El Secretario de Estado Vaticano presidió una celebración eucarística en el pueblo natal de Juan XXIII, con motivo de la conclusión de la ‘peregrinatio’ de sus restos mortales

El sábado 9 de junio, concluyó la peregrinación de los restos de San Juan XXIII, hacia la localidad italiana de Bérgamo, diócesis en la que el amado Papa Roncalli prestó servicio durante sus primeros cuarenta años de sacerdocio y hacia Sotto il Monte, pueblo que lo vio nacer el 25 de noviembre de 1881.

Precisamente allí, en Sotto il Monte, tuvo lugar la celebración eucarística presidida por el cardenal Secretario de Estado Vaticano, Pietro Parolin; encargado de llevar el afectuoso saludo del Papa Francisco a los miles de fieles reunidos para conmemorar la vida de este Santo, a quien Parolin definió como un "puente entre el cielo y la tierra", puesto que "con su humildad y sabiduría", fue una "reconocible presencia de Dios entre los hombres".

Texto de la homilía del Cardenal Parolin

Eminencias, Excelencias, Distinguidas Autoridades, Reverendos Sacerdotes, queridos religiosos y religiosas, queridos hermanos y hermanas en el Señor, quisiera ante todo traeros el saludo y la bendición del Santo Padre Francisco, a quien va nuestro cordial agradecimiento por haber hecho posible esta peregrinatio de los restos mortales del Santo Papa Juan XXIII.

Agradezco al Obispo, Mons. Francesco Beschi, por haberme invitado a presidir esta Santa Eucaristía y, al saludo del Papa, uno mi alegría por estar con vosotros en esta feliz ocasión. Dirijo mi cordial pensamiento a los Cardenales y Obispos aquí presentes, a los sacerdotes, a los consagrados y consagradas, y a cada uno de vosotros.

Es justo además decir una palabra de gratitud a todos los que han contribuido a la organización y desarrollo de este evento −que se ha desplegado en el arco de 18 días− de modo particular a los numerosos voluntarios, que con su valiosa colaboración y disponibilidad han asegurado su buen éxito, y a las Fuerzas del Orden que han garantizado la seguridad.

Esta peregrinatio ha sido un acontecimiento de gracia, que ha registrado una extraordinaria participación de fieles, muchísimos de los cuales se han acercado a los Sacramentos, en particular a la Confesión. Se ha tratado de una iniciativa que ha implicado profundamente a toda la Diócesis de Bérgamo en un gozoso testimonio de fe y de amor, y que augura un buen futuro.

Espero, por tanto, que pueda convertirse en una especial oportunidad de renovación eclesial y civil, según las líneas trazadas por vuestro Obispo en preparación a la peregrinatio y como fruto de ella: la pobreza de espíritu, la profundidad del alma, la luminosidad de la cordialidad y la valentía del ecumenismo. Pobreza, alma, cordialidad, ecumenismo, que forman el acróstico “pace(paz).

El Papa Juan fue un hombre bueno, que llegó a santo porque fue un hombre abandonado enteramente al plan que Dios tenía para él. Con su humildad y sabiduría llegó a decir: “El Señor me hizo nacer de gente pobre y ha pensado en todo. Yo le he dejado hacer” (Diario del alma, junio de 1957). Secundó el soplo del Espíritu Santo, que lo moldeó, transformándolo en reconocible presencia de Cristo entre sus hermanos. Se convirtió así en verdadero puente entre cielo y tierra, un pontífice en el sentido literal del término, camino de unión para permitir a la libertad humana encontrar la majestad, la bondad y la santidad de Dios.

Sus palabras y sus gestos expresaban autoridad y gentileza, serena firmeza y benevolencia, audacia y prudencia, paternidad espiritual y condescendencia fraterna y el mundo se asombró, porque instintivamente, hasta los más alejados y los menos instruidos, advertían que esa sencillez y jovialidad en el trato eran el resultado de un constante trabajo de afinamiento de carácter, eran el resultado de un camino sincero y profundo de un alma en busca de lo esencial, el fruto de una larga experiencia y de muchas lecturas meditadas, eran el espléndido salario de la oración y de la caridad.

El 1 de octubre de 1959 escribió en el Diario del alma: “Se empieza desde la tierra donde nací y luego se sigue hasta el cielo”. A imitación del Hijo de Dios −que desde Belén y Nazaret realizó su misión hasta volver al cielo una vez cumplida perfectamente la voluntad del Padre− Juan XXIII dio sus primeros pasos, aprendió e interiorizó los valores fundamentales de la existencia en su pueblo natal de Sotto il Monte, dentro de su núcleo familiar, escaso de medios materiales pero rico para la vida cristiana que allí se respiraba. Escribía a sus familiares el 20 de diciembre de 1932: “Se me ha olvidado mucho de lo que leí en los libros, pero todavía recuerdo muy bien todo lo que aprendí de mis padres y abuelos. Por eso no dejo de amar Sotto il Monte y me gusta volver cada año. Ambiente sencillo, pero lleno de buenos principios, de profundos recuerdos y enseñanzas preciosas”.

Para comprender la labor del sacerdote, del Obispo y Cardenal Giuseppe Roncalli, como luego del Pontífice Juan XXIII, hay que partir de su fe sólida, diligente, tranquila, confiada en Dios, en su Madre María y en los Santos, aprendida en Sotto il Monte. Es su granítica estabilidad en la fe la que lo hizo al mismo tiempo paciente y audaz.

Precisamente por su escrupulosa fidelidad a Cristo, y para expandir al máximo la luz del Evangelio, no ahorró esfuerzo alguno para encontrar palabras que supieran interesar, involucrar e incluso emocionar a toda persona de buena voluntad, incluso más allá de los límites visibles de la Iglesia. Se apoyó en las cosas que unen, para promover un clima propicio a la instauración de relaciones de mutuo respeto y cordialidad, también con los más alejados o los antiguos adversarios. “Jesús vino para derribar esas barreras; murió para proclamar la fraternidad universal; el punto central de su enseñanza es la caridad”, afirmó en la homilía de Pentecostés de 1944.

Juan XXIII dejaba entrever un lenguaje y una acción profética. No medía la bondad de los resultados en lo inmediato, sino que se propuso esparcir semillas que a su tiempo darían fruto. La serena y soberana libertad interior de su alma era perceptible por sus interlocutores que descubrían en él al hombre de Dios, que piensa y actúa con magnanimidad, que promueve y anima el bien, que, en un mundo dividido y herido, quiso ser signo de concordia, que no dispone de otra agenda que llevar acabo que la de la verdad, el bien y la paz.

Encarnó con autoridad y credibilidad la buena nueva traída por Cristo, y por eso supo devolver esperanza incluso en las situaciones humanamente más difíciles. Se piense, por ejemplo, en el episodio ocurrido durante su visita a la cárcel romana de Regina Coeli, cuando un detenido puesto de rodillas ante él le preguntó: “¿Las palabras de esperanza que Usted ha pronunciado valen también para mí, que soy un gran pecador?”, recibiendo el abrazo del Papa, entre el asombro y la emoción de todos.

El Papa Juan leía en los acontecimientos de la historia no solo el funesto elenco de dramas y tragedias provocadas por los pecados de los seres humanos, sino en primer lugar el poder y la grandeza misericordiosa del plan de salvación de Dios. Así, los hombres y mujeres de su tiempo se vieron animados a comprometerse con determinación y motivada esperanza en encender llamas de bien, antes que quejarse de la oscuridad.

En plena prima guerra mundial (11 de febrero de 1918), escribía: “Nunca he conocido a un pesimista que haya terminado nada bueno. Y como estamos llamados a hacer el bien más que a destruir el mal, a edificar más que a demoler, por eso me parece… que debo seguir por mi camino de perenne búsqueda del bien”.

Su fe rocosa se transformaba en intrépido valor. Seguro de la presencia y de la asistencia perenne del Espíritu Santo a su Iglesia, puedo asumir la responsabilidad de convocar un Concilio Ecuménico que reuniese toda la Iglesia para actualizar el modo de proponer la verdad evangélica, para hallar lenguaje y métodos adecuados para llegar al hombre contemporáneo con las perennes verdades del Evangelio, facilitando el encuentro del hombre con su Salvador.

Angelo Giuseppe Roncalli pasó unos 20 años en misiones diplomáticas, en Bulgaria y luego en Turquía y Grecia, antes de llegar a Paris y, en esos años, pudo conocer a fondo los efectos de la trágica división entre la Iglesia Católica y la Ortodoxa.

El ecumenismo se convirtió para él en una necesidad de mantenerse fiel al Señor en la acción cotidiana. Era bien consciente de la complejidad y dificultad del camino para restablecer la plena comunión, sabiendo que los tiempos y los modos estaban reservados a la Providencia. Sin embargo, estaba seguro de que había que iniciar un nuevo capítulo hecho de inéditas bondades recíprocas, de gestos simbólicos y de actos fraternos, que a partir de la valoración del tesoro de lo que une, abriese un itinerario destinado a conducir a la plena unidad visible, para ser de verdad brillantes testigos de la Resurrección de Cristo.

El escándalo de la separación, y a veces de la abierta hostilidad entre los que se profesan cristianos, no podía hallar respuesta solo en la oración. Es más, esta última debía suscitar una serie de iniciativas dirigidas a cambiar los corazones, abriendo una nueva era, no de alejamiento de algún punto de la doctrina para satisfacer un irenismo a cualquier precio, sino de serenar los ánimos, de colaboración posible, de responsable acción hacia la concordia.

Hoy todavía no hemos alcanzado la unidad visible entre los cristianos, pero ¡cuánto camino se ha hecho! ¡Cuántos obstáculos se han quitado del sendero, cuántos malentendidos se han disuelto! El ecumenismo de la caridad, como el mutuo conocimiento y trato nos hace ver ya hasta las asperezas del camino de un modo completamente nuevo. Ciertamente una considerable parte del mérito se debe a vuestro paisano, al Papa Juan, a su sereno coraje, a su capacidad de descubrir vías de auténtico diálogo.

San Juan XXIII, imitando al Buen Pastor del que nos han hablado las lecturas de hoy, buscó las ovejas dispersas y las cuidó, reuniéndolas y apacentándolas por amor al Señor. Dedicó toda su existencia a Cristo y a la Iglesia, con celo y generosidad, no ahorrando fatigas ni pretendiendo resultados inmediatos, sino ofreciendo un testimonio indeleble de santidad. Se fio completamente de Jesús y el Señor le confió su grey para que la confirmase en la verdad y la guiase por la vía de la salvación.

Queriendo ser puente de reconciliación entre los hombres y Dios, el Papa Roncalli se convirtió también en causa de reconciliación entre las Naciones en un mundo amenazado por las armas de destrucción masiva y la aguda tensión de la “guerra fría”. He aquí ese realizarse plenamente aquel itinerario que desde Sotto il Monte lo condujo hasta ser eficaz agente de paz para el mundo entero.

Queridos hermanos y hermanas, la peregrinatio os ha hecho encontraros más de cerca con un paisano vuestro ilustre que se convirtió en una gran alma, un signo transparente de la bondad y paternidad de Dios. Uno que “de hermano se hizo padre por voluntad de Nuestro Señor”, como afirmó en el célebre discurso de la luna, en aquella memorable tarde del 11 de octubre de 1962, día de apertura del Concilio Ecuménico Vaticano II.

En esta espléndida tarde me surge espontáneo el deseo de que cada uno de vosotros y de vuestras familias haga suyas las palabras que el joven Don Giuseppe Roncalli escribió en el Diario del alma en mayo de 1919: “¡Qué cierto es que basta fiarse completamente del Señor para sentirse provistos de todo!”.

Fiaos completamente del Señor, dejad que entre en las casas, en los lugares de trabajo y de estudio, que ocupe también los sentimientos, los proyectos y las diversiones, para que os bendiga y os dé su gracia, sin la cual no es posible hacer nada bueno. Encomendaos a Él, que puede hacer de cada pobre alma un jardín que difunde por todas partes el perfume del bien.

Y luego nunca olvidéis estas otras palabras pronunciadas por el Papa Juan, que en estas jornadas de la peregrinatio os han conducido, como temas espirituales, paso a paso: “Hijos de Bérgamo, de esta Iglesia que amo, tened valor, tened honor… Os recuerdo a todos lo que más vale: Jesucristo, la Iglesia, el Evangelio”“Os animo a progresar en la bondad, en la virtud, en la generosidad, para que los Bergamascos sean siempre dignos de Bérgamo”.

San Juan XXIII, ruega por nosotros, para que podamos caminar en la luz y en la gracia del Señor cada día de nuestra vida y cumplir bien nuestra peregrinación terrena, nuestra santa peregrinatio. Así sea.

Fuente: vaticannews.va / romereports.com.

Traducción de Luis Montoya.