El respeto a la verdad implica defender el derecho del otro a decir la suya y, acto seguido, tratar de refutársela con hechos, razones y argumentos; la verdad es un animal salvaje que vive muy mal en cautividad

Las frases de Jesús son tan redondas que casi nadie se resiste a darles otra vuelta. Quizá la que haya rodado más sea aquella de la verdad que nos hará libres. Los modernos voluntaristas ponen cara de interesantes, y proclaman: "La libertad os hará verdaderos", que es un retruécano muy sonoro pero rotundamente hueco.

Yo tampoco me resisto a la tentación de perpetrar una variación, en este caso, por paranomasia. "La verdad os hará liebres". Me anima un precedente ilustre. Flannery O'Connor advirtió que "la verdad os hará raros". Es un precedente en los dos sentidos: literario y conceptual, porque, al principio, la verdad empieza haciéndote un bicho raro y terminas encamándote, teniendo que dormir con un ojo abierto, como las liebres, de puro susto. A los raros se les esquina y persigue.

No esperen que lo explique más, porque no hace falta. Piense usted (en silencio) en esas verdades (políticas, sociales, culturales o/y antropológicas) de las que está usted convencido, pero que no se atrevería a susurrar en público ni loco. Y en privado, sólo tras muchos circunloquios y prevenciones. Si de pronto salta la liebre y se le escapa algo, sabe que tendrá que pedir disculpas y recoger velas, como vemos cada dos por tres. Nadie se tomará el trabajo de refutarle: le mandarán callar. Los galgos y los podencos de lo políticamente correcto nos ventean.

Claro que usted puede replicarme, agudo como un galgo, que esas verdades no tienen por qué serlo, sino que yo pienso que lo son y que, además, toda verdad es culpable de considerar mentira (con perdón) la postura contraria. Eso es (con perdón) verdad, pero el problema de las liebres consiste en que podemos decir cada vez menos "nuestra" verdad o ya ni podemos. Qué lejos quedó Antonio Machado y su "¿Tu verdad? No, la verdad / y ven conmigo a buscarla. / La tuya, guárdatela". Una vez propuse una revisión en positivo ("¿Tu verdad?, sí, y mi verdad / y la de aquél… Que al buscarla, / la de nadie está de más"). Pero ahora rige: "¿Tu verdad? Qué pretencioso. / Dirás mejor tu opinión, / mas no la digas tampoco".

El respeto a la verdad implica defender el derecho del otro a decir la suya y, acto seguido, tratar de refutársela con hechos, razones y argumentos. El amor a la verdad conlleva la creación de un espacio (una reserva) de libertad de pensamiento, de expresión y de debate. La verdad es un animal salvaje que vive muy mal en cautividad.

Enrique García-Máiquez, en diariodecadiz.es.