Si partimos del hecho empírico de que nadie es perfecto y de que la pifiamos abundantemente a lo largo de nuestra vida… ¿qué pasa por la cabeza y el corazón de quienes afirman esto tan tranquilamente?

—¿Te arrepientes de algo que hayas hecho en tu vida?

—De nada.

Es una pregunta-respuesta típica en las entrevistas a famosillos de diferente calibre. Siempre me llamó la atención y mi perplejidad ha ido en aumento al encontrar esta pasmosa seguridad en la bondad propia en personas de a pie, que conoces −y que puede que incluso hayas sido parte damnificada de alguna de esas acciones de las que no piensa que deba arrepentirse−. Aham.

¿Cómo puede alguien decir sinceramente «No me arrepiento de nada»? ¿De nada, nada? Si partimos del hecho empírico de que nadie es perfecto y de que la pifiamos abundantemente a lo largo de nuestra vida… ¿qué pasa por la cabeza y el corazón de quienes afirman esto tan tranquilamente? ¿No se arrepienten del daño causado a quienes más querían? ¿No tienen en su vida, como el común de los mortales, una lista más o menos larga de decisiones y acciones que llevaron a cabo y que resultaron nefastas, para él y/o para otros?

¿La intención es lo que cuenta?

Entre esta “raza superior” están algunos que admiten una cláusula: «Me equivoqué, pero lo hice desde el corazón…». Vale, al menos lo reconocen, pero ¿es suficiente? ¿Hacer las cosas desde el corazón disculpa cualquier error cometido? La intención cuenta, sí. Esto es de primero de Filosofía. ¿Pero lo es todo?

Hay gente que con su corazón como única guía y abanderado con la bondad intrínseca de su persona se va metiendo leñes por la vida y no solo se hiere a sí misma, sino a mucha gente por el camino. Y no, vivir así no puede darte la felicidad y no creo que esté justificado. Cuando hacemos las cosas con la mejor de nuestras intenciones y aun así la cagamos es mucho más productivo y más maduro asumirlo y aprender de los errores. Esto lo vemos en las relaciones: el problema no es tener muchos o pocos novios, el problema es acumular rupturas sin saber por qué no ha funcionado, sin asumir responsabilidades, sin aprender de los errores para que no vuelva a pasar con el siguiente… Es lo más parecido a jugar al pilla-pilla en una habitación con luz pero empeñándote en no darle al interruptor.

No somos siempre buenos

Otro punto interesante que obvian los seguidores del «La lié pardacagué, pero con el corazón, era lo que sentía entonces» es que el ser humano no es siempre bueno.

Según su modo de pensar parecería que todos los fallos cometidos en nuestra vida tienen una intención positiva detrás, pero oye, esto es ausencia de conocimiento propio y ajeno. Solo hay que abrir los ojos para comprobar que, de vez en cuando −o con frecuencia− a los seres humanos nos dan «ramalazos de malicia», como decía una de mis profes de Ética. Y no me refiero necesariamente a maldades gordas, a guerras, a corrupciones, a infidelidades… La malicia está también en el afán por criticar, en la deslealtad en el trabajo, en las contestaciones bordes (porque, claro, estoy cansado y no me sale del corazón sonreír, así que me aguantas mi cara de acelga), en las zancadillas para que el otro no brille más que uno, en las envidias…

El problema común es que no nos gusta reconocernos como los malos de la peli. Cada uno tenemos la imagen construida de nosotros mismos en la que somos bastante encantadores por lo general, provocamos risas fácilmente con nuestro inteligente humor, recibimos felicitaciones por éxitos laborales, nos preocupamos desinteresadamente por el mundo, ayudamos a personas mayores a cruzar la calle y no vivimos de espaldas a lo que sucede lejos de nuestras fronteras.

Y puede que todo eso sea verdad. Pero no toda la verdad. Porque la realidad es que a veces también somos débiles, poco atentos, poco cariñosos, nos miramos el ombligo con contemplaciones, nos enfadamos si alguien nos fastidia un plan −aunque haya sido sin querer y con toda su buena intención−, juzgamos con una facilidad pasmosa −tengo que desarrollar mi teoría de cómo los realities potencian este lado chungo de la humanidad− y ni comemos sano, ni andamos mil pasos al día.

Por supuesto, la solución no es flagelarse ni quedarse anclado en el pasado ni lamerse las cicatrices, sino tener un arrepentimiento real, que propicie un efecto positivo en el presente. Parte de esta idea ya la afirmaba el sabio Rafiki: «El pasado puede doler, pero puedes huir de él o aprender».

Es normal que tras un error, un proyecto fallido, un fracaso, una equivocación, haya una herida, pero ignorando ese pasado no estás dejando que se cure y tampoco estás haciendo nada para que mejore porque no estás asumiendo la parte de responsabilidad que te pertenece. «La respuesta no es la huida», canta Maldita Nerea.

Alguien podría objetar, con mucho sentido: ¿Pero cómo puedes juzgar correctamente el pasado desde el presente sin ser injusto? Tal vez no se trate de ser nosotros jueces en causa propia.

El peligro de los propósitos

Otra mentira disfrazada de frase lapidaria es la de «Yo no me arrepiento, simplemente intento hacerlo mejor la próxima vez». Hombre, todo un detalle. Pero, como advierte Max Scheler en Arrepentimiento y nuevo nacimiento (ya os lo estáis pidiendo para Reyes, un librito que os puede cambiar la vida), no consiste simplemente en hacer buenos propósitos, porque ¿de dónde obtienes la fuerza para llevarlos a cabo si antes no ha habido una liberación de ese pasado que pesa? Además, Scheler advierte que con esos buenos propósitos «está empedrado el camino del infierno de la manera más seductora». Porque cuando, con toda tu buena fe, te propones mejorar sin haber curado previamente las heridas, las posibilidades de volver a fallar son muy amplias, y la caída es más grande, y eso te puede acabar llevando a la desesperación −al infierno−. Los buenos propósitos están bien, pero es necesario un paso previo.

Dejadme que profundice un poco más en lo que cuenta Scheler sobre esto. El filósofo habla de la culpa, una palabra que suena fatal y que tiene muy mala prensa. Pero es interesante lo que dice sobre ella: la culpa no es un sentimiento, «es una cualidad “moralmente mala” que se ha adherido permanentemente a la persona misma, al centro de sus actos, por sus actos malos». Por eso puedes tener sentimiento de culpa sin ninguna justificación −ralladas mentales por causas variadas−, pero también ser culpable y no sentirte apelado por ello.

También impregna nuestra cultura la idea de que un acto malo siempre tiene consecuencias negativas. Pero no, no existe el karma, y esto es no es una afirmación de Scheler, sino mi traducción al lenguaje llano de una argumentación suya más elaborada. Pero no hace falta ser un intelectual para comprobarlo, basta con la experiencia: la vida no funciona con premios y castigos. Vemos muchas injusticias que quedan impunes, y conocemos a gente que resplandece por su bondad y que vive de desgracia en desgracia. Ante esto Scheler deja una cosa clara: aunque tu acto malo no tenga siempre consecuencias negativas, la culpa se queda dentro de ti y te determina de alguna forma. De ahí la importancia de sacudírtela de encima para poder seguir viviendo. El arrepentimiento «aniquila» la culpa y con ello la raíz de nuevas acciones malas. Es la «paradoja del arrepentimiento que mira hacia atrás con una mirada llorosa y actúa alegre y poderoso hacia el futuro» (Scheler).

Para la libertad

El arrepentimiento es libertad, no es una losa y no tiene nada que ver con echarse culpas y arrastrarse por el suelo. «Arrepentirse significa imprimir un nuevo sentido a un fragmento de vida pasada» (Scheler): esa es la diferencia con el “no mirar hacia atrás y simplemente seguir hacia adelante intentando hacerlo mejor”. Por el contrario, el arrepentimiento supone un cambio de raíz, un cambio en un pasado herido que hace posible un futuro libre. Para Scheler, el arrepentimiento es «la fuerza más revolucionaria del mundo moral» y la cosa se pone apasionante cuando habla de cómo debemos cobrar conciencia de que «el entero mundo moral (…) podría ser radicalmente distinto si yo fuera sencillamente de otra manera».

Así que, ahora que acabamos de empezar el año, os invito a comenzarlo con un «nuevo nacimiento». Está en nuestra mano que el libro en blanco por estrenar y empezar a rellenar sea real, y no solo una bonita imagen para pasarse por whatsapp.

En este año que comienza, pidamos perdón. Si de entrada no se os ocurre fácilmente nada por lo que arrepentiros −todo puede pasar− os animo a ver este vídeo en el que diferentes personas se disculpan; os copio algunos de sus motivos: «perdóname por las palabras tan duras que te he dicho hoy», «por no haber valorado todo lo que has hecho por mí», «por creer que siempre llevo la razón», «por dejarme llevar por las apariencias y no darte una oportunidad», «por intentar vivir una vida que no era la mía», «por no pasar más tiempo contigo», «por creerme que soy mejor que tú», «por no haber pensado en ti», «por olvidarme cada día de hacerte feliz».

Pidamos perdón, porque un día en el que no hemos amado es un día perdido, así que aprovechemos el tiempo de la mejor manera y no dejemos pasar la oportunidad de «conjugar el verbo amar».

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Max Scheler comenta en su libro que el reconocimiento de nuestra falta nos conduce hacia la conciencia de que existe el autor de la ley que hemos transgredido. Para Scheler, se trata del Dios del catolicismo, que es juez y es misericordioso. Hace un año os hablaba de la posibilidad real de hacer Reset que nos da la Iglesia, no solo en Año Nuevo, sino en cada momento: «Cada instante es año nuevo. Si caigo, si me equivoco, si no me salen las cosas, si me he alejado de la meta, si me he olvidado de todo… siempre puedo empezar de nuevo». Y no solo con nuestras poquitas fuerzas, no solo con la escasa fuerza de nuestros propósitos y la inconstancia de nuestras emociones… sino que, si apostamos por ello, podemos contar con toda la ayuda de un Dios que es Amor del bueno.

Lucía Martínez Alcalde, en youmakelovehappen.wordpress.com.