Las raíces cristianas de Europa

José Orlandis

 

Sumario

El llamamiento de Juan Pablo II.- El nacimiento de Europa.- Los precedentes de la unión europea.- La crisis de la herencia cristiana.- El oscurecimiento de la esperanza.- Una nueva evangelización.


El llamamiento de Juan Pablo II


Constituye un hecho sorprendente la polémica suscitada a la hora de elaborar un proyecto de constitución europea en torno a la cuestión de si habría o no de hacerse referencia a las raíces cristianas de Europa. La extrañeza procede del decidido empeño de silenciar algo históricamente tan obvio que sólo un cerrado prejuicio ideológico puede empeñarse en discutir o silenciar. Examinar esta cuestión en todos sus aspectos, con visión serena y criterio rigurosamente científico es el propósito que anima al autor al iniciar la exposición del tema

¡Las raíces cristianas de Europa! Hace más de veinte años, en 1982, cuando su primera visita a España, el Papa Juan Pablo II, en el escenario incomparable de Compostela, lanzó al mundo un llamamiento impresionante. Desde aquel lugar santo, a donde los europeos de todas las naciones habían peregrinado desde hacía más de mil años, las palabras del Pontífice resonaron con especial solemnidad: "Yo, sucesor de Pedro en la Sede de Roma, una Sede que Cristo quiso colocar en Europa y que ama por su esfuerzo en la difusión del Cristianismo en todo el mundo. Yo, Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal, desde Santiago te lanzo, vieja Europa, un grito lleno de amor: ¡Vuelve a encontrarte, sé tú misma, descubre tus orígenes, aviva tus raíces...!".

Las palabras del Papa impresionaron fuertemente a quienes las oyeron y yo mismo hice el propósito de estudiar con particular atención la génesis de la Europa cristiana o, si se prefiere, la contribución del Cristianismo a la formación de Europa. Una aportación que fue la argamasa que le dio solidez y coherencia, el espíritu que animó su personalidad. El resultado fue un libro aparecido en 1988, que titulé "La conversión de Europa al Cristianismo". Porque esa realidad viva que llamamos "Europa" es el resultado de un dilatado proceso a lo largo del cual una multitud de pueblos de diversas etnias y procedencias abrazaron la fe de Cristo, y al hacerse cristianos se hicieron también europeos.


El nacimiento de Europa


Europa nació sobre las ruinas de las provincias del Imperio Romano emplazadas a lo largo de la ribera septentrional del Mediterráneo, desde el Pontus Euxinus -el mar Negro- hasta las Comunas de Hércules y el Finisterre galaico o bretón. Durante siglos, la cuenca del Mediterráneo había constituido el corazón del Mundo antiguo. El mar no separaba sino que acercaba y unía las tierras ribereñas del norte y del sur, del este y del oeste, y tan romanos se sentían Cicerón y Séneca como Tertuliano y Agustín; tan romanos eran Cartago o Hipona como Nápoles o Milán. Ayuda a formarse una idea de este estado de cosas recordar que las grandes divisiones administrativas del Bajo Imperio, creadas a finales del siglo III -las Prefecturas del Pretorio- seguían las líneas de norte a sur de los meridianos y cruzaban sin empacho las aguas del mediterráneo. En Occidente, la Prefectura de las Galias tenía su capital en Tréveris, junto al Rhin, y comprendía Inglaterra -la Britania romana-, las Galias, la Península Ibérica -la Diócesis de las Españas-; y -superado el estrecho de Gibraltar- la Mauritania, la provincia del noroeste de África. La Prefectura de Italia, con capital en Milán, lindaba por el norte con la cuenca del Danubio, y desde Milán se gobernaban, más allá de la Península italiana, las extensas provincias del Africa latina, el territorio actual de Libia, Túnez y Argelia.

El cristianismo se difundió durante los tres primeros siglos entre las poblaciones, en su mayor parte de cultura greco-latina, asentadas a ambas orillas del Mare Nostrum. Pero ese status se alteró totalmente en el siglo VII con la aparición del Islam y su expansión por el Africa romana. A partir de entonces, el Mediterráneo se convierte en un foso que, lejos de unir, separa absolutamente la ribera norte, cristiana, de la meridional, africana e islámica. Las tierras que constituyen el profundo "hinterland" de la ribera norte fueron -como se dijo- el primer solar de la naciente Europa.

A estas tierras, desde comienzos del siglo V, las invasiones barbáricas aportaron un nuevo elemento, el germánico, constituido por unos pueblos que, tras su conversión al Cristianismo, convivieron con los descendientes de las antiguas poblaciones indígenas o provinciales romanas y contribuyeron todos a la formación de la primera Europa. Luego, los misioneros cristianos -occidentales y bizantinos- traspasaron el limes -las antiguas fronteras exteriores del Imperio- y llevaron la Fe e infundieron la naciente personalidad europea a otros pueblos, germanos y celtas, más remotos y menos civilizados. Tal fue el caso de san Patricio en Irlanda, san Agustín de Canterbery en Inglaterra, san Bonifacio en Germania; y los santos Cirilo y Metodio, venidos de Constantinopla, que Juan Pablo II ha proclamado, junto a san Benito, Patronos de Europa. Los dos pulmones eslavos y magiares contribuyeron también a la formación de la Europa cristiana, una epopeya multisecular rematada, por fin, con la conversión de Escandinavia y de los pueblos de los Países bálticos.

Así, Europa nació cristiana; ¿hubiera podido no serlo? Tal vez sí, en el caso de que la expansión del Islam que, como una gran marea, sumergió las tierras cristianas del Asia Menor y del norte de Africa a lo largo del siglo VII, hubiera luego dominado el Continente europeo. Esta posibilidad se dio y fue superada en el primer tercio del siglo VIII, después de haberse provocado, en el año 711, la ruina del reino visigodo español.

¿Qué hubiera ocurrido si, en los años 717 o 718, los ejércitos del Califato Omeya se hubieran apoderado de Constantinopla, la capital del Imperio cristiano oriental, cercada por ellos durante largos meses, apoyados por una Flota de 1.800 naves, en vez de ser rechazados victoriosamente por el emperador León el Isáurico? ¿Cuál hubiera sido la suerte del Continente si, en 732, los Arabes, procedentes de España hubieran vencido en Poitiers a Carlos Martel -como vencieron a don Rodrigo en Guadalete- y el Reino franco se hubiera desplomado en una sola jornada, como se había arruinado el Reino visigodo español? Pero tanto en Oriente como en Occidente, los cristianos -bizantinos o francos- rechazaron el Islam y salvaron a Europa. Y téngase en cuenta un detalle bien significativo: el término "europeenses" -europeos- aparece por ver primera en una Crónica mozárabe de mediados del siglo VIII, para designar a los soldados cristianos de Carlos Martel que combatieron en la batalla de Poitiers y detuvieron el avance islámico hacia el corazón del Continente.


Los precedentes de la unión europea


De ese modo, Europa, nacida cristiana, continuó siéndolo por mucho tiempo. Y signo claramente cristiano tuvieron los grandes intentos de unificación europea producidos a lo largo de los siglos. El Imperio de Carlomagno, coronado emperador en Roma por el papa León III en la Navidad del año 800, tuvo un evidente sentido cristiano y europeo. Un poeta irlandés contemporáneo, cartujo, llama a Carlos "cabeza del reino de Europa", mientras que un poema datado en 799 y atribuido al franco Angilberto, acumula sobre Carlos los epítetos triunfales: "cabecera del mundo y cumbre de Europa", "faro venerable de Europa"; "rey padre de Europa".

Un indudable componente cristiano tuvo el Imperio romano-germánico, alemán y latino, expresión política de la Etnarquía medieval que sucedió al carolingio. Y cristianísimo fue el designio político del último eximio defensor de la unidad católica europea, Carlos de Gante: Carlos I de España y V de Alemania que, con toda justicia, ha merecido ser llamado Carlos de Europa. La unidad cristiana, norte de su política y de su propia existencia, constituyó el tema de un célebre soneto de su contemponáneo Hernando de Acuña, al que pertenecen los siguientes versos


"Ya se acerca, señor, o ya es llegada

la edad gloriosa en que promete el cielo

una grey y un pastor solo en el suelo,

por suerte a vuestros tiempos reservada.


Ya tan alto principio, en tal jornada,

os muestra el fin de nuestro santo celo

y anuncia al mundo, para más consuelo,

un Monarca, un Imperio y una Espada".


Cristianos -y por tanto europeos- fueron los pueblos de las veinticinco naciones que esperan ahora constituir la gran Europa unida del siglo XXI. Negar una referencia a las raíces cristianas de esa Europa en el texto de la nueva Constitución sería por tanto un acto de triste cerrazón intelectual, totalmente apartado de la razón y de la verdad histórica.


La crisis de la herencia cristiana


No estaba, pues, fuera de lugar el llamamiento a las raíces cristianas de Europa hecho por Juan Pablo II desde la catedral de Santiago de Compostela. Ni tampoco las palabras pronunciadas en su discurso del 13 de enero del año 2003, al Cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede en las que decía: "Deseo dirigirme una vez más a los redactores del tratado constitucional europeo para que en él figure una referencia al Patrimonio religioso y especialmente cristiano de Europa". "Pero esta herencia, advertía más tarde el Papa en su Exhoratación Apostólica Ecclesia in Europa, de 28 de junio de ese mismo año 2003, no pertenece solamente al pasado; es un proyecto para el porvenir, que se ha de transmitir a las generaciones futuras".

Efectivamente, Europa nació cristiana y tiene raíces cristianas viejas de muchos siglos: negarlo o silenciarlo sería cerrar los ojos a la evidencia y desfigurar la realidad histórica. Pero no basta conformarse con las raíces, por venerables que éstas sean. Hace falta tener también en cuenta el tronco y las ramas, las flores y los frutos. Y ha de reconocerse que existen hoy amplios sectores sociales europeos que distan mucho de estar impregnados por las doctrinas del Evangelio de Jesucristo. En muchos ambientes domina un neopaganismo -alentado por la presión perseverante de poderosos medios de comunicación social- que no venera ni añora a las viejas divinidades sino que rinde culto y adora a los nuevos ídolos de la postmodernidad: un secularismo dogmático y excluyente, un menosprecio de la fe como fuente de conocimiento intelectual, un temporalismo anestesiante, que limita las perspectivas y las expectativas del hombre al reducido horizonte de lo terrenal; un relativismo negador de la verdad y, todavía, una patológica exacerbación de cuanto se relaciona con el sexo, acompañada por la aparición de una homosexualidad, elevada al rango de fenómeno social. Estos rasgos y otros más, que están en la mente de todos, configuran la fisonomía de las sociedades neopaganas de hoy.


El oscurecimiento de la esperanza


El Sínodo de los Obispos de 1999 alertaba frente al "oscurecimiento de la esperanza" que, al comienzo del tercer milenio amenaza a menudo a muchos cristianos europeos. Entre los síntomas advertidos señalaba "la pérdida de la memoria y de la herencia cristianas, asociada a una especie de agnosticismo práctico y de indiferencia religiosa". Denunciaba también que en el Continente europeo, con el progresivo avance del laicismo, huellas prestigiosas de la presencia cristiana -pensemos en ciertas grandes catedrales- corren el peligro de convertirse en meros vestigios del pasado, en fríos museos.

El Sínodo seguía señalando una serie de fenómenos inquietantes, pero no imaginarios, como el de que en muchos ambientes públicos sea más fácil declararse agnóstico que creyente. La angustia existencial -añadía- se manifiesta en la pérdida del sentido de la vida, el descenso de la natalidad, la disminución de las vocaciones sacerdotales, la resistencia a tomar decisiones definitivas de vida -incluso en el matrimonio-, el deterioro de la familia, el incremento de las personas que, aunque no carezcan como ayer de alimentos y de las cosas materiales indispensables, se sienten solas, sin lazos de apoyo afectivo..., y tantos otros síntomas que configuran lo que puede llamarse una "cultura de la muerte" (cfr. Ecclesia in Europa, n. 7-10).

Una nueva evangelización

Frente a la ofensiva anticristiana -e incluso antihumana- la Iglesia necesita erigirse en abanderada de las más nobles causas: la dignidad de la persona; su derecho a la vida, amenazada por el aborto y la eutanasia; la salvaguardia del matrimonio y de la familia, indispensables para la recta ordenación de la sociedad y la defensa del bien común; la solidaridad -un sentimiento tan difundido hoy entre la mejor parte de la juventud- y que no es otra cosa que el cumplimiento del "Mandamiento nuevo" del Señor: genuina caridad cristiana con los que carecen de bienes temporales pero, quizás todavía más, con la legión cada vez mayor de personas abandonadas y solitarias, hambrientas de afecto y compañía. Y, por encima de todo, lo que es la misión fundamental de la Iglesia: el anuncio de la redención de Jesucristo, de la venida al mundo de nuestro Salvador, que abre a los hombres una esperanza de inmortalidad, un horizonte de vida eterna, y unos medios que les concede para poder alcanzarla.

Estas son algunas de las metas de la nueva "evangelización" del Primer mundo, y en especial del Continente europeo, que reclama con insistencia Juan Pablo II. Y hay que decir que, por fortuna, no faltan signos alentadores que alimentan en los corazones la esperanza. Entre esos signos ha de destacarse la recuperación de la libertad religiosa en la Europa oriental, los anhelos de unidad de los cristianos y los avances del Ecumenismo, por encima de dificultades y obstáculos evidentes; la multitud de testigos de la fe -"mártires"-, que ha habido en el último siglo, tanto en el este como en el oeste europeos. Y, todavía un fenómeno que puede considerarse nuevo: el número creciente de hombres y mujeres -incluso grupos familiares- que abrazan con todas las consecuencias su condición de discípulos de Cristo Jesús y hacen de sus seguimiento el ideal de sus vidas de fieles cristianos en medio del mundo. Una minoría que no cuenta con el apoyo de un ambiente favorable y unas tradiciones que ampararon durante siglos un Cristianismo sociológico. Unos cristianos que no temen desafiar a la moda o navegar a contracorriente y son otra vez fermento o levadura evangélica. Estos signos, bien perceptibles ya en el día de hoy, constituyen el fundamente de una renovada esperanza.

 

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La vieja Europa, a primera vista, puede parecer haberse convertido en un gran desierto espiritual, sobre el que se abaten los rigores de un invierno que cubre de hielo la superficie de la tierra. Pero estemos ciertos de que, bajo la capa de hielo, permanecen adormecidas unas raíces cristianas, prontas a despertar de su letargo. Con la ayuda de la gracia de Dios y el renovado esfuerzo evangelizador de los cristianos, hay razones para esperar que florezca una nueva primavera, destinada a traer grandes bienes, no sólo a la Iglesia, sino a toda la humanidad del siglo XXI.