“El gran teólogo es la Iglesia entera, es el pueblo cristiano, en la medida en que cree y piensa en unión con aquel que es la verdad, y no por ningún fantástico sufragio universal”

Émile Mersch (1890-1940) ha pasado a la historia de la teología por sus estudios sobre el Cuerpo Místico. Compendia allí casi toda la teología; y también la espiritualidad, porque, como reza el título de uno de los artículos, somos “hijos en el Hijo”.

El 24 de mayo de 1940, Émile Mersch celebró la Misa de la fiesta del Corpus Christi en Lenz, pequeña ciudad francesa vecina a la frontera belga. Las circunstancias no podían ser más penosas. Unos días antes había cruzado la frontera desde Bélgica, casi al mismo tiempo que las tropas alemanas invadían Francia, después de haber ocupado Bélgica. Iban 10 personas en un coche −él en el alero− y llevaba a dos jesuitas enfermos procedentes de Lovaina. Por preguntar cuál era el camino, fue detenido como sospechoso, y pidió a los del coche que siguieran adelante y se ocuparan de los enfermos. Él se las arreglaría. Y se las arregló para llegar a Lenz.

Lenz fue duramente bombardeada durante el día del Corpus. Hacia las dos y media de la tarde, avisaron que cerca había muertos y heridos, y el padre Mersch salió para atenderlos. Un testigo declaró haberle visto muerto en las afueras a un lado de la carretera, hacia las cuatro. Y más tarde lo encontró un sacerdote, al que le pareció reconocer su rostro. Al abrir la carpeta de cuero que tenía al lado, solo había unos cuadernos escolares con el nombre en primera página, Mersch. Aquellos cuadernos rellenados a mano eran los capítulos de la última versión de la obra en la que había estado trabajando en los últimos meses: La Teología del Cuerpo Místico.

Infancia y estudios

Émile Mersch había nacido cincuenta años antes (1890) en la localidad belga de Marche. Era el mayor de cuatro hermanos: Víctor, que también sería jesuita, María, que murió a los 21, y María Luisa, que sería religiosa. Su padre era magistrado y quedó impedido por una enfermedad en la médula (a los 38 años), y murió joven. Era un hombre de fe y llevó sus males ofreciéndolos por sus hijos. Aunque con aprietos económicos, era una familia alegre. Y Émile se distinguió en el bachiller por ser un gran estudiante, con amplitud y variedad de intereses. Al acabarlo entró en la Compañía de Jesús (1907).

Siguió con mucho interés su primera formación y los años de filosofía en Lovaina (1910-1913). Le fascinaba la botánica, pero más todavía la filosofía. De buen ánimo, pero de salud más bien precaria, le prescribieron un año de reposo. Frágil reposo, porque comenzó la primera guerra mundial (1914-1918). Los alemanes invadieron Bélgica, bombardearon Lovaina y, en octubre de 1914, quemaron la biblioteca de la Universidad (la volverían a quemar en la siguiente guerra). Por eso comenzó sus estudios de Teología en Bruselas, y después en Lovaina (1915-1918), ciudad en reconstrucción por la vibrante iniciativa del cardenal Mercier (se completaría por la generosidad de los católicos americanos). Mersch residía en el Colegio Máximo que tenían los jesuitas en Lovaina. Se ordenó en 1917. De ese mismo año, se conservan dos sesiones de seminario que dirigió sobre el Cuerpo Místico de Cristo: ya había identificado la importancia del tema.

Cambios y retornos

Un pequeño malentendido doctrinal sobre algunos profesores jesuitas de Lovaina, provocó que el Padre general, Wlodimir Ledochowski, ordenara una visita (1920); y, como Émile Mersch le había escrito defendiéndolos, se le comunicó que su trabajo cambiaría de orientación y que, en lugar de enseñar teología a jóvenes jesuitas en Lovaina, enseñaría filosofía a jóvenes laicos en Namur.

Aunque la renuncia a Lovaina le costó mucho, comenzó un periodo de quince años felices en Namur (1920-1935). De su labor docente se conservan apuntes de sus cursos sobre Lógica y una introducción a la moral con el sugestivo título de La obligación moral, principio de libertad. Pero también se involucró en las asociaciones juveniles de estudiantes y de obreros (JOC) e hizo una gran labor. Quedan numerosos sermones y charlas. Tenía fama de ser un buen sacerdote, inteligente y serio.

El obispo de la diócesis se fijó en él y lo pidió como director espiritual del seminario (1925), cosa que hizo sin abandonar sus otras ocupaciones. En 1935, comenzó un nuevo centro de formación jesuita en Wepion y le nombraron director espiritual. Se trasladó allí. Se cerraba una etapa y se abría otra, que sería mucho más breve de lo que todos pensaban.

Una teología viva

A pesar de la carga de trabajo que llevaba, escribía artículos para la revista teológica de Lovaina, Nouvelle Révue Théologique. Sus intereses giraban alrededor del “Cristo total”, en expresión de San Agustín. Recopilaría varios de estos artículos en Moral y cuerpo místico (1937).

Como teólogo auténtico, percibía el núcleo del misterio cristiano con su irradiación en la vida. Es distinto estudiar la revelación cristiana que nos salva, que especular sobre ella, o sobre la historia de lo que se ha pensado acerca de ella.

Tenía muy claro lo que es la teología. Lo describe en el primer capítulo de su Teología del Cuerpo místico: “El gran teólogo es la Iglesia entera, es el pueblo cristiano”. Y aclara: “Lo es en la medida en que cree y piensa en unión con Aquél que es la Verdad, y no por ningún fantástico sufragio universal. […] No se pretende decir que cada uno sea capaz de expresar claramente, y menos científicamente, su modo de comprender la religión, sino que cada uno en la Iglesia y en Cristo, posee en el misterio vivo de su conciencia, la buena y única manera de comprenderla viviéndola”.

Por su parte, la teología es “un servicio público que se hace, no por la satisfacción de exponer los propios puntos de vista personales, sino por ayudar a sus hermanos a pensar gozosamente el mensaje del Padre” (La Théologie du Corps Mystique, I, Desclée de Brouwer (4ª) 1954, 27-28).

La orientación espiritual de su teología se nota también en los dos artículos que preparó para el magno Dictionnaire de spiritualité de la editorial Beauchesne: Communion des saints (Comunión de los Santos) y Corp Mysthique et spiritualité (Cuerpo místico y espiritualidad).

Un gran proyecto

Llegó a la convicción de que toda la doctrina de la Iglesia se puede compendiar en el misterio del “Cristo total”. La teología trata de Dios, pero Dios nos trasciende: sólo lo conocemos en Cristo y, más exactamente, en la conciencia de Cristo: en lo que Cristo mismo vive y nos transmite. Uniéndonos a Él, nos introducimos no solo en el conocimiento sino en la vida trinitaria, haciéndonos “hijos en el Hijo”. Será una de las expresiones que pondrá en circulación.

Desde su llegada a Namur en 1920, había vislumbrado una especie de compendio de la teología cristiana centrado en el misterio del Cuerpo místico de Cristo. Se dio cuenta de que primero necesitaba estudiar a fondo la Escritura y la Tradición. Y, con admirable tesón, entre 1920 y 1929, reunió los materiales. En 1929, los presentó a los censores de la orden para el imprimatur. Le recomendaron tener en cuenta los recientes avances de los estudios patrísticos, especialmente en san Ireneo. Con perseverante esfuerzo, lo terminó en 1933, y publicó dos hermosos volúmenes: El Cuerpo místico de Cristo. Estudios de teología histórica.

La voluminosa obra, de más de mil páginas, fue recibida por los especialistas con admiración y respeto por la amplitud de su documentación y la profundidad de sus planteamientos teológicos. Tuvo abundantes y elogiosas recensiones. Había nacido una estrella en el firmamento teológico. El famoso historiador de la antigüedad cristiana, Bardy, destacó que además de ser un libro de ciencia era un libro con alma. Se reeditó con muchas mejoras en 1936 y se tradujo al inglés en 1938, con el sugestivo título The Whole Christ (El Cristo total).

Los estudios de teología histórica

La obra empieza desde el Antiguo Testamento, donde se fija en las promesas de la unión con Dios que se realizan a través de la unión de un pueblo. En los evangelios sinópticos, el Reino de Dios presentado por Cristo se realiza uniéndose a Él como los sarmientos a la vid. En los Hechos de los Apóstoles se ve cómo vive aquella Iglesia unida a Cristo por el Espíritu Santo. Y en San Pablo, la doctrina adquiere su expresión y madurez: el cristiano se hace un hombre nuevo uniéndose a Cristo y formando un cuerpo místico que también es templo de piedras vivas. San Juan nos presenta la figura de un Cristo que irradia luz y vida nueva y eterna sobre sus discípulos. Ese es el itinerario por la Escritura.

En el testimonio de los Padres Apostólicos, destaca la poderosa imagen de la “recapitulación en Cristo”, que inspirándose en san Pablo desarrolla san Ireneo. Es de san Atanasio, en cambio, la idea de que el cuerpo de la Iglesia es divinizado al unirse a Cristo. San Cirilo de Alejandría desarrolla la idea: al encarnarse Cristo, toda la naturaleza humana ha entrado en contacto con la divina y esa profunda unidad se expresa eminentemente en la Eucaristía. Después, Mersch se fija en la predicación de san Agustín sobre cómo Cristo vive en los cristianos: somos uno con Él, y el Padre nos ama en Él. En los capítulos dedicados a los escolásticos se centra en la causalidad de Cristo sobre nuestra redención: somos salvados en su Cuerpo.

El proyecto de la síntesis teológica

La relevancia reconocida de su trabajo convenció a los superiores de la Compañía de que Émile Mersch debía dejar el encargo de Wepion, apenas comenzado, y volver a Lovaina (1935) para acabar la síntesis teológica que estaba preparando desde 1929 como continuación del análisis histórico. Se entretiene un poco con un pequeño libro sobre Amor, matrimonio y castidad (1936), que proviene de sus charlas a jóvenes. Y reúne, como se ha dicho, varios artículos en Moral y Cuerpo místico (1937). Pero el grueso de sus esfuerzos va dirigido a la síntesis teológica.

En parte aprovecha materiales ya publicados pero, como muestran sus papeles, no le gustaba trasladar los escritos a trozos, fuera de las numerosas citas. Prefería reescribir. Es lo mejor para que un texto tenga unidad de estilo y coherencia de narración.

Se sabe que lo tenía prácticamente acabado y revisado cuando estalló la guerra. En mayo de 1940, los superiores le pidieron que se ocupara de sacar a los jesuitas mayores y enfermos de Lovaina, y los trasladara, atravesando Francia, a la pequeña isla de Jersey, dominio británico en el canal de la Mancha, donde los jesuitas habían organizado una casa de formación para Francia (allí estudió De Lubac). Al salir de Lovaina, se llevó el manuscrito: son los cuadernos que se encontraron en el portafolios junto a su cuerpo muerto. Faltaban varios que no se pudieron encontrar y se completaron con la versión anterior, menos elaborada y desarrollada, que había dejado en su escritorio de Lovaina. Allí se encontró también una confiada oración de entrega al Señor en esas difíciles circunstancias. Tampoco apareció la conclusión general que, al parecer, había escrito.

La Teología del Cuerpo místico

La Teología del Cuerpo místico se editó así, con un excelente retrato biográfico e intelectual, que es la fuente principal de nuestro conocimiento de Mersch. Aunque después se han escrito otras biografías y estudios.

La obra empieza con una idea viva de lo que es la teología. La unidad de la teología se da, precisamente en el Cristo total. Y, más exactamente, en la misma conciencia de Cristo, que es quien nos revela al Padre y quien nos salva. Los misterios de la fe cristiana están en la conciencia de Cristo antes de estar en la nuestra.

Comenzando por la creación en Cristo y el pecado original, el primer volumen se centra en le Encarnación y Redención. La Encarnación supone el perfeccionamiento de toda la naturaleza humana que en Cristo encuentra su fin. Pero su realización se produce a través de la redención y recapitulación en Cristo.

El segundo volumen comienza con el bello artículo “Filii in Filio” (hijos en el Hijo), donde presenta la humanidad del Hijo unida a la divinidad. En esa humanidad o Cuerpo de Cristo se nos ha revelado el Padre. Y en ella nos inserta el Espíritu Santo formando la Iglesia. Los sacramentos son, precisamente, formas de incorporarse a Cristo, desde el Bautismo hasta la Eucaristía. Y toda la gracia que allí recibimos procede de Cristo cabeza.

Juan Luis Lorda

Fuente: Revista Palabra.