Guardini ve al hombre como un “ser en tensión”, en el sentido positivo de un ser abierto comprometidamente a Quien constituye su origen y su meta

«El hombre sabe quién es en la medida en que se comprende a partir de Dios. Para ello debe saber quién es Dios, y esto sólo lo sabe si acepta lo que Dios reveló acerca de Sí. Si se enfrenta a Dios, si lo concibe de forma errónea, pierde todo conocimiento acerca de su propio ser. Esta es la ley fundamental de todo conocimiento del hombre».

I. La nueva imagen de Romano Guardi

En las décadas de 1950 y 1960, Guardini llenaba todo Munich, y era considerado como un referente en Alemania y Austria. Su magisterio empezaba a extenderse por otros países, que se apresuraban a traducir sus obras más significativas.

Tras el Concilio Vaticano II (1962-1965), otros autores pasaron a primer plano y la estrella de Guardini pareció apagarse. Pero desde hace unos años, vuelve a cobrar vigencia en muchas naciones, pues se trata de un autor “clásico”, que supera las barreras del tiempo y del espacio y nos entusiasma en todo momento con lo bueno, lo noble, lo bello y lo justo, valores eminentes que buscó durante toda su vida con tenacidad inaccesible al desaliento.

Esta búsqueda nos impresiona hoy tanto más cuanto que −según revelan sus escritos póstumos− Guardini vivió sometido a constantes pruebas: primero, la inseguridad en el trabajo y la falta de un hogar propiamente dicho; luego, el cerco asfixiante impuesto por los nacionalsocialistas, que lo privaron de su cátedra berlinesa y del castillo de Rothenfels −centro de encuentro del Movimiento de Juventud−; en todo tiempo, penosas enfermedades, y al final graves carencias: pérdida gradual del oído y la memoria. Si a esto se añade el carácter convulso de la sociedad que rodeó a Guardini en sus años de mayor actividad (1939-1950), nos asombraremos al ver su firme trayectoria como catedrático de universidad, guía de la juventud y publicista religioso.

Desde muy joven, Guardini se caracterizó por su capacidad de captar los problemas del momento y buscar soluciones radicales a los mismos. Tras la hecatombe de la Primera Guerra Mundial, advirtió lúcidamente que en ella había hecho quiebra el “mito del eterno progreso”, la falsa ilusión abrigada durante la Edad Moderna de que el aumento indefinido del conocimiento científico, del poder técnico y del dominio de lo real se traduce automáticamente en una dosis correlativa de felicidad. Ese ideal fue inspirado por una actitud egoísta de posesión y dominio y debía ser sustituido por un ideal generoso de servicio y colaboración. Las primeras obras de Guardini están inspiradas por la urgencia de realizar este cambio y configurar la imagen de un hombre nuevo, una época nueva, un estilo nuevo de pensar, sentir y querer. Ello exige renovar la idea misma de hombre, como ser personal. Esa renovación sólo podremos hacerla si nos decidimos a ver al hombre desde Dios.

Concepción relacional del hombre

En la fecunda década de los veinte, de la que arrancan buena parte de las corrientes filosóficas del siglo pasado y del presente, se adoptaron dos métodos para entender el sentido del ser humano: el método “de abajo arriba” y el método “de arriba abajo”. Guardini se adhirió decididamente a este último, por la convicción de que los seres de cada nivel de realidad logran su pleno sentido al ascender a un nivel superior. En el caso del hombre, el nivel superior es el del Ser Absoluto. Lo expuso Guardini de forma programática en una conferencia pronunciada en el 75º Katholikentag (Día de los católicos), celebrado en Berlín en 1952:

«El hombre sabe quién es en la medida en que se comprende a partir de Dios. Para ello debe saber quién es Dios, y esto sólo lo sabe si acepta lo que Dios reveló acerca de Sí. Si se enfrenta a Dios, si lo concibe de forma errónea, pierde todo conocimiento acerca de su propio ser. Esta es la ley fundamental de todo conocimiento del hombre»[1].

El pensamiento de Guardini sobre el hombre viene determinado por una idea que le era particularmente querida. Dios creó las realidades infrapersonales mandándoles existir. «¡Que exista la luz! Y la luz existió». Al hombre lo creó llamándole por su nombre a la existencia. Al llamarlo, lo convirtió en su , y lo capacitó para establecer con Él una relación personal. Esta relación yo-Tú constituye el origen, la razón de ser y el sentido de la vida humana. A mostrarlo dedicó Guardini una de sus obras más relevantes: Mundo y persona[2].

En la línea del Pensamiento dialógico (F. Ebner y M. Buber, especialmente), Guardini se inclinó siempre a pensar que el ser humano adquiere conciencia de su yo al ser apelado por un tú, sobre todo por el Tú divino, origen de toda relación y toda vida personal. Más allá de las concepciones estáticas del ser humano, éste era visto por él como “una relación que se relaciona consigo misma y con el Poder que la sostiene”[3]. «El hombre consiste esencialmente en diálogo. (...) La vida espiritual se realiza esencialmente en el lenguaje»[4].

Este modo relacional de ver al hombre desde Dios inspira toda la actividad de Guardini como conferenciante y como escritor. Una y otra vez, en sus Diarios, confiesa el asombro que le produjo el hecho de que el Dios infinito se haya dignado crear al hombre y se haya incluso anonadado para salvarle. En un momento de desazón interior provocada por este enigma, un amigo le sugirió que “son cosas del amor”. Según propio testimonio, esta sugerencia fue una clave de orientación que le abrió horizontes insospechados para penetrar en el secreto del hombre y de la vida religiosa. El amor salva distancias, rompe barreras, interioriza el deber y lo armoniza con la libertad creativa, funda un estilo de pensar y actuar que supera infinitamente la lógica de las miras humanas.

Esta forma de enfocar el problema del hombre liberó a Guardini de la nostalgia que, en la postguerra de 1918, sintieron numerosas personas hacia el mundo infrapersonal, infracreador, infrarresponsable. Frente a ese arriesgado reduccionismo, Guardini defendió siempre con ejemplar decisión que su verdad más profunda la consigue el hombre por vía de elevación, no de descenso. De ahí su alta estima del lema pascaliano: «El hombre supera infinitamente al hombre”. Intuición afín a la de un espíritu congenial, Gabriel Marcel: “Lo más profundo que hay en mí no procede de mí».

Guardini ve al hombre como un “ser en tensión”, en el sentido positivo de un ser abierto comprometidamente a Quien constituye su origen y su meta. Esta idea madre le llevó a estudiar con voluntad de integración los contrastes que tejen la vida humana y que a menudo son malentendidos como aspectos opuestos[5]. Desde muy joven advirtió que, para descubrir la grandeza que puede adquirir el ser humano, debemos integrar las vertientes contrastadas del mismo en conjuntos llenos de tensión interna y desbordantes de vida. Toda su amplia y diversificada producción está inspirada en esta teoría del contraste, que da “el ritmo y la medida” a su concepción del mundo y del hombre[6].

La riqueza de la vida, vista como una trama de contrastes

Es sintomático que el joven Guardini, tras un breve período de alejamiento de la fe, provocado por ciertas lecturas filosóficas subjetivistas, haya renovado su vida religiosa merced a la luz que arrojó sobre su espíritu una frase evangélica aparentemente paradójica: «Quien quiera conservar su alma la perderá; quien la dé la salvará» (Mt 10, 39). Guardini entrevió en esta sentencia una profundidad insondable, una verdadera clave de la vida espiritual, y consagró su talento y su energía a explorar esas honduras del espíritu. Cada una de sus obras –las filosóficas, las pedagógicas, las teológicas y bíblicas, las de análisis literario y cultural...− son intentos de llegar a lo más alto y noble de la vida humana desde perspectivas distintas.

Para que tales intentos fueran eficaces necesitaba un método adecuado a los diferentes aspectos de la vida. De ahí su empeño tenaz en perfilar un estilo de investigar y de expresarse ajustado a los textos bíblicos, a la acción litúrgica, la vida ética, las devociones religiosas, los escritos de grandes autores de carácter existencial −es decir, centrados en torno al enigma del hombre−... Ese método debería devolver su sentido originario a las palabras, los gestos, las acciones...

«¡Curiosa coincidencia! −escribió en 1922−. Hace mucho tiempo, el Papa Pío IX decía: “¡Devolved a las palabras su sentido!” Cómo nos impresiona hoy esta exclamación del Pontífice... Sí, devolver su sentido a las palabras, a los gestos, a todas las acciones de la vida... es algo que debe hacer la juventud»[7].

Esa vuelta al sentido originario, propia del Movimiento Fenomenológico impulsado desde 1900 por E. Husserl con sus Investigaciones Lógicas (1900), supone una nueva visión de las realidades y los acontecimientos, y entraña, consiguientemente, una verdadera transformación espiritual. Numerosos discípulos −entre ellos, Josef Pieper, el filósofo de Münster− dan fe del entusiasmo que los embargaba cuando el joven maestro Guardini les ayudaba a descubrir el sentido simbólico del incienso, el cirio, la luz, el altar, el ámbito sacro del templo, el tañido de las campanas..., y el valor expresivo de franquear una puerta, inclinarse, guardar silencio y hablar, ponerse en pie, subir las gradas del altar...

«Mil veces has subido las gradas −escribe Guardini−. Pero ¿has reparado en lo que ello te sugirió? Pues algo sucede en nosotros cuando ascendemos, aunque es muy fino y discreto y fácilmente pasa inadvertido. (...) Cuando subimos las gradas, no sólo sube nuestro pie sino todo nuestro ser. También subimos espiritualmente. Y, si lo hacemos reflexivamente, presentimos que ascendemos a esa altura donde todo es grande y perfecto: el Cielo, donde Dios tiene su morada»[8].

Adviértase cómo Guardini ve vibrar en los gestos corpóreos la persona entera. No escinde nunca los distintos modos de realidad; capta su interna articulación y la riqueza que ella implica en la experiencia estética, ética y religiosa. Recordemos con qué energía subraya que “se oye y se ve lo religioso” en un acto litúrgico; se oye la ternura de un Andante de Mozart, se siente la fuerza de la trascendencia cuando alguien proclama con veracidad la palabra divina...

Esa sensibilidad para integrar los contrastes le permite poner al descubierto la complementariedad de la persona creyente y la comunidad eclesial.

«El alma asumida por la gracia no es algo anterior a la Iglesia, como lo son los individuos particulares, que están ahí y luego se unen en una asociación. El que crea que lo es no ha entendido nada de lo que es la personalidad cristiana. (...) Cuando digo “Iglesia”, digo también “personalidad”, y, cuando hablo del mundo interior cristiano, ahí está inmediatamente la comunidad cristiana con cuanto implica»[9].

Este afán de integrar los contrastes que tejen la estructura de los seres vivos -de modo singular, el hombre- responde al anhelo profundo de Guardini de descubrir la grandeza del ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios. Es la orientación opuesta a la del reduccionismo, tendencia marcadamente empobrecedora de la vida humana. Guardini procura siempre enriquecer su concepción de la vida y elevar la calidad del modo de vivirla. Lo segundo depende en buena medida de lo primero, como bien resaltó en su tiempo el filósofo Friedrich von Schelling:

«... El hombre se hace más grande a medida que se conoce a sí mismo y descubre la fuerza que tiene. Avivad en él la conciencia de lo que es, y aprenderá pronto a ser lo que debe ser; haced que se respete a sí mismo en el nivel teórico, y el respeto práctico no se hará esperar»[10].

La fuerza de la verdad, vista en su condición polifónica

En la personalidad de Guardini resalta, ante todo, su ethos de verdad, su actitud de fidelidad inalterable a la verdad de realidades y acontecimientos. «Estaba firmemente convencido –confiesa en un escrito autobiográfico- de que una actividad de docencia académica sólo podía partir de una búsqueda de la verdad metódicamente clara. Ciertamente, debía servir de ayuda a los oyentes, pero sólo en virtud de la fuerza de la verdad buscada por sí misma»[11].

Para hacerse una idea clara y plena de la dignidad que tenemos los seres humanos y de la que estamos llamados a tener, debemos ver los conceptos en toda su complejidad, como nudos de relaciones, o, si se quiere, como acordes, no como simples notas. Un acorde musical aúna diversas notas y ofrece una sonoridad peculiar. Por eso, siguiendo el símil musical, Guardini afirma que “la verdad es compleja, polifónica”, como lo son las realidades del mundo que queremos conocer[12]. A este concepto de verdad alude cuando destaca, asombrado, el poderío que a veces ostenta la verdad cuando la buscamos como una meta, para vivir en ella y de ella.

Con el recuerdo de las impresionantes conferencias que pronunció en la iglesia de San Pedro Canisio en el Berlín de 1940, sobrecogido por el terror de los bombardeos, nos confiesa Guardini la idea profundamente realista que tenía de la verdad.

«Entre 1920 y 1943 desarrollé una intensa actividad como predicador y he de decir que pocas cosas recuerdo con tanto cariño como ésta. Lo que desde un principio pretendía, primero por instinto y luego cada vez más conscientemente, era hacer resplandecer la verdad. La verdad es una fuerza, pero sólo cuando no se exige de ella ningún efecto inmediato, sino que se tiene paciencia y se da tiempo al tiempo; mejor aún: cuando no se piensa en los efectos, sino que se quiere mostrar la verdad por sí misma, por amor a su grandeza sagrada y divina». «Aquí experimenté con intensidad lo que dije antes sobre la fuerza de la verdad. Pocas veces he sido tan consciente como en aquellas tardes de la grandeza, originalidad y vitalidad del mensaje cristiano-católico. Algunas veces parecía como si la verdad estuviese delante de nosotros como un ser concreto»[13].

Ahora comprendemos la razón profunda por la que Guardini afirma que el amor a la verdad nos da salud y la aversión a la misma nos enferma.

«Cuando el hombre rechaza la verdad, enferma. Ese rechazo no se da ya cuando el hombre yerra, sino cuando abandona la verdad; no cuando miente, aunque lo haga profusamente, sino cuando considera que la verdad en sí misma no le obliga; no cuando engaña a otros, sino cuando dirige su vida a destruir la verdad. Entonces enferma espiritualmente»[14].

La verdad primaria del hombre es haber sido creado a imagen y semejanza de Dios. De ahí su inquietud interior por volver a Dios, como su origen y su meta. Toda la vida y la actividad de Guardini se inspiraron en la invocación de San Agustín: «Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que repose en ti»[15]. Este venir de Dios y volver a Él, como al verdadero Ideal, genera el dinamismo singular del ser humano, que no es mera agitación, sino un sereno orientarse hacia las raíces que lo nutren. Se trata de un dinamismo creador.

II. La veta mística en la vida y la actividad de Guardini

Esta voluntad tenaz de ascenso hacia lo alto, de retorno al origen y amor inquebrantable a la verdad la debió Guardini a su profunda estima de la vida mística. Desde niño, Guardini sintió una marcada tensión a la melancolía, sentimiento bifronte que alía la inclinación al desánimo y el tirón hacia lo alto. El trato con los esposos Wilhelm y Josefine Schleussner, personas muy cultivadas y de hondo espíritu religioso, le ayudó a convertir la melancolía en una fuente de crecimiento espiritual. A través de ellos conoció el Diario espiritual de una mística francesa, de seudónimo Lucie Christine. Su elevación espiritual le impresionó de tal manera que realizó una primorosa versión al alemán[16]. Este libro le animó en momentos difíciles y le sugirió lo que debe ser el “hombre nuevo” y el “nuevo estilo de pensar” de que tanto se hablaba en sus años juveniles.

«Yo amo la mística; sé que en ella se esconden tesoros de extraordinaria nobleza, y no sólo para unos pocos escogidos sino para círculos muy amplios. (...) Tengo un respeto sagrado hacia estos educadores del alma»[17].

Esta actitud es uno de los principios inspiradores de la vida y la obra de Guardini. Lo veremos sucintamente a continuación.

La alta estima del silencio y el recogimiento

Guardini tendía al silencio por una especie de gravitación espiritual. «El recto callar −escribe− es el contrapolo viviente del recto hablar. Pertenece a ello como el inspirar al expirar»[18]. El lenguaje auténtico −el que crea vínculos personales, porque está inspirado en el amor− no se opone al silencio auténtico, que es su campo de resonancia. Se opone al silencio de mudez, a la falta de palabras de quien se niega a crear relaciones de encuentro con los demás.

Al oír las conferencias y homilías de Guardini, se tenía la impresión de que sus palabras procedían siempre del silencio, de la meditación asidua y recogida.

«Se nota en el que habla −nos advierte− si viene del silencio o no. Lo que proviene del silencio tiene plenitud y riqueza (...). Hablar sin silencio se convierte en cháchara. Sólo en el silencio brota la vida, se adensa la energía, se clarifica la interioridad, y los pensamientos e imágenes logran una forma precisa. Cuando se habla desde el silencio, lo que pensamos interiormente adquiere su forma auténtica»[19].

En la misma línea de profundidad afirma que la soledad "es una plenitud en sí misma" cuando no sólo estamos aislados sino "recogidos interiormente en nosotros mismos"[20]. La soledad y el silencio promueven nuestro desarrollo personal cuando suscitan recogimiento y nos permiten captar en bloque las diversas vertientes de las realidades complejas y ricas. Por eso nos recomendaba Guardini a los discípulos que acudiéramos pronto a la sala de conciertos, a fin de recogernos y disponer el ánimo para vibrar en cada momento de la audición con el conjunto de las obras interpretadas. Vivir en soledad significa estar a la escucha de las invitaciones que nos hacen los valores a asumirlos y realizarlos. Cuando nos abrimos a lo valioso, no nos perdemos; logramos nuestra máxima identidad personal.

Con la soledad, el silencio y el recogimiento va unido el reposo interior.

«Mientras el hombre se limita a ir desalado del ayer al mañana, está en poder del tiempo. Pero, si sabe reposar, el presente aflora en su alma, y entonces entra en contacto con la eternidad. Saber reposar significa estar abierto hacia el horizonte de la eternidad. Significa haber superado el ansia y la prisa. Entonces se hace uno capaz de ver lo que permanece, lo esencial. (...) Sólo él sabe lo que es la alegría. Sólo él sabe lo que es la paz. Sólo el corazón sereno siente de modo profundo y grande. Sólo el corazón sereno tiene duración»[21].

La sensibilidad para advertir la caducidad de la vida terrena y la plenitud de la vida eterna

En los momentos de mayor éxito, cuando públicos numerosos y cualificados seguían atentos el hilo de su discurso, o un centro universitario reconocía sus méritos nombrándole doctor honoris causa, Guardini subrayaba en su Diario que todo eso es muy bello pero pasa inexorablemente. En esta observación se advierten las dos vertientes de la melancolía: la conciencia amarga de que todo lo humano perece, y la nostalgia por una vida de tan alta calidad que perdura ilimitadamente. Guardini tenía una sensibilidad exquisita para todo lo bello, pero, ante ciertas manifestaciones refinadísimas de belleza, sentía una honda tristeza si no veía latir en ellas el espíritu de Dios. «He oído Fígaro en el teatro Gärtner (...). Todo es alegre y perfecto. Pero la tristeza flota sobre ello. En definitiva, Mörike tenía razón en su relato»[22].

La tendencia a buscar siempre lo más elevado y valioso

Para describir el modo de ser del hombre, Guardini advierte que los dos polos de su existencia son "arriba" y "dentro". Por eso su desarrollo personal se logra plenamente cuando tiende a elevarse y a interiorizarse. Nada extraño que El Señor[23] (su obra preferida junto a Hölderlin. Weltbild und Frömmigkeit[24] −Hölderlin. Imagen del mundo y piedad−) logre su máxima cota de calidad espiritual al describir el mundo de la "interioridad" que crea el Espíritu Santo tras la Ascensión de Jesús. El concepto de interioridad lo entiende Guardini de modo relacional, con lo que supera la unilateralidad del subjetivismo y el objetivismo.

«El recogimiento crea la apertura y el “espacio” interno de la oración. Propiamente, esta denominación no es adecuada, pues el “espacio” o “lugar” de la oración no se da ni fuera ni dentro, sino “en el espíritu”. Y no en el espíritu visto como el lugar donde residen las imágenes del pensar o las intenciones del querer, sino “en el Espíritu Santo”. (...) El espacio de la oración se constituye en la presencia del hombre ante Dios. En esto se asemeja al “espacio vital” en que está situadas dos personas cuando se hallan en una auténtica relación yo-tú. (...) Cuando Dios se acerca a un hombre, permanece junto a él y lo rodea con su amor; y cuando el hombre “existe” ante Dios y se dirige a Él con fe, entonces se constituye ese “espacio sagrado”»[25].

Toda la vida y obra de Guardini tiene un profundo sabor a experiencia mística, en su sentido preciso de relación íntima con el Dios escondido y tres veces santo. Esta experiencia penetra la vida del alma con tal intensidad que informa todas sus manifestaciones. Ello explica que Guardini haya descubierto simultáneamente los cinco grandes temas a los que iba a consagrar especial atención: la Liturgia, la Iglesia, la oración popular y privada, la interpretación de la cultura a la luz de la fe, la formación espiritual −ética y religiosa−[26].

La Liturgia católica, un modo de contemplación mística que ha tomado forma sensible

Guardini se adentró plenamente en el mundo litúrgico al entrar, un atardecer, en la iglesia abacial de Beuron, captar el “aura de misterio santo y salvífico” que llenaba ese ámbito sacro y asistir al canto de vísperas. Después de compartir, en ese marco solemne, la oración comunitaria de los monjes, Guardini vio en la actividad litúrgica la manifestación genuina de la oración de la Iglesia, “esa misteriosa realidad que está tan profundamente dentro de la historia y, sin embargo, es garantía de lo eterno”[27].

Fiel a su teoría del contraste y a su estilo relacional de pensar, observó enseguida que en la liturgia se aúnan y potencian todos los modos de realidad que ostenta la realidad humana: el corpóreo y el espiritual, el expresivo y el simbólico, el personal y el comunitario... Y, sobrevolándolos a todos, destaca en ella la tensión contemplativa del alma creyente. Cuando, de joven, se propuso estudiar lo que es la Iglesia con su fraternal amigo J. Neundörfer, Guardini eligió este tema: “La liturgia como forma y fuente de vida contemplativa”[28].

Este amor profundo y reverente a la acción litúrgica inspiraba de parte a parte sus celebraciones eucarísticas, tanto en la amplia iglesia universitaria de San Luis, en Munich, como en las sencillas iglesias de las aldeas en que vivía su descanso veraniego. “Un domingo sin la palabra de Dios se queda vacío”, solía decir.

La relación profunda entre vivir la Liturgia y vivir la Iglesia

Guardini descubrió al mismo tiempo el valor espiritual de la liturgia y el crecimiento espiritual que experimentamos al vivir la vida de la Iglesia. En 1922, a sus 37 años, recibió un encargo que sería decisivo para toda su vida, pues de él se derivaría su cátedra de Berlín sobre “la concepción católica de la vida y la cultura”. La Asociación de Universitarios Católicos Alemanes le solicitó varias conferencias sobre el sentido de la Iglesia para su segundo congreso de Bonn. En cinco alocuciones, Guardini expuso brillantemente la idea que se había forjado de la Iglesia como lugar de integración de múltiples aspectos de la vida, malentendidos a veces como opuestos: obediencia y libertad, interioridad y exterioridad, corporeidad y espiritualidad, temporalidad y eternidad...

«Mis ponencias se centraron en los problemas que entonces preocupaban al mundo católico e impresionaron mucho a los oyentes... Entonces se me hizo claro cuál era mi verdadera tarea: no la de llevar adelante la investigación en una determinada disciplina teológica, sino la de interpretar la realidad cristiana con responsabilidad científica y a un alto nivel espiritual»[29].

La primera conferencia se abre con una declaración optimista que causó sensación en el auditorio y fue objeto de comentarios reiterados en los años posteriores: «Un acontecimiento religioso de enorme trascendencia tiene lugar en nuestros días: la Iglesia despierta en las almas»[30], es decir, vuelve a vivirse como “contenido de vida religiosa auténtica”. El fiel cristiano tomó de ordinario a la Iglesia como maestra, guía y apoyo, pero se dejó llevar a menudo de la tendencia individualista y se limitó a “vivir en la Iglesia y dejarse conducir por ella, pero cada vez vivió menos la Iglesia”. Dejó de verla como una fuente de vida espiritual que mana de la figura misma de Jesucristo. «Lo que hay de místico en ella, todo lo que se halla detrás de los fines prácticos y la organización, lo que se expresa en el concepto del Reino de Dios, el Cuerpo Místico, no lo sintió de forma inmediata»[31]. Pero ahora estamos experimentando −agrega Guardini− que la tarea de este momento es avivar la conciencia de que la Iglesia “es sangre de mi sangre, plenitud de la que vivo”, y sentir la “alegría redentora” de amarla y tener auténtica paz interior.

De hecho, Guardini profesó siempre un amor filial a la Iglesia, a pesar de algunas penosas incomprensiones que hubo de sufrir, y sintió una alegría indefinible cuando Juan XXIII le mostró la alta consideración que le merecía la labor que estaba realizando en favor de la Iglesia.

El espíritu de oración

Inmediatamente después de escribir su obra sobre El espíritu de la liturgia[32], que fue para sus contemporáneos una verdadera revelación, Guardini escribió el Via crucis[33], y algún tiempo más tarde El testamento del Señor[34] y El Rosario de Nuestra Señora[35]. Con estas obras quiso Guardini dejar claro que las devociones populares ejercen una función indispensable en la vida cristiana y deben cultivarse al lado de la oración litúrgica.

Las oraciones privadas fueron objeto, asimismo, de singular atención por parte de Guardini, que nos dejó verdaderas joyas para rezar en los momentos cruciales del día[36] y en momentos de reflexión especialmente intensos[37]. Las Oraciones teológicas unen la teología y la vida espiritual a fin de movilizar a la vez el corazón y la mente. En ellas se cumple lo que solía decir Guardini de la oración: se va a Dios con toda el alma. Si las leemos pausadamente y en voz alta, recordando la dramática ocasión en que fueron pronunciadas por primera vez, sentiremos una vibración espiritual muy honda al experimentar en nosotros mismos que la vida divina que nos otorga la fe “es más real que la que transcurre en el tiempo”[38]. Veamos los últimos párrafos de la oración titulada La creación del mundo, y advirtamos cómo se refleja en ella la concepción relacional que tiene Guardini del ser humano:

«... Creo que todo fue creado por Ti, oh Dios. Enséñame a comprender esta verdad. Es la verdad de mi existencia. Si se olvida, se hunde todo en la sinrazón y la insensatez. Mi corazón está de acuerdo con ella. No quiero vivir por derecho propio, sino emancipado por Ti. Nada tengo por mí mismo; todo es don Tuyo y sólo será mío si lo recibo de Ti.

Constantemente estoy recibiéndome de Tu mano. Así es y así debe ser. Ésta es mi verdad y mi alegría. Constantemente me miran Tus ojos, y yo vivo de Tu mirada, Creador y Salvador mío. Enséñame a comprender, en el silencio de Tu presencia, el misterio de que yo exista. Y de que exista por Ti, ante Ti y para Ti. Amen»[39].

En El Rosario de Nuestra Señora nos muestra Guardini que la repetición incesante de varias oraciones no intenta decir lo mismo una vez y otra. Tal repetición es impertinente en el plano del lenguaje prosaico, cuyo fin se reduce a comunicar algo. Tiene, en cambio, pleno sentido en el plano del lenguaje poético, que no sólo comunica algo sino crea un ámbito expresivo. Se repiten las columnas en un claustro para crear un ámbito de paz al andar. Se reitera un tema musical en un rondó para crear un ámbito de expresividad y de gracia peculiares. Al proceder de la Sagrada Escritura, las palabras que se pronuncian en el Rosario “abren el ámbito sacro de la Revelación, en el cual el Dios vivo se convirtió en nuestra verdad”[40]. En este ámbito sacro formado por las palabras de la Escritura, aparece la figura de María, que constituye todo un ámbito de vida espiritual. El contenido de su vida fue su Hijo, Jesús. Rezar el Rosario significa adentrarse y permanecer en esa esfera vital de María, unida plenamente a Jesús. «Lo que llena de sentido el Rosario es un proceso incesante de simpatía santa». Permanecer en este ámbito de adhesión espiritual íntima nos produce un sentimiento de plenitud, pues los seres humanos necesitamos vernos acogidos en un ámbito sacro en el que nos salen al encuentro las grandes figuras de nuestra fe. “Permanecer en ese ámbito hace bien”, pues estamos creando un espacio de contemplación, de súplica, de ofrecimiento agradecido de la propia vida.

«Las frases de las oraciones pierden, con la repetición, el carácter significativo que les es propio. Su primer significado queda como en suspenso y deja expresar a su través un nuevo contenido. Cada palabra se convierte en una palabra de segundo grado −por así decir−, cuyo contenido viene dado por cada uno de los “misterios” contemplados”[41].

Rezar así requiere una “paciencia amorosa”, el ajuste a un ritmo creador de un ámbito de encuentro. Debemos rezar el Rosario como quien se adentra en una realidad muy bella y no ceja hasta que la conoce de cerca y la convierte en su hogar[42].

El entusiasmo por la figura de Jesucristo

Erich Görner, el secretario al que dictó Guardini las homilías que recoge la obra El Señor, confiesa que le conmovía observar cómo se transfiguraba el rostro del maestro a medida que se adentraba en la interioridad de Jesús[43]. Este ardor inspira de parte a parte sus obras sobre el Nuevo Testamento, de modo especial Jesucristo. Palabras espirituales[44]. Si se lee detenidamente el capítulo "La voluntad del Padre", se ve hasta qué punto vibraba el espíritu de Guardini con el tipo excelso de vinculación que tiene Jesús con el Padre. Una y otra vez vuelve Guardini a su tema preferido: la interioridad de Jesús, por su anhelo de conocer a fondo el espíritu del Maestro, identificarse con él y transfigurar la vida[45].

El cultivo del pensamiento “existencial” y el respeto incondicional a la verdad

El secreto del atractivo de la figura de Guardini, como sacerdote, profesor y publicista, fue y sigue siendo su capacidad de aunar el amor inquebrantable a la verdad y el estilo existencial de pensar. Se afirma, con razón, que el rasgo más sobresaliente de su personalidad fue su ethos de verdad, su voluntad indeclinable de buscar la verdad al margen de las convenciones académicas y las modas del momento. Pero con la misma energía debe subrayarse que para él la verdad era una fuente de energía y de autenticidad personal. De ahí su firme decisión de anclar su pensamiento y su vida en la verdad. Su profesor de teología dogmática en Tubinga, Wilhelm Koch, fue, a este respecto, un ejemplo que marcó su vida. «... La verdad era algo tan serio para él que se advertía cómo ésta se identificaba con su propia personalidad». De ahí que haya sido «el primero que se planteó la cuestión del valor vital de los dogmas»[46].

En una línea afín, Guardini se propuso como tarea de su vida descubrir el valor existencial de la verdad.

«... En lo que a mí se refiere, había descubierto, después de mucho buscar, el hecho de la verdad objetiva y la posibilidad de vivir la existencia a partir de ella. Y tenía claro que, si debía ser un cristiano católico, o lo era hasta el fondo y sin ninguna reducción, o no merecía la pena»[47].

El concepto de existencia a que alude aquí Guardini se refiere al modo peculiar de ser y desarrollarse el hombre, no a cualquier tipo de realidad existente. El ser humano vive un tipo de existencia consciente, libre, dialógica, creativa, siempre perfectible, ambigua, tendente a la felicidad y al pleno logro de sí misma. Este concepto de existencia lo toma Guardini expresamente del "pensamiento existencial" (Kierkegaard, Jaspers, Heidegger, Marcel).

Inspirado en este concepto de existencia −entendida como una forma relacional y activa de ser−, el pensamiento existencial pone en juego un modo de acceder a la realidad que compromete a la persona que conoce, la hace entrar en vibración y vincula el conocimiento con el amor, el respeto, la voluntad creativa. Frente al conocimiento frío, aséptico, incomprometido y distante de los meros objetos (ob-jetos, realidades proyectables a distancia del sujeto), el conocimiento de las realidades más elevadas en rango sólo es posible si nos encontramos con ellas. Ello no implica forma alguna de subjetivismo o relativismo. Se trata de una actitud relacional[48].

De manera correlativa, el concepto de "mundo" suele presentar en las obras de Guardini un carácter relacional. Designa una trama de ámbitos de realidad relacionados con el ser humano, «el conjunto de las cosas en cuanto que el hombre entra en relación con ellas, las conoce, tiene experiencia de sus valores, las juzga y las configura; en cuanto ellas mismas se convierten en destino para él»[49].

Recordemos que el cometido primero de los pensadores existenciales fue superar la estrechez de miras del Positivismo, corriente de pensamiento centrada en torno a los meros objetos. Por eso destacan la importancia en la vida humana de las realidades "inobjetivas" (ungegenständliche) y advierten que el hombre comienza su vida auténtica cuando se decide a dar el salto del nivel de las realidades objetivas al de las inobjetivas. En Metafísica, el ser se pone de manifiesto cuando la mirada deja de estar enquistada en los meros objetos, vistos como realidades mensurables, asibles, manejables, delimitables. Al afirmar Heidegger que "el ser nada sobre la nada", se refiere a la "nada de lo meramente objetivo"[50]. «La “nada” no es para Heidegger −advierte Max Müller− ni el “nihil negativum” ni el “nihil absolutum”, como para Sartre, sino la nada como la “nada de ente”. Es el alumbramiento de la diferencia ontológica en la concepción humana del ente...»[51]. En la misma línea, escribe R. Le Senne: «Si la nada no hiciese sino liberar al espíritu del filósofo de la fascinación del objeto, ¿qué experiencia podría ser más importante que ésta? (...) La negación y las consecuencias que de ella se siguen no hacen desaparecer la experiencia, sino que la multiplican, la dramatizan, la electrizan»[52]. Deben tenerse en cuenta estas precisiones al leer la alusión que hace Guardini en la página 177 al concepto de "nada" en el pensamiento existencial[53].

Si se entienden debidamente los conceptos de "existencia", "pensamiento existencial", "mundo" y "nada", se comprende la profunda razón por la cual Guardini piensa de forma existencial y defiende a la vez la necesidad de anclar el pensamiento y la vida en una verdad objetiva. Guardini no es un pensador objetivista ni subjetivista, sino relacional. Durante siglos, el miedo al relativismo frenó la investigación relacional de la realidad. Su innato sentido del equilibrio intelectual y espiritual permitió a Guardini superar ese temor y elaborar un pensamiento relacional sumamente fecundo. El retorno, en su juventud, a la vida cristiana fue determinado -según propia confesión por una frase bíblica que desde entonces fue para él "una verdadera llave de acceso a la fe": «Quien quiera conservar su alma la perderá; quien la dé la salvará» (Mt. 10, 39). Guardini recuerda sobrecogido −a pesar de no ser "hombre de grandes emociones", en expresión suya− el día en que esta idea inspiró una decisión que transformó su vida.

«Poco a poco me había ido quedando claro que existe una ley según la cual el hombre, cuando “conserva su alma”, es decir, cuando permanece en sí mismo y acepta como válido únicamente lo que le parece evidente a primera vista, pierde lo esencial. Si, por el contrario, quiere alcanzar la verdad y en ella su auténtico yo, debe darse. (...) Dar mi alma, pero ¿a quién? ¿Quién puede pedírmela, pedírmela de tal modo que ya no sea yo quien pueda disponer de ella? No simplemente “Dios”, ya que, cuando el hombre pretende arreglárselas solo con Dios, dice “Dios” y está pensando en él mismo. Por eso tiene que existir una instancia objetiva que pueda sacar mi respuesta de los recovecos de mi autoafirmación. Pero sólo existe una instancia así: la Iglesia católica, con su autoridad y precisión. La cuestión de conservar o entregar el alma se decide, en último término, no ante Dios sino ante la Iglesia. Entonces sentí como si todo -realmente, “todo” mi ser estuviese en mis manos, como en una balanza en equilibrio: “Puedo hacerla inclinarse hacia la derecha o hacia la izquierda. Puedo dar mi alma o conservarla...” Y la hice inclinarse hacia la derecha. El momento fue completamente silencioso; no consistió ni en una sacudida ni en una iluminación ni en ningún tipo de experiencia extraordinaria. Fue simplemente que llegué a una convicción: “Es así”, y después el movimiento imperceptiblemente dócil: “Así debe ser”. (...) La mayor posibilidad de verdad está precisamente donde está la mayor posibilidad de amor»[54].

A través de su largo y profundo trato con una juventud que quería ser libre mediante la desvinculación de toda instancia que pudiera parecer impersonal, ajena a la persona coactiva, Guardini supo mostrar que ciertas realidades no meramente subjetivas -por ser independientes de todo sujeto humano, como sucede con la verdad y la Iglesia- constituyen una fuente inagotable de vida en plenitud y de libertad interior.

«Sinceramente, no creo que en mí haya predominado el subjetivismo. Si este término ha de tener un sentido, sólo puede significar que alguien, sin reconocer ninguna regla objetiva, piensa y hace lo que a él personalmente le parece correcto. Pero yo nunca he actuado así; más aún, considero que este comportamiento es sencillamente el de un necio. En el período decisivo de mi vida reconocí que la Iglesia no es una especie de policía espiritual que limita o dificulta el desarrollo de la propia personalidad; de no haber sido así, habría ido por mi propio camino. Al contrario, he tenido cada vez más claro que encarna el tercer elemento esencial en el orden de la Revelación. (...) Por eso mismo no fue casual que el primer escrito en el que afronté los problemas de la época fuera “El espíritu de la liturgia”, que desarrollaba el concepto de la vida de oración de la Iglesia ordenada objetivamente; y el segundo, “Sobre el sentido de la Iglesia”, que comienza con estas palabras: “Un acontecimiento religioso de alcance trascendental ha hecho su aparición: La Iglesia nace en las almas”. (...) Puedo decir que siempre me he sentido Iglesia, incluso cuando, para servirla, he tenido que caminar solo»[55].

Esta devoción hacia la Iglesia explica que Guardini sintiera verdadera emoción cuando trataba de cerca a alguien que representaba a la jerarquía eclesiástica. En su Diario recuerda conmovido la audiencia con el Papa Juan XXIII, que le manifestó la confianza que la Iglesia tenía depositada en él[56].

Guardini impugnó en todo tiempo el relativismo y el subjetivismo, y defendió la atenencia a lo objetivo, pero se cuidó de subrayar que lo objetivo no se opone a la capacidad creativa del sujeto humano, antes la promueve decisivamente. El espíritu de sana objetividad implica un espíritu de flexibilidad, la capacidad de escuchar la llamada de lo valioso y responder activamente. Esta respuesta activa constituye la esencia de la creatividad.

La orientación creativa, existencial, del esfuerzo investigador de Guardini determina en buena medida los temas de su producción y, de modo singular, su esfuerzo por fundamentar sólidamente la vida ética.

La fundamentación de la vida ética

Las cuestiones referentes a los seres vivos −de modo singular, las personas− son tratadas por Guardini de modo concreto, por la razón profunda de que es en el plano de la vida concreta −y no en el de los conceptos abstractos, desvinculados entre sí− donde se da la creatividad y la plenitud. En la línea del pensamiento fenomenológico, Guardini se rige por este lema: “Atengámonos, no a los conceptos generales, sino a la realidad[57]. Nuestra realidad personal se despliega plenamente y muestra luminosamente su auténtico modo de ser −dicho de otro modo: somos verdaderas personas, nos hallamos en verdad− cuando realizamos auténticas formas de encuentro, modo de actividad que sólo acontece en la vida concreta, entre personas concretas y en situaciones determinadas.

Cada una de las realidades concretas se halla relacionada con las demás dentro de un todo que las engloba e integra, y al que ellas contribuyen a configurar[58]. Nuestro estilo de pensar ha de ser, pues, holista, atento a ese movimiento reversible que se da entre el todo y las partes que lo integran. Pero debe ser también contrastado, pues muchos aspectos de la realidad personal parecen oponerse, pero de hecho se contraponen y complementan cuando, en la vida concreta diaria, actuamos de forma creativa, como corresponde a “seres de encuentro”, seres que viven la vida personal a través del encuentro.

Las realidades concretas se nos aparecen en todas sus implicaciones, con su capacidad de vibrar con otras muchas, cuando las vemos de forma espontánea, sin imponerles de antemano un clisé estereotipado.

«... Vamos a partir del fenómeno mismo tal como lo encontramos en nosotros y en nuestro alrededor, vamos a partir de la experiencia ética. Por tanto, yo voy a procurar no decir nada que cada uno no pueda comprobar directamente. Y si lo que yo diga es acertado, tendremos que reconocernos a nosotros mismos en ello». «Lo que a mí se me muestra no es un montón de detalles, sino un tejido en el que cada elemento está condicionado por los demás; cada uno sustenta al otro, cada individuo está dentro de un todo, y el todo, a su vez, se manifiesta en cada individuo. Por eso el primer acto de la captación del fenómeno, que sustenta todos los siguientes (el examen crítico, la comparación, la penetración conceptual), es mirar y ver»[59].

Al mirar atentamente, observamos que la inmensa mayoría de las realidades de nuestro entorno superan a los objetos en rango, pues no sólo están en frente de nosotros −como algo extenso, asible, manejable, canjeable...− sino que nos ofrecen posibilidades creativas de uno u otro orden. Estas realidades −una obra de arte o de literatura, una persona, una institución, los valores...− sólo podemos conocerlas cuando asumimos, con actitud respetuosa y colaboradora, las posibilidades que nos ofrecen. El conocimiento va aquí unido con el reconocimiento del poder de iniciativa de esos objetos de conocimiento que son más que meros objetos. Tal reconocimiento implica estima, amor y compromiso −voluntad de colaboración−. Son las actitudes propias del “pensamiento existencial”. «Pensamiento existencial quiere decir que el sujeto cognoscente adquiere clara conciencia del sentido del objeto en la medida en que lo toma “en serio”»[60].

Esta voluntad colaboradora lleva a Guardini a elaborar una Ética muy positiva, dinámica, consagrada a la búsqueda y realización incondicional del bien. La tarea de la ética es desarrollar la personalidad humana y lograr la plenitud y la felicidad. Este propósito no se logra recordando prohibiciones sino mostrando la fecundidad de lo valioso, lo incondicionalmente válido.

«Con demasiada frecuencia se ve la norma ética como algo que se impone desde fuera a un hombre rebelde; aquí el bien ha de entenderse como aquello cuya realización es lo que de veras hace al hombre ser hombre. (...) Este libro lograría su propósito si el lector percibiera que el conocimiento del bien es motivo de alegría»[61].

Guardini subraya con toda energía que los seres humanos estamos vinculados de raíz, obligados −es decir, vinculados profundamente− al bien, la justicia, la verdad, la belleza, la unidad[62]. Esa obligación básica es el fundamento de nuestra vida moral y de la alta dignidad que ésta implica. Estar obligado está lejos de significar estar coaccionado. Es la fuente de la que mana la libertad interior o libertad creativa, que constituye el gran privilegio que ostenta el hombre entre todos los seres. Ante los resultados devastadores del relativismo arbitrario impuesto por el régimen nacionalsocialista, Guardini no ve más salida al caos que anclar la vida humana en algo inquebrantablemente válido para todos.

«La filosofía de Platón ha aclarado para siempre una idea; (...) ha mostrado que hay algo incondicionalmente válido, que puede ser conocido; y, por tanto, existe la verdad; y todo eso válido se ensambla en la soberanía de lo que llamamos “el bien”, y este bien puede realizarse en la vida del hombre, según las posibilidades de cada caso. Ha mostrado que el bien se identifica con lo divino, pero su realización lleva al hombre al logro de su propia condición humana, al hacer surgir la virtud, que significa vida perfecta, libertad y belleza. Todo esto tiene validez para siempre, incluso para el día de hoy»[63].

Descubrir y defender esas realidades incondicionalmente válidas para el ser humano es deber de todo pensador, cuya razón de ser es esforzarse en distinguir lo verdadero de lo falso, lo bueno de lo malo, lo justo de lo injusto, la verdad objetiva de la ocurrencia subjetiva. «El filósofo es el responsable de que se mantenga la recta ordenación del pensamiento y de la vida»[64]. Para ordenar debidamente la vida y el pensamiento, necesitamos descubrir ciertas realidades sutiles −la verdad, el derecho, la belleza, la justicia, la bondad...− que “están ahí”, como algo “poderoso y fuerte”, pero de modo distinto a las realidades tangibles del mundo sensorial.

«No son cosas (Sachen) reales, masa o fuerza, pero sí objetividades que están presentes al hombre y no pueden ser desplazadas del ámbito de lo dado a éste. No se trata de cosas reales (wirkliche Dinge), sino de ideas (tipos esenciales, normas, valores), no accesibles como los objetos (...) pero innegablemente presentes al juicio y a la decisión de la voluntad. Es decir, la cosa es, la idea vale. La cosa, la fuerza, tiene una realidad masiva; la idea tiene fuerza de validez (Gültigkeit[65].

Lo “válido” no es algo meramente subjetivo, no es impuesto por el sujeto; es descubierto por el sujeto como algo que lo nutre espiritualmente. Lo absolutamente válido para un ser, como el hombre, llamado por Dios a la existencia, es responder positivamente a esa apelación y orientar la vida hacia el Creador, entendido como el Dios vivo que nos revela la Sagrada Escritura.

«Querer solamente lo que es justo “también lo hacen los paganos” (Mt 5, 47). Esto es sólo “ética”. Tú has sido llamado por el Dios vivo. A Él no le basta la ética, porque ésta no le da lo que le corresponde, y el hombre no llega a ser lo que debe ser. Dios es el Santo. “El Bien” es uno de los nombres de Aquél cuya esencia es inefable. Él no exige sólo obediencia respecto al “Bien”, sino que te sientas vinculado a Él, el Dios vivo; que te atrevas a ello por amor y con el nuevo tipo de existencia que surge del amor. De esto se trata en el Nuevo Testamento, y sólo cuando se lo consigue, se hace posible la plenitud de lo “ético”»[66].

Las bienaventuranzas evangélicas no son meros “principios de una moral superior, reconocidos universalmente desde los tiempos de Jesús”. «En realidad, son una invitación a engendrar una vida nueva. (...) En la medida en que el hombre realiza lo que supera toda ética, surge también un nuevo ethos. En él queda cumplido y superado a la vez el Antiguo Testamento»[67].

Esta fundamentación de la Ética en el Creador, Ser Supremo y Trascendente que nos creó a su imagen y semejanza, constituye una clave para entender, por una parte, la oposición de Guardini al espíritu autonomista de la Edad Moderna y, por otra, su tendencia a entender al hombre como un ser “que se trasciende infinitamente a sí mismo”, según expresión de Pascal. Por eso, bien podemos decir que todo el pensamiento de Guardini se haya condensado en el siguiente párrafo de su obra póstuma La existencia del cristiano:

«La sede del sentido de mi vida no está en mí, sino por encima de mí. Vivo de lo que está por encima de mí. En la medida en que me encierro en mí o −lo que viene a ser lo mismo me encierro en el mundo, me desvío de mi trayectoria (...). Mas esto significa que, con anterioridad, debo aceptar el existir, aunque no se me haya preguntado si lo quiero»[68]. «... Dios es el “punto de referencia” esencial a partir del cual y para el cual el hombre existe. Si las relaciones con Él se desordenan, se transtorna el hombre todo. De esta clase son las secuelas de la culpa de las que habla la Revelación»69[69].

Alfonso López Quintás

Fuente: riial.org.

 

[1] Cf. Nur wer Gott kennt kennt den Menschen, Werkbund, Würzburg 1952, p. 19. Versión española: Quien sabe de Dios conoce al hombre, PPP, Madrid 1995.

[2] Cf. O. cit., Encuentro, Madrid 2000, pp. 123-124. Versión original: Welt und Person, Werkbund, Würzburg, 51995. Véase, además, La existencia del cristiano, BAC, Madrid 1997, p 179.

[3] Cf. Sören Kierkegaard: La enfermedad mortal o De la desesperación y el pecado, Guadarrama, Madrid 1969, pp. 47-49.

[4] Cf. Mundo y persona, p. 117; Welt und Person, p. 107.

[5] Cf. El contraste, BAC, Madrid 1996. Versión original: Der Gegensatz, Grünewald, Maguncia ³1985.

[6] Cf. El contraste, pp. 147 ss; Der Gegensatz, pp. 116 ss.

[7] Cf. Prólogo a la primera edición alemana de la obra Vom heiligen Zeichen, Grünewald, Maguncia 1922. La edición española (Signos sagrados, Ed. Litúrgica Española, Barcelona 1957) reproduce un Prólogo distinto, escrito en 1927.

[8] Cf. Signos sagrados, Editorial Litúrgica Española, Barcelona 1957, p. 43. Versión original: Von heiligen Zeichen, Grünewald, Maguncia 1922, 1966, p. 22.

[9] Cf. Prólogo a la obra de L. Christine: Geistliches Tagebuch (1870-1908), Grünewald, Maguncia 41954, p. XVI.

[10] Cf. Vom Ich als Prinzip der Philosophie, Frommann-Holzboog, Stuttgart 1980, pp. 77-78.

[11] Cf. Apuntes para una autobiografía, Encuentro, Madrid 1992, p. 52.

[12] Cf. Versuche über die Gestaltung der heiligen Messe, Hess, Basilea, p. 25.

[13] Apuntes para una autobiografía, pp. 161-162, 167-169.

[14] Cf. Welt und Person, pp. 96-97; Mundo y persona, pp. 183-184.

[15] Cf. Confesiones I, 1.

[16] Cf. Lucie Christine: Geistliches Tagebuch (1870-1908), Grünewald, Maguncia, 4ª edición, sin fecha.

[17] Cit. por H. B. Gerl: Romano Guardini (1885-1968). Leben und Werk, Grünewald, Maguncia 1995, p. 118.

[18] Cf. Briefe über Selbstbildung, Grünewald, Maguncia 1925, 111968, p. 130; Cartas sobre la formación de sí mismo, Palabra, Madrid, 2000, p. 134.

[19] Cf. Briefe über Selbstbildung, p. 131; Cartas sobre la formación de sí mismo, p. 134.

[20] Cf. Briefe über Selbstbildung, p. 132; Cartas sobre la formación de sí mismo, p. 135.

[21] Cf. Briefe über Seltsbildung, pp. 135-136; Cartas sobre la formación de sí mismo, p. 139.

[22] Cf. Wahrheit des Denkens und Wahrheit des Tuns. Notizen und Texte 1942-1964, Schöningh, Paderborn 1985, p.84. El autor alude a la narración de E. Mörike: Mozart auf dem Weg nach Prag, Goldmann, Munich 1957). Versión española: Mozart camino de Praga, Alianza Editorial, Madrid 1983.

[23] Cristiandad, Madrid 2002; Der Herr. Betrachtungen über die Person und das Leben Jesu Christi, Werkbund, Würzburg 1937, 1964.

[24] Hegner, Leipzig 1955.

[25] Cf. Introducción a la vida de oración, Palabra, Madrid, 2001, p. 44. Versión original: Vorschule des Betens, Benziger, Einsiedeln 1943, 1999, p. 24.

[26] Lo expongo ampliamente en mi obra Romano Guardini, maestro de vida, Palabra, Madrid 1998, pp. 223-247.

[27] Cf. Apuntes para una autobiografía, pp. 125-126.

[28] Cf. O. cit., p. 127.

[29] Cf. Apuntes para una autobiografía, pp. 41-42.

[30] Cf. Vom Sinn der Kirche, Grünewald, Maguncia 1927, p. 19. Versión española: El sentido de la Iglesia, Estrella de la mañana, Buenos Aires, 1993, p. 15.

[31] Cf. Vom Sinn der Kirche, p. 24; El sentido de la Iglesia, p. 20.

[32] Cf. Vom Geist der Liturgie, Herder, Friburgo de Brisgovia, 1918, 191957(El espíritu de la liturgia, Centre de Pastoral Litúrgica, Barcelona 2000).

[33] Cf. O. cit., Rialp, Madrid 1954; Der Kreuzweg unseres Herrn und Heilandes, Grünewald, Maguncia 1919.

[34] Cf. Edit. Litúrgica Española, Barcelona 21965. Versión original: Besinnung vor der Feier der heiligen Messe, Grünewald, Maguncia 1939, 1956.

[35] Cf. Der Rosenkranz unserer lieben Frau, Werkbund, Würzburg 1940.

[36] Puede verse, sobre ello, mi obra Romano Guardini, maestro de vida, Palabra, Madrid 1998, pp.301-321.

[37] Cf. Oraciones teológicas, Cristiandad, Madrid 1959. Versión original: Theologische Gebete, Knecht, Francfort 1944.

[38] Cf. Oraciones teológicas, p. 19; Theologische Gebete, p. 5.

[39] Oraciones teológicas, pp. 27-28; Theologische Gebete, pp. 13-14.

[40] Cf. Der Rosenkranz unserer lieben Frau, p. 24.

[41] Cf. Das Jahr des Herrn, Grünewald, Maguncia 1946, 1953, p. 26.

[42] Cf. Der Rosenkranz unserer lieben Frau, p. 43.

[43] Cf. H. B. Gerl: Romano Guardini (1885- 1968). Leben und Werk, p. 317.

[44] Cf. O. cit., Cristiandad, Madrid 1981. Versión original: Jesús Christus. Geistliches Wort, Werkbund, Würzburg 1957.

[45] Véanse, además de las citadas, las obras siguientes: La realidad humana del Señor (Cristiandad, Madrid 1981), Mensaje joáneo; (Cristiandad, Madrid 1965); La imagen de Jesús, el Cristo, en el Nuevo Testamento (Cristiandad, Madrid 1981); La esencia del Cristianismo (Cristiandad, Madrid 1977).

[46] Cf. Apuntes para una autobiografía, pp. 118, 120.

[47] Cf. O. cit., p. 122.

[48] Cf. R. Guardini: La existencia del cristiano, pp. XIV-XVI. Sobre el carácter relacional del pensamiento existencial (indebidamente llamado a menudo Existencialismo, denominación sólo aplicable al pensamiento de J.P. Sartre) y su fecundidad para la investigación filosófica pueden verse muy amplias precisiones en mis obras Metodologia de lo suprasensible (Editora Nacional, Madrid 1963), El triángulo hermenéutico ( Madrid 1971), Cinco grandes tareas de la filosofia actual (Gredos, Madrid 1977), El arte de pensar con rigor y vivir de forma creativa (PPC, Madrid 1993).

[49] Cf. La existencia del cristiano, p. 13.

[50] Puede verse, sobre esto, mi obra El triángulo hermenéutico, Editora Nacional, Madrid 1971, pp. 477-496.

[51] Cf. Existenzphilosophie im geistigen Leben der Gegenwart, Kerle, Heidelberg 1949, p. 64.

[52] Cf. Obstacle et valeur, Aubier, Paris 1934, pp. 20-21.

[53] Sobre el verdadero sentido del Pensamiento Existencial y la necesidad de distinguirlo de la posición "existencialista" de J.P. Sartre −a la que alude Guardini en las páginas 138, 327,328−, puede verse mi Metodologia de lo suprasensible, Editora Nacional, Madrid 1963, pp. 189-291. En concreto, sobre la función que desempeña el concepto de "nada", cf. pp. 213- 216.

[54] Cf. Apuntes para una autobiografía, Encuentro, Madrid 1992, pp. 98-100. Véase, asimismo, R.Guardini: Begegnung und Bildung, Werkbund, Würzburg 1956, p. 20. Sobre la aparente paradoja que implica dicha frase evangélica, véase mi estudio “Los contrastes y su significación en la vida humana” en La verdadera imagen de Romano Guardini, Eunsa, Pamplona 2001, pp. 173-240.

[55] Cf. Apuntes para una autobiografía, pp. 172-174.

[56] Cf. Wahrheit, p.83.

[57] Cf. Sorge um den Menschen, Werkbund, Würzburg 1962, p. 126. Versión española: Preocupación por el hombre, Cristiandad, Madrid 1965.

[58] Cf. Una ética para nuestro tiempo, Cristiandad, Madrid 1974, p. 33. Versión original: Tugenden, Grünewald, Maguncia 1987, p. 30.

[59] Cf. Ética, BAC, Madrid 1993, pp. 218.219. Versión original: Ethik, Grünewald, Maguncia 1993, pp. 289-290. Confróntese este punto de partida de Guardini con el de Xavier Zubiri joven: “El verdadero educador de la inteligencia es el que enseña a sus discípulos a ver el ´ sentido´ de los hechos, la ´ esencia´ de los acontecimientos. La intuición se tiene o no se tiene, no cabe refutarla ni reforzarla. En estas condiciones, la misión del maestro es colocar al discípulo en el ´punto de vista´ adecuado para que ´vea´ el objeto. La función discursiva será siempre secundaria lo mismo en pedagogía que en lógica. Los objetos del mundo real se ´perciben´´ pero no se demuestran” (Cf. “Filosofía del ejemplo”, en Revista de pedagogía 5 (1926) 289, 293).

[60] Cf. La existencia del cristiano, BAC, Madrid 1997, p. 9. Versión original: Die Existenz des Christen, Schöningh, Paderborn 1976, pp. 8-9.

[61] Cf. Una ética para nuestro tiempo, p. 12; Tugenden, p. 10.

[62] Cf. El bien, la conciencia y el recogimiento, en la obra La fe en nuestro tiempo, Cristiandad, Madrid 1965, pp. 116 ss. Versión original: Das Gute, das Gewissen und die Sammlung, Grünewald, Maguncia 1962.

[63] Cf. Una ética para nuestro tiempo, p. 11; Tugenden. p. 9.

[64] Cf. Las etapas de la vida, Palabra, Madrid 1997, p. 131; Die Lebensalter, Werkbund, Würzburg 1967.

[65] Cf. Auf dem Wege, Grünewald, Maguncia, 1923, p. 69.

[66] Cf. El Señor, Cristiandad, Madrid 2002, p. ; Der Herr, Werkbund, Würzburg 1951, p. 92.

[67] Cf. El Señor, pp. 92-93; Der Herr, p. 149.

[68] Cf. O. cit., pp. 168, 180-181; Die Existenz des Christen, pp. 169, 181-182. Véase, además, la breve obra programática: La aceptación de sí mismo, Cristiandad, Madrid 1983.

[69] Cf. La existencia del cristiano, p. 203; Die Existenz des Christen, pp. 205-206.