Hay que dejar de ser cenizo, triste y negativo, porque con ese tipo de gente es metafísicamente imposible hacer nada animante, alegre y positivo

Hace tiempo, en el AVE, pusieron una película. Tomé nota del título. O quizá fue algo que dijo uno de los protagonistas. No me acuerdo. Hoy encuentro el apunte:

“Aquí acaba el mundo. ¿O hay algo más?”

Hablando del mundo: me encuentro con un amigo. Está enfadado con el mundo, y dice que “no hay derecho”. Esta actitud le convierte en una persona amargada, porque, tal y como están las cosas, arreglarlas del todo es una tarea imposible.

Tal y como están las cosas, tal y cómo estaban, tal y como estarán. Porque hace falta ser muy incauto para creerse que lo que pasa ahora no ha pasado nunca. Y más incauto creer que enfadarse sirve para algo, excepto para ahondar en la úlcera de estómago que te detectaron en la última revisión.

Por cierto, hace poco me hice una revisión. Cuando se lo dije a ese amigo, me riñó: “¡No vayas! ¡Siempre encuentran algo!” Fui, me revisaron a fondo… y no encontraron nada. No me he atrevido a contárselo a mi amigo, por si me pega bronca.

La contestación a la pregunta de la película del AVE, es, sin ninguna duda: “el mundo no se acaba aquí. Sí, hay algo más”.

Lo que pasa es que hay que dejar de ser cenizo, triste y negativo, porque con ese tipo de gente es metafísicamente imposible hacer nada animante, alegre y positivo.

Ya sé que las cosas están difíciles, pero eso no nos autoriza a “cerrar la tienda”, tentación que, en teoría, solo sufren los viejos y en la práctica, los no tan viejos. Dicen que el saber ocupa lugar y que ya no les cabe más. O que han visto tantas cosas que están seguros de que ya no hay nada nuevo. No quieren saber nada, según dicen.

Digo “según dicen”, porque cuando ven algo malo, da la impresión de que se alegran. Si el que lo ha hecho es joven, lo achacan a “la juventud”. Si es viejo, dicen que “parece mentira” y si la actuación de una persona ha sido limpia, sonríen mostrando un colmillo retorcido y dicen: “por ahora. Ya sé verá más adelante”.

Pues eso. Que esta época y la de antes y la de después necesitan gente que estén dispuestos a ser jóvenes “de los buenos”, de los que se ilusionan por las cosas, de los que dicen que el mundo no se acaba, ni aquí, ahora, ni después, por aquello de “un nuevo cielo y una nueva tierra”, del Apocalipsis.

Entre paréntesis. No me gusta hablar de los “corruptos”, como si fuese un estado fijo y definitivo. Prefiero pensar que alguien ha hecho mal una cosa o muchas cosas. Me parece que llamarle “corrupto” es ponerle una etiqueta, condenándole a la imposibilidad de arreglar su vida, o sea, de comenzar y recomenzar. Y esa posibilidad la tenemos todos, gracias a Dios. Y bastantes la aprovechan, aunque no me atreva a decírselo a mi amigo.

Por lo de la bronca.

Leopoldo Abadía, en lavanguardia.com.