La juventud siempre ha conectado con el compromiso social. La propuesta cristiana sigue encendiendo los corazones generosos con la práctica concreta de obras de misericordia

Esta es la experiencia que nos transmite el párroco de una iglesia de Castellón, en la que han puesto en marcha una actividad de atención a gente necesitada por parte de los jóvenes de su parroquia.

Dios siempre te sorprende. O, al menos, eso es lo que suele decir el Papa Francisco: hay que dejarse sorprender por Dios. Pues bien, a mí Dios me sorprendió cuando recibí, el día 16 de julio del año pasado, el nombramiento de párroco de Nuestra Señora del Carmen, en la ciudad de Castellón. Al planificar los trabajos de atención pastoral me acordaba de nuevo del Papa Francisco y de su llamada a no olvidarnos de los pobres. A la vez me daba cuenta de la necesidad de renovar la pastoral juvenil. Así que entre todos pensamos en cómo podíamos ayudar a las personas que carecen de lo necesario para vivir con un mínimo de dignidad, y a la vez impulsar las actividades que nos permitieran tratar gente joven.

En este clima de iniciativa y de oración, surgió una idea que nos inspiraron la vida de santa Teresa de Calcuta y las actividades de sus Misioneras de la Caridad, que algunos conocían por haber colaborado en una de sus casas. Saldríamos por las calles de la ciudad, a repartir comida entre los pobres. Eso ayudaría a hacer menos gravosa su situación de pobreza, y además implicamos a los jóvenes para que conozcan de primera mano esas situaciones y comprendan el valor de su compromiso. Por un lado las personas en situación de mendicidad se sienten acogidas, y se les ayuda a superar en cierto modo la marginación en la que se ven envueltos. Por otro lado, los jóvenes entran en contacto con realidades dolorosas que les ayudan a cultivar sentimientos de compasión y solidaridad, a huir de la superficialidad y a enfocar su futuro profesional con deseos de contribuir a una mejor justicia social.

Como decía la Madre Teresa, la ayuda que podamos prestar no es más que una gota en el océano…, pero resulta que el océano ¡está formado por gotas! Nuestra gota sería un viernes al mes. Pero, una vez terminado el curso, hemos comprobado que el poso que han dejado esas visitas excede la materialidad del tiempo dedicado, o las necesidades puntuales que hayamos resuelto: una vez más sucede que cuando piensas dar algo, tú recibes mucho más. Es una de las paradojas del cristianismo, y que se experimenta en la práctica de la caridad. Porque no se trata simplemente de cubrir una carencia, sino de amar como Cristo lo ha hecho, y estas visitas, para todos los que hemos participado, han supuesto un nuevo y sincero encuentro con Cristo, en el rostro sufriente de los pobres.

Acompañar en la indigencia

Cuando propusimos la actividad a los jóvenes que participan en la parroquia, muchos asumieron la iniciativa. En sus casas preparaban la cena que, después, se repartiría entre aquellos que más la necesitasen. Antes de la distribución de los alimentos, los jóvenes y sus padres se reúnen brevemente en la parroquia, a última hora de la tarde, delante del Sagrario y de la imagen de la Virgen del Carmen, para pedir por aquellos a los que vamos a visitar. A continuación, sencillamente, salimos a buscarlos. La expedición suele durar hasta cerca de la medianoche, momento que aprovechamos para reunirnos de nuevo y cenar con lo que ha quedado sin repartir.

Ese primer encuentro no se olvida. Especialmente los más jóvenes, no lo olvidan. Nadie les puso una venda delante de los ojos: saben que hay situaciones difíciles y que no van a hacerse la foto sino a sufrir con el que sufre. En alguna ocasión, algún pobre ya está medio dormido y no quiere nada. Es más, la visita le resulta de lo más inoportuna. En esos momentos es mejor no decir nada, y simplemente despedirse con una sonrisa e intentarlo una próxima vez. Hacerse cargo de la indigencia también significa reconocer su sufrimiento. En ocasiones se visitan familias que viven sin agua corriente o sin electricidad, y eso alienta en los jóvenes deseos de generosidad. Por ejemplo, una de las participantes me confiaba:

“Lo mejor de la salida a visitar a los pobres fue poder compartir lo que teníamos. Lo que más me sorprendió fue el mal estado en el que vivían algunas personas e incluso familias enteras”.

Las situaciones de marginación social no son sencillas. Estos encuentros favorecen el diálogo y afloran los problemas de quien no se habla con su hijo, de quien ha terminado en la calle, del que se dejó enredar por las drogas… Y para sorpresa de algunos muchachos, aquellos que tienen menos suelen ser más agradecidos. Este contraste es precisamente el contexto en el que los muchachos que colaboran descubren que en su vida deben cambiar algo: ser más agradecidos, no quejarse tanto, valorar el trabajo de otras personas, cumplir con más interés sus propias obligaciones, cultivar sinceramente el trato con Dios… Un adolescente reconocía después de una visita:

“Ahora afronto mis problemas desde otra perspectiva. Sales a darles algo y, al final, son ellos los que te dan. Se trata de la sonrisa, del agradecimiento que recibes, en el fondo, por una pequeña tontería. Sí, muchos pobres te dan más de lo que tú les das”.

Sabemos que con estas salidas no vamos a solucionar todos los problemas de esas personas necesitadas. Tampoco cuando visitamos a algún enfermo en el hospital pretendemos curar su enfermedad. Para eso están los médicos. Nosotros, tan sólo podemos estar allí, junto al enfermo. Pasar un rato con él, hacerle algo de compañía. Eso mismo hemos notado al visitar mendigos de la calle: tanto los muchachos como yo hemos podido ver detrás del pobre y del enfermo el rostro de Dios. Y siempre hemos vuelto con la sensación de haber recibido más de lo que nosotros podíamos dar.

Un camino de discernimiento

He comprobado cómo el compromiso de los jóvenes con estas obras de misericordia, suscita deseos de entrega, y es un buen contexto para plantearse su respuesta a la llamada específica que puedan notar en su alma. Son un buen campo para cultivar amistades, asentar virtudes humanas, y habituarse a ciertas prácticas de piedad que fundamenten su servicio a los demás.

Transcribo el testimonio de una de las participantes, que me ha ayudado a valorar de esta actividad para acompañar en el proceso vocacional de muchos jóvenes:

“La primera vez que realicé este voluntariado fue muy impactante para mí; no pensé que me llegaría tan adentro, tan profundo, aquello que iba a hacer. El hecho de ayudar a los que más lo necesitan, te llena el alma; intentamos seguir el ejemplo de Jesús, y que estos desfavorecidos le vean a través de nuestros ojos, ofreciéndoles algo para comer, ropa e incluso palabras de ánimo... Muchas veces necesitan saber que hay gente que se preocupa por ellos y los anima a seguir adelante con la ayuda de Dios, además de darles una manta... Esta experiencia te hace crecer, valorar más lo que tienes y tratar con otros ojos a los que encuentras en la calle. Recomendaría este voluntariado a todos los jóvenes para que sean conscientes de que no todo el mundo vive en las mismas condiciones; y al igual que Dios tiene misericordia con nosotros, nosotros deberíamos tenerla con los más desfavorecidos”.

Es algo que se repite en aquellos que dedican su tiempo a los demás. Una vez que has vivido esta experiencia, vuelves a caminar por las mismas calles pero tus ojos ya no ven lo mismo. Ves más. Te preocupas por esas personas, intentas saludarles por su nombre, les preguntas cómo se encuentran, te interesas sinceramente por su familia… ya no son unos desconocidos. A veces sobran las palabras. Es suficiente un gesto, una sonrisa. Así lo reconoce otro de los participantes, que admite:

“Fue un aterrizaje a la realidad que desconocía. Poder ayudar a esas personas, recordándoles que Dios les quiere, no con palabras que muchas veces cansan, sino con hechos concretos, una cena, un café, un saludo… fue como un despertador para mi vida”.

Para todos en la parroquia, y para mí personalmente, lo que comenzó de una forma sencilla ha supuesto un cambio de mentalidad inmenso. Y ya empezamos a ver los frutos que el Espíritu Santo suscita en las almas. Por ejemplo, en Cuaresma, como es habitual en muchos lugares, vivimos la práctica del Via Crucis, y el Viernes Santo organizamos uno por las calles cercanas a la iglesia. Este año, para sorpresa de todos, se presentó uno de los indigentes a los que habíamos visitado, vestido con chaqueta y corbata, dispuesto a llevar la Cruz en la procesión. Se siente parte de la parroquia. Gracias a Dios, ahora hace ya dos años que no vive en la calle sino en un piso de Cáritas. No siempre nos encontramos con un final feliz, pero muchas veces sí. Comprobamos que Dios se ha servido de nosotros para darles algo y, sobre todo, que Dios se ha servido de ellos para darnos mucho más.

Joaquín Muñoz Llanes
Párroco de Nuestra Señora del Carmen, Castellón

Fuente: Revista Palabra.

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