el Señor; de nuevo os lo digo: alegraos".

Lo serio de nuestra vida no han de ser las formas externas del trato con los demás; la seriedad debe estar constituida por la competencia profesional que se hace servicio; por la abnegación para sacar la familia adelante; lo serio es la verdad vivida. Éstas y otras tareas son costosas. No en vano escribió san Agustin que "siempre es mayor la alegría a la que ha precedido un gran dolor", como también se puede afirmar que la tristeza destruye la grandeza de corazón, porque el hombre entristecido no busca fácilmente metas generosas y agradables. Un cristiano, porque ama, porque es alegre, ha de ser magnánimo.

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