La autora ha acompañado al Papa Francisco en el viaje a Letonia, Estonia y Lituania. También estuvo allí hace 25 años con Juan Pablo II

En este tiempo se han producido notables cambios, pero el mensaje ha enlazado con el del Papa polaco

Viajé hace 25 años con Juan Pablo II a los países bálticos. Para él ese viaje tuvo una alta carga simbólica, parecida a la de los viajes a su patria. Sentimos en esos días el orgullo de pueblos que veían en la Iglesia católica una fortaleza que había resistido a dos totalitarismos y había defendido los derechos de los creyentes.

Volví a los países bálticos con el Papa Francisco. El peso de este cuarto de siglo se hizo sentir. El Papa tocó con la mano los cambios que se dieron en estos países que con él celebraron el centenario de su primera independencia. Si a Juan Pablo II le tocó celebrar la libertad reconquistada, al Papa Francisco le tocó repetir que hay que saber preservar esa libertad, superar el rencor del pasado y hacer que las diferencias no se conviertan en división. Alentó a los lituanos, letones y estones a superar la indiferencia y la desesperación por la crisis económica, y abrirse a la acogida, la tolerancia y el respeto.

El hilo que unió su visita a los tres países fue la memoria del pasado, que debe ser el punto de partida de un futuro que no pierde el sentido de la vida y el deseo de generarla. Les pidió recordar que la libertad de hoy es gracias al trabajo, al esfuerzo y la fe de sus mayores, por lo que no deben renegar sus raíces, su cultura, sus tradiciones. Afirmó que sin el cristianismo Europa y los europeos serán más solos y más frágiles, e hizo especial hincapié en la exigencia de abrirse a los demás, a ser solidarios y acogedores con los más necesitados.

Si como imagen del viaje de Juan Pablo II elegiría su presencia en la Colina de las Cruces, del viaje de Francisco me queda su dolor visible en la ex cárcel de la Gestapo y la KGB, donde fueron torturadas, asesinadas o deportadas 15.000 personas. En el vuelo de Tallin a Roma, nos dijo que había salido de ahí destrozado, por haber tocado con la mano la crueldad humana, una crueldad que no ha desaparecido y que en muchos lugares, en muchas cárceles o en las manos de los terroristas del ISIS representa un gran escándalo de nuestra cultura y de nuestra sociedad.

Valentina Alazraki, en Revista Palabra.