Una de las claves del pontificado del Papa Francisco reside, según mi entender, en su apuesta firme por el diálogo

Intervención de Mons. Francisco Conesa Ferrer, Obispo de Menorca, el miércoles 15 de mayo de 2019, que ha tenido lugar en el Aula Magna de la Facultad de Teología San Vicente Ferrer, de Valencia, con motivo de la 21ª Edición de “Diálogos de Teología Almudí”, bajo el título “El Papa: principio visible de unidad y fe en la Iglesia”.

Esquema

1. Las razones del diálogo

a. Somos hijos de un mismo Padre
b. Buscamos la verdad junto a otros hombres y mujeres
c. El diálogo es indispensable para construir el futuro
d. La evangelización implica un camino de diálogo

2. Disposiciones para el diálogo

a. El deber de identidad
b. Escuchar al otro
c. La valentía de la alteridad
d. La sinceridad de las intenciones
e. Caminar con el otro

3. El diálogo de la Iglesia con los Estados para contribuir a la paz

4. El diálogo de la Iglesia con la sociedad

a. Diálogo con la cultura
b. El diálogo entre la fe, la razón y las ciencias
c. Diálogo con los no creyentes

5. El diálogo con otros creyentes

a. El camino ineludible del diálogo ecuménico
b. El diálogo y amistad con los hijos de Israel
c. El encuentro y diálogo entre las religiones

Una de las claves del pontificado del Papa Francisco reside, según mi entender, en su apuesta firme por el diálogo. En este tema −como en otros muchos− se muestra en continuidad con el talante del Concilio Vaticano II y, muy especialmente, con la Encíclica “Ecclesiam suam” (1964) de san Pablo VI, si bien el Papa actual ha incidido sobre todo en el diálogo social, es decir, en aquel que sirve al desarrollo del ser humano y procura el bien común (cf. EG 289).

El Papa Francisco está convencido de que este diálogo es hoy más necesario que nunca. Lo es porque vivimos en un mundo muy plural, con gran diversidad cultural y religiosa: “para participar en la edificación de una sociedad abierta, plural y solidaria, es esencial desarrollar y asumir constantemente y sin flaquear la cultura del diálogo como el camino a seguir”[1]. Pero, además, en este mundo se detectan tensiones y odios, que sólo el diálogo puede ayudar a superar. Por eso, una tarea fundamental, que forma parte de la misión de la Iglesia, es fomentar el diálogo. “La credibilidad se juega también en la medida en que ayudemos, junto a otros actores, a hilar un entramado social y cultural que no sólo se está resquebrajando, sino que también alberga y posibilita nuevos odios. Como Iglesia no podemos quedar presos de una u otra trinchera, sino velar y partir siempre desde el más desamparado. Desde allí el Señor nos invita a ser, como reza la Plegaria Eucarística V/D: «en medio de nuestro mundo, dividido por las guerras y discordias, instrumentos de unidad, de concordia y de paz»”[2].

La Iglesia es servidora de este diálogo. Frente a la concepción de la Iglesia como una institución monolítica, que vive cerrada en sí misma, es preciso subrayar que es deber de la Iglesia abrirse al diálogo con todos los hombres para comprender las esperanzas y búsquedas que alberga su corazón, y para favorecer el diálogo entre los hombres, entre los pueblos y las religiones, en la búsqueda conjunta del bien común.

El subtítulo de esta reflexión dice “teoría y praxis del diálogo social según el Papa Francisco”. El actual pontífice ha dedicado numerosos discursos al tema del diálogo, pero ha destacado, sobre todo, por sus gestos. En este tema, como en buena parte de su pontificado, la palabra, la teoría, va acompañada por los gestos, por una praxis de diálogo. Por eso, iré ilustrando con algunos hechos la exposición del mensaje del Papa sobre el diálogo social. La exposición más completa de este tema se encuentra en los nn. 238-258 de la Exhortación Apostólica “Evangelii Gaudium”, un escrito programático en el que el Papa expuso las principales líneas de una Iglesia evangelizadora.

1. Las razones del diálogo

Antes de detenernos en los modos de diálogo, es conveniente reflexionar sobre las razones últimas que conducen a la Iglesia a dialogar con los hombres, los pueblos, las culturas y las religiones.

a. Somos hijos de un mismo Padre

El Papa Francisco encuentra el fundamento último del diálogo en la paternidad de Dios, que nos hace hermanos unos de otros. “Si queremos llegar al fundamento teológico de esto, vayamos al Padre: Él nos ha creado a todos. Somos hijos del mismo Padre”[3]. En el proemio de la Declaración “Nostra aetate” se subrayaba también que “todos los pueblos forman una comunidad, tienen un mismo origen, puesto que Dios hizo habitar a todo el género humano sobre la faz de la tierra”. Dice Francisco: “Esta es la base del encuentro: todos somos hermanos, hijos de un mismo Padre celestial, y cada uno con su cultura, su lengua, sus tradiciones, tiene mucho que aportar a la comunidad”[4].

b. Buscamos la verdad junto a otros hombres y mujeres

La Iglesia camina a lo largo de la historia junto con otros hombres y mujeres y, junto con ellos, está llamada a alcanzar la plenitud de la verdad. El Concilio Vaticano II, después de explicar que la revelación divina resplandece en Cristo, “mediador y plenitud de toda la revelación” (DV 2), subrayó que la Iglesia “camina a través de los siglos hacia la plenitud de la verdad, hasta que se cumplan en ella plenamente las palabras de Dios” (DV 8). Para alcanzar plenamente la verdad que nos ha sido dada en Jesucristo, la Iglesia necesita dialogar con los hombres, sus culturas y religiones[5]. Dice el Papa: “El diálogo es necesario, es fundamental para llegar a la verdad, que no puede ser impuesta, sino buscada con sinceridad y espíritu crítico”[6].

c. El diálogo es indispensable para construir el futuro

Toda la humanidad está llamada a construir juntos el futuro, la civilización. Frente al conflicto, debemos promover una cultura del encuentro, del diálogo y la colaboración al servicio de la familia humana. Como sabemos, la expresión “cultura del encuentro” ocupa un lugar central en el pensamiento de Francisco desde su etapa como arzobispo de Buenos Aires[7]. Frente a una cultura de la disgregación y del fragmento, hemos de propiciar la integración, superando exclusiones e incomprensiones y abriendo camino al diálogo. En una ponencia de su etapa como arzobispo decía: “Recuperar el encuentro. Y el instrumento más apto para esto es el diálogo. Despertar la capacidad de diálogo. Cuando uno recupera la alteridad en el encuentro, empieza a dialogar, y dialogar supone no sólo oír sino escuchar”[8]. Dialogar es construir el futuro, poner los cimientos del porvenir.

d. La evangelización implica un camino de diálogo

Francisco señala finalmente que “la evangelización también implica un camino de diálogo” (EG 238). No sólo no hay oposición entre diálogo y anuncio del Evangelio, como había subrayado ya el magisterio anterior[9], sino que no es posible evangelizar sin abrirse al diálogo.

Cuando dialogamos, imitamos a Dios, que se ha acercado a los hombres dialogando con ellos. Dios –dice “Dei Verbum”- “habla a los hombres como amigos” y los invita a la comunicación con Él (DV 2). “Ecclesiam Suam” hablaba del “diálogo de salvación que Dios ha abierto con la humanidad[10]. La Iglesia no puede sino realizar lo mismo. Dice Francisco: “todas las formas de diálogo son expresiones de la gran exigencia del amor de Dios, que sale al encuentro de todos y en cada uno pone una semilla de su bondad, para que pueda colaborar en su obra creadora”[11].

2. Disposiciones para el diálogo

El diálogo sólo se puede producir si los interlocutores tienen unas actitudes básicas. En diversas ocasiones, el Papa Francisco ha especificado cuáles son las condiciones que favorecen el diálogo[12]. Las condiciones fundamentales son:

a. El deber de identidad

La primera condición es tener clara la propia identidad, porque no se puede establecer un diálogo sobre la ambigüedad o sacrificando un bien para complacer al otro. Hemos de dialogar a partir de lo que somos, sin ocultarlo[13]. “Desde la nada, desde una autoconciencia nebulosa, no se puede dialogar, no se puede empezar a dialogar”[14]. El relativismo no favorece el diálogo, sino que lo dinamita.

En un libro que escribió junto al rabino Skorka, el cardenal Bergoglio contaba su propia experiencia: “Con Skorka no tuve nunca que negociar mi identidad católica, así como él no lo hizo con su identidad judía, y esto no sólo por el respeto que nos tenemos sino también porque así concebimos el diálogo interreligioso. El desafío consistió en caminar con respeto y afecto, caminar en la presencia de Dios y procurando ser irreprochables”[15].

b. Escuchar al otro

El Papa Francisco insiste mucho en la importancia de escuchar. Para ello es necesaria una gran capacidad de apertura al otro, de acogida y de empatía. “Si nuestra comunicación no quiere ser un monólogo, hemos de tener apertura de mente y de corazón para aceptar a las personas y a las culturas. Sin miedo: el miedo es enemigo de estas aperturas”[16]. No se trata de escuchar sólo sus palabras, sino también sus experiencias, sus esperanzas, sus aspiraciones, sus dificultades. Por eso, a los obispos de Asia Francisco les pedía tener un “espíritu contemplativo de apertura y acogida del otro”[17]. El diálogo requiere el silencio, para saber escuchar a los otros. “El verdadero diálogo necesita momentos de silencio, en los cuales acoger el don extraordinario de la presencia de Dios en el hermano”[18].

c. La valentía de la alteridad

La tercera condición es tener la valentía de la alteridad, que consiste en no tratar al que es diferente (cultural o religiosamente) como a un enemigo, sino como a un compañero de ruta, con la convicción de que el bien de cada uno se encuentra en el bien de todos. Hemos de convencernos de que cada hombre y mujer tienen algo que darnos.

Este punto conecta con una profunda intuición de Francisco: para que haya armonía es necesario que existan diferencias. La uniformidad no es buena, porque significaría que todos hacemos y pensamos lo mismo. Las diferencias nos enriquecen. “La uniformidad nos anula, nos hace autómatas. La riqueza de la vida está en la diversidad, por lo que el punto de partida no puede ser 'voy a dialogar' pero aquel está equivocado”[19].

La idea de “unidad en la diversidad”, que hace suya el Papa, procede del teólogo reformado Oscar Cullman (1902-1999) y fue también desarrollada por el Papa Benedicto en diversas ocasiones. Con esta fórmula se subraya la importancia de la diferencia, de lo que es propio de cada uno. El modelo de unidad no es la esfera −dice Francisco− “donde cada punto es equidistante del centro y no hay diferencias entre unos y otros. El modelo es el poliedro, que refleja la confluencia de todas las parcialidades que en él conservan su originalidad” y procura “recoger lo mejor de cada uno” (EG 236). El poliedro tiene muchas facetas, muchos lados, que forman una unidad cargada de matices. Así piensa el Papa: las diferencias pueden complementarse y enriquecerse mutuamente. Todos pueden iluminarme; nadie es prescindible; de todos podemos aprender algo. Acoger la experiencia y perspectiva del otro no me conduce a perder mi identidad.

d. La sinceridad de las intenciones

El diálogo queda frustrado cuando sirve de estrategia para segundas intenciones. El diálogo es camino de la verdad y debe ser recorrido de un modo paciente. Francisco insiste en diversas ocasiones en que el diálogo no es fácil; es preciso superar muchas dificultades. El diálogo no surge espontáneamente. El diálogo requiere paciencia, ascesis y generosidad (Cf. LS 201). En el diálogo hay que evitar querer ver inmediatamente los resultados.

Por otra parte, no hay que temer el conflicto. En el diálogo es lógico que se dé el conflicto, puesto que las personas pensamos de manera diferente. Por el contrario, “somos invitados a asumir el conflicto”[20]. En “Evangelii Gaudium” se da la clave para entender esta afirmación cuando dice que hay que “aceptar sufrir el conflicto, resolverlo y transformarlo en un eslabón de un nuevo proceso” (EG 227). Hay que asumir el conflicto para procurar resolverlo. Esto conecta con otro principio básico en el pensamiento de Francisco: se puede desarrollar una comunión en las diferencias porque “la unidad es superior al conflicto” (EG 228).

e. Caminar con el otro

El diálogo es un camino que hacemos junto con otras personas. Es muy importante caminar juntos e ir creciendo en conocimiento mutuo, en amistad y en una solidaridad más profunda. Somos peregrinos que caminamos junto a otros. Hay que confiar sin recelos en el compañero de camino (cf. EG 244). Hacemos el camino juntos, cada uno desde su propia identidad. Más importante que obtener resultados es la experiencia de caminar junto al otro. El diálogo, se dice en “Evangelii Gaudium”, “es un bien que no consiste en cosas, sino en las personas mismas que mutuamente se dan en el diálogo” (EG 142).

En la Exhortación “Evangelii Gaudium” se agrupan en tres los campos de diálogo en los que la Iglesia debe estar presente: el diálogo con los Estados, el diálogo con la sociedad y el diálogo con otros creyentes. Pasamos a señalar algunas características de cada una de estas formas de diálogo.

3. El diálogo de la Iglesia con los Estados para contribuir a la paz

Un primer campo de diálogo son los Estados, a los que compete el cuidado y promoción del bien común de la sociedad. El objetivo principal del diálogo de la Iglesia con los Estados es contribuir al bien de la paz.

De acuerdo con “Evangelii Gaudium” esto requiere, en primer lugar, apostar por una cultura que privilegie el diálogo y aprender a diseñar caminos de consenso y acuerdo (cf. EG 239). El diálogo es base para construir sociedades abiertas y plurales. El servicio que la Iglesia debe prestar es crear espacios de diálogo verdadero. La Iglesia se compromete a favorecer el diálogo político, curando heridas y evitando enfrentamientos.

En el plano nacional esto supone contribuir al diálogo entre los diversos partidos políticos y fuerzas sociales. En el plano internacional, Francisco apoya las alianzas de los pueblos para el bien común y, siguiendo la línea del Papa Juan XXIII y de Benedicto XVI, reclama la presencia de una verdadera autoridad política mundial (LS 175).

Pero el bien de la paz requiere también “la preocupación por una sociedad justa, memoriosa y sin exclusiones” (EG 239). Todas las personas deben ser escuchadas en este diálogo, y especialmente los más pobres. La Iglesia, que conserva la memoria de las vidas y los sufrimientos de los seres humanos (cf. EG 238), debe hacer presente la voz de los últimos en este diálogo.

A este diálogo la Iglesia no aporta soluciones concretas para los temas sociales, sino su visión sobre los valores fundamentales de la vida humana. La Iglesia “habla desde la luz que aporta su fe” y ofrece su experiencia de más de dos mil años (EG 238). Junto con otras fuerzas sociales, aporta la luz del Evangelio, acompañada por propuestas que sirvan a la dignidad y al bien común (Cf. EG 241).

La dificultad más seria para el diálogo proviene del laicismo exagerado, que excluye a las religiones del diálogo social[21]. El Papa denuncia la tendencia a privatizar las religiones, reduciéndolas al silencio y a la conciencia de cada uno o encerrándolas en los templos, sinagogas o mezquitas: “se trata de una nueva forma de discriminación y de autoritarismo” (EG 255). Frente a ello Francisco acentúa la contribución que hacen las religiones a la vida social. Hay que respetar la laicidad de la política, porque el mundo goza de autonomía propia; pero hay que reconocer que las religiones aportan criterios y presupuestos fundamentales que dan solidez a las relaciones entre las personas. Las religiones ayudan a construir puentes y aportan “las grandes motivaciones que hacen posible la comunicación, el sacrificio, la bondad” (LS 200). No hay que subestimar la importancia de los factores religiosos para construir puentes entre los hombres y ayudarles a afrontar los desafíos que se les presentan.

Los gestos del Papa para favorecer el diálogo con los estados son numerosos. Francisco ha ejercido la “diplomacia del encuentro” con todos, siendo capaz de poner en movimiento situaciones que parecían anquilosadas. Ante todo, cabe recordar los encuentros del Papa con los jefes de estado y de gobierno y con otras personalidades cuando van a visitarlo, y su particular carisma para establecer relaciones personales con ellos. Hace unos días, el 11 de abril, el Papa nos sorprendió realizando el gesto de besar los pies a los líderes políticos de Sudán del Sur, país que se encuentra en una terrible guerra civil. Su magisterio acerca del diálogo con los Estados se encuentra, de manera especial, en los discursos anuales al cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, en los discursos a las autoridades de los países que visita y también en los Mensajes para Jornada mundial de la Paz.

En ocasiones, la Iglesia actúa como mediadora en algunos conflictos. Con su intervención, la Iglesia no busca negociar espacios de poder temporal, sino reorientar el ritmo de los procesos históricos. En el campo de los procesos de pacificación es justo recordar el constante y activo aliento al diálogo y a la negociación en el proceso de paz de Colombia y para la solución de las tensiones en Venezuela y en Nicaragua, así como la presencia personal del papa en la república Centroafricana. También cabe destacar la oración por la paz con el presidente del Estado de Israel y el presidente de la Autoridad Nacional Palestina (8-6-14) y la invitación –realizada junto al primado de la Iglesia de Inglaterra- a los líderes sudaneses enfrentados para que tuvieran un retiro en el Vaticano (10 y 11-4-19).

4. El diálogo de la Iglesia con la sociedad

El segundo campo importante de diálogo es la sociedad, que incluye el diálogo con la cultura y con las ciencias (cf. 289). Es significativo que el Papa sitúe el diálogo de la fe con la razón y las ciencias en el ámbito más amplio del diálogo con la sociedad, evitando de esta manera una concepción autónoma de la razón y vinculándola a la vida de los hombres.

a) Diálogo con la cultura

El Papa Francisco parte del concepto de “cultura” recogido en el documento de Aparecida, en cuya redacción tuvo un papel fundamental. Siguiendo lo que se dice en este documento, la exhortación “Evangelii Gaudium” presenta la cultura como “el estilo de vida que tiene una sociedad determinada, el modo propio que tienen sus miembros de relacionarse entre sí, con las demás criaturas y con Dios. Así entendida, la cultura abarca la totalidad de la vida de un pueblo” (EG 115)[22]. Estamos ante un concepto muy rico, que no limita la cultura a una élite. Cultura es todo el tejido de relaciones que establecen los hombres. Como cada pueblo desarrolla unas relaciones con los demás, tiene, por ello, una cultura propia.

En el diálogo del Evangelio con las culturas hay un doble movimiento, que el Papa resume en esta expresión: “evangelizar las culturas para inculturar el Evangelio” (EG 69). El movimiento de evangelización de la cultura consiste en anunciar el evangelio a la cultura en su conjunto (cf. EG 133-134), promoviendo el encuentro de la fe con la razón y con las ciencias. El proceso de inculturación pretende, por su parte, expresar el Evangelio en las categorías propias de la cultura en la que es anunciado, provocando una síntesis con esa cultura (cf. EG 129). Se trata de un proceso lento, pero fundamental, porque una vez que la fe se ha hecho cultura, en el proceso de transmisión de la cultura, se transmite también la fe.

La fe tiene que expresarse en los modos culturales propios de cada pueblo. El Evangelio puede dialogar con las distintas culturas, fecundarlas y transformarlas. El Papa aplica en este tema el principio de “unidad en la diversidad”: “la diversidad cultural no amenaza la unidad de la Iglesia” sino que la enriquece (EG 117). No aspiramos a un cristianismo monocultural, sino a que la fuerza del Evangelio alcance a toda cultura.

Ahora bien, la cultura no es algo estático, cerrado en sí mismo, sino que se recrea constantemente. La cultura también necesita “purificación y maduración” (EG 69). En Aparecida se decía que “el encuentro de la fe con las culturas las purifica, permite que desarrollen sus virtualidades, las enriquece. Pues todas ellas buscan en última instancia la verdad, que es Cristo (Jn 14, 6)”[23].

En este tema, el Papa sigue muy de cerca las ideas de la “Carta sobre la inculturación”, escrita en 1978 por el P. Arrupe, en la que entiende la inculturación como la encarnación del mensaje del evangelio en un área cultural concreta, de manera que esa experiencia no sólo llegue a expresarse con los elementos propios de la cultura en cuestión (lo cual sería sólo una adaptación superficial) sino que se convierta en principio inspirador, unificador y normativo que transforme y recree esa cultura[24]. En “Evangelii Nuntiandi” se explicaba también que la evangelización debe llegar a la raíz, hasta “alcanzar y transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad, que están en contraste con la palabra de Dios y con el designio de salvación”[25].

El Papa Francisco apuesta también por favorecer el diálogo intercultural. “Las verdaderas culturas no están cerradas en sí mismas, sino que están llamadas a encontrarse con otras culturas y crear nuevas realidades”[26]. El diálogo es una oportunidad “para el intercambio abierto, respetuoso y enriquecedor entre las personas y grupos de diverso origen, tradición étnica, lingüística y religiosa, en un espíritu de comprensión y respeto mutuo”[27].

b) El diálogo entre la fe, la razón y las ciencias

Francisco no ha estado tan presente en ámbitos académicos como su predecesor; no ha pronunciado lecciones magistrales ni ha realizado discursos analizando el destino de la razón y de la civilización contemporánea. Aparentemente no se ocupa tanto del diálogo con la razón, la filosofía o las ciencias. Sin embargo, le preocupa mucho la polaridad de la cultura actual, que se encuentra en la alternativa entre dos culturas: por un lado la humanista, literaria y teológica y por otra la técnica y científica. Es por ello crucial el diálogo y encuentro entre las ciencias empíricas y los saberes como la filosofía o la teología (cf. EG 242).

El Papa Francisco reclama el diálogo de la fe con la razón. “La fe no tiene miedo a la razón; al contrario, busca y confía en ella” (EG 242). En la Encíclica “Lumen fidei” se refiere a la necesaria circularidad entre la fe y la razón, como ya había hecho Juan Pablo II en “Fides et Ratio[28]: la fe contribuye a ensanchar los horizontes de la razón, ayudando a no cerrarse en el ámbito de lo constatable (cientificismo, positivismo); a su vez, la fe es reforzada por la razón. En este tema, el magisterio de Francisco conecta con la enseñanza de su antecesor. Francisco invita a la razón a “ampliar sus perspectivas” (EG 238), “abrir nuevos horizontes y ampliar las posibilidades” (EG 242). Benedicto XVI habló también de “ensanchar” los horizontes en el discurso de Ratisbona: frente a una razón que se autolimita a lo que se alcanza experimentalmente, reivindicó la amplitud de la razón, el “gran logos”[29]. La fe no contradice la dinámica de la razón humana, sino que amplía su horizonte para que se abra a una realidad más compleja y personal.

Respecto al diálogo con la ciencia, la fe invita a que no se cierre en sus propios métodos y se abra a otros saberes y a que no se extralimite con afirmaciones o conclusiones que exceden su propio campo. La “cortedad de miras de los racionalismos” (EG 256) les impide advertir los profundos principios humanistas que contienen y transmiten las religiones. En la Encíclica “Laudato Si’” subraya que las ciencias empíricas no pueden explicar completamente la vida, el entramado de las criaturas y el conjunto de la realidad. La ciencia no debe sobrepasar sus limitados confines metodológicos: “Si se reflexiona con ese marco cerrado, desaparecen la sensibilidad estética, la poesía, y aun la capacidad de la razón para percibir el sentido y la finalidad de las cosas” (LS 199).

Al mismo tiempo la Iglesia “está atenta a los avances científicos para iluminarlos con la luz de la fe y de la ley natural” (EG 242). La fe no teme estos avances y progresos de las ciencias, porque sabe que, ninguna afirmación científica sólidamente fundamentada podrá contradecirla. En este punto, el Papa Francisco reafirma la visión de Tomás de Aquino, para el que tanto la luz de la razón como la de la fe provienen de Dios y, por ello, no puede haber contradicción entre ellas[30]. Son las dos alas −había dicho Juan Pablo II− “con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad”[31].

La iglesia es muy consciente de la importancia que tiene el diálogo entre la ciencia y la fe para la evangelización. Así lo afirmó el Sínodo de 2012 y lo repite “Evangelii Gaudium” (EG 242)[32]. Por eso, la Iglesia desea promover cauces de diálogo con la ciencia experimental.

c) Diálogo con los no creyentes

Como advierte Eloy Bueno, “el ateísmo y la increencia no ocupan en el pensamiento de Francisco el papel que ocupaban en sus predecesores, e incluso en el Vaticano II”[33]. Esto no significa que no le otorgue importancia, desde otra perspectiva. Cuando describe el mundo contemporáneo denuncia con mucha fuerza el sueño prometeico de conseguir la felicidad prescindiendo de Dios. El “yo” se ha situado en el centro, lo que le conduce a la auto-clausura y le cierra al diálogo con el otro y con el Tú que es Dios. De este modo, el moderno Prometeo cierra las puertas a la experiencia religiosa, que considera como algo obsoleto, perteneciente al pasado. En varias ocasiones, el Papa Francisco se ha referido a la novela futurista de Robert Benson “El Señor del mundo” (1907), en la que ve dibujado el triunfo del humanismo ateo sobre las religiones. De acuerdo con esta novela, “el Señor de este mundo” es un político de apariencia benéfica, Julian Felsenburgh, que ha decidido alcanzar el poder en nombre de la “paz” y que está decidido a destruir la religión en nombre de la “verdad”. En estas circunstancias sólo una Iglesia pequeña y desafiante se mantiene en pie frente al demoniaco “Señor del mundo”.

En relación con los no creyentes, el Papa Francisco no ha promovido ninguna iniciativa singular, sino que ha dado continuidad a las iniciativas de sus antecesores, favoreciendo “los llamados nuevos Areópagos, como el Atrio de los Gentiles, donde creyentes y no creyentes pueden dialogar sobre los temas fundamentales de la ética, del arte y de la ciencia, y sobre la búsqueda de la trascendencia” (EG 257). La Exhortación “Evangelii Gaudium” invita a estar presente en los espacios públicos, en las nuevas ágoras y a rechazar los intentos de privatizar la religión, recluyéndola en las sacristías.

Siguiendo el espíritu del Concilio Vaticano II, el Papa subraya la cercanía de los creyentes a todos aquellos que “no reconociéndose parte de alguna tradición religiosa, buscan sinceramente la verdad, la bondad y la belleza, que para nosotros tienen su máxima expresión y su fuente en Dios” (EG 257). E invita a la colaboración con ellos sobre todo en tres campos: en la defensa de la dignidad humana, en la construcción de una convivencia pacífica entre los pueblos y en la custodia de lo creado (cf. EG 257).

5. El diálogo con otros creyentes

El tercer campo de diálogo son los otros creyentes tanto los cristianos de otras comunidades o iglesias (diálogo ecuménico) como los creyentes de otras religiones (diálogo interreligioso).

a) El camino ineludible del diálogo ecuménico

Desde el inicio de su pontificado el Papa Francisco se ha comprometido con el diálogo ecuménico, con el deseo de darle un nuevo impulso, pues está convencido de que está en juego la credibilidad de la Iglesia: “la búsqueda de caminos de unidad se vuelve urgente”, “es un camino ineludible” (EG 246)[34].

Para Francisco lo primero son las relaciones humanas, que son la base del diálogo teológico. El 30 de noviembre de 2014, en la homilía que pronunció en la iglesia patriarcal de San Jorge de Estambul afirmó: “Encontrarnos, mirar el rostro el uno del otro, intercambiar el abrazo de paz, orar unos por otros, son dimensiones esenciales de ese camino hacia el restablecimiento de la plena comunión a la que tendemos. Todo esto precede y acompaña constantemente esa otra dimensión esencial de dicho camino, que es el diálogo teológico. Un verdadero diálogo es siempre un encuentro entre personas con un nombre, un rostro, una historia, y no solo un intercambio de ideas”[35]. El Papa ha cultivado este “ecumenismo de la amistad”, en expresión de Kasper pues está convencido de que es condición indispensable y acompañamiento del ecumenismo teológico y de que dará frutos para la unidad cómo y cuando Jesús quiera[36]. Lo primero es caminar junto al otro, confiar en él, evitando recelos y desconfianzas (cf. EG 244).

En segundo lugar, podemos buscar “expresiones comunes de anuncio, de servicio y de testimonio” (EG 246), para lo cual nos sirven de ayuda dos principios teológicos a los que Francisco da mucha importancia. El primero es el de concentrarse en lo que nos une. “¡Son tantas y tan valiosas las cosas que nos unen!” (EG 244). El segundo es el principio de jerarquía de verdades, que fue formulado por el Concilio Vaticano II (UR 11) y que el Papa Francisco considera como criterio fundamental para el anuncio del Evangelio. Es preciso concentrarse en lo esencial, que es lo más bello, lo más grande, lo más atractivo y también lo más necesario (cf. EG 35). La fe cristiana forma un conjunto orgánico y ordenado. En el diálogo ecuménico hay que centrarse en lo esencial, abordando los puntos centrales o fundamentales de la fe antes de discutir los temas más periféricos.

Estos dos principios están en el trasfondo de las múltiples declaraciones conjuntas que encontramos en el magisterio de Francisco. Destacan las realizadas con el patriarca ecuménico Bartolomé I en dos ocasiones (Jerusalén, 25-5-14 y Lesbos, 16-4-16), con el patriarca Cirilo I de Moscú (La Habana, 12-2-16), con el Papa Tawadros II (El Cairo, 28-4-17) y con el Catholicos Patriarca Mar Gewargis III (Vaticano, 9-11-18).

Sus palabras van acompañadas de numerosos gestos de reconciliación. Fue Pablo VI quien inició estos gestos, cuando el 5 de enero de 1964 dio un abrazo al patriarca Atenágoras en Jerusalén. Más tarde, el 14 de diciembre de 1975 se arrodilló en la capilla Sixtina ante el metropolita Melitón y pidió perdón por los pecados cometidos contra los ortodoxos. Juan Pablo II tuvo también numerosos gestos de acogida con el patriarca ecuménico Bartolomé. El Papa Francisco durante su visita a Estambul se postró ante el patriarca y le pidió su bendición (29-11-14) y en Egipto dio un beso y un abrazo fraterno al patriarca copto Tawadros (28-4-17), gesto que llamó poderosamente la atención.

En relación con los protestantes ha habido también gestos indiscutibles como el viaje apostólico a Suecia con ocasión de la conmemoración conjunta luterano-católica de la Reforma (31-10 y 1-11-16) y la peregrinación ecuménica a Ginebra en el 70 aniversario de la fundación del Consejo mundial de las Iglesias (21-6-18), en la que quiso “reafirmar el compromiso de la Iglesia católica en la causa ecuménica”.

También han sido numerosos y frecuentes los encuentros con el primado de la Iglesia anglicana Justin Welby (Vaticano, 14-6-13 y 27-10-17). En la declaración conjunta realizada en Roma (6-10-16) reafirman el compromiso firme en el diálogo y añade: “sentimos la impaciencia de progresar para estar plenamente unidos”.

Sorprende que el Papa Francisco no sólo haya establecido relaciones con las iglesias ortodoxas y luteranas sino también con las iglesias evangélicas y pentecostales, que están en constante crecimiento[37]. Tuvo gran resonancia el encuentro en Caserta, donde ante 200 cristianos pentecostales dijo que estábamos en camino hacia la unidad (28-7-14) y apeló a la idea de “diversidad reconciliada”. Hasta ahora, el clima anticatólico de estas comunidades había impedido el diálogo. El Papa, reconociendo las dificultades, apuesta por el diálogo: “Tenemos el deber de discernir y reconocer la presencia del Espíritu Santo en estas comunidades, tratando de construir con ellos lazos de auténtica fraternidad”, dijo en un discurso al Consejo para la unidad de los cristianos, reunido para tratar de las relaciones con los pentecostales y evangélicos[38]. En conversación con Spadaro, confiesa el Papa: “yo dialogo de buena gana y me fío de algunos amigos pentecostales evangélicos, que saben cómo están las cosas y me ayudan a hablar con las personas justas”[39].

El diálogo nos enriquece a todos, porque todos podemos aprender de los otros y reconocer “lo que el Espíritu ha sembrado en ellos también como un don para nosotros” (EG 246). Descubrir la presencia del Espíritu en las religiones fue un tema presente en el magisterio del Papa Juan Pablo II: la acción del Espíritu Santo rebasa los confines de la Iglesia, aunque siempre se realiza en relación con ella[40].

b) El diálogo y amistad con los hijos de Israel

El encuentro con el pueblo judío es particularmente importante para el Papa Francisco. Es conocida su amistad con Abraham Skorka y con otros rabinos argentinos, así como sus contactos con la comunidad judía de Roma, su interés en conmemorar la memoria de la Shoa y sus frecuentes intervenciones dirigidas al pueblo judío[41]. Son también numerosos los encuentros con los grandes rabinos (Jerusalén, 26-5-14).

Las relaciones de la Iglesia con el pueblo judío no se pueden situar en un genérico diálogo interreligioso, sino que deben ser consideradas de modo singular. Siguiendo la teología de la declaración “Nostra Aetate” (nn. 4-5), el Papa Francisco subraya que el judaísmo “no es una religión ajena” a nosotros, ya que “creemos junto con ellos en el único Dios que actúa en la historia, y acogemos con ellos la común Palabra revelada” (EG 247). Francisco considera a los judíos “nuestros hermanos mayores”.

Esto le conduce a lamentar todos los enfrentamientos que se han dado en la historia. En la línea de lo declarado en el Concilio, Francisco lamenta “sincera y amargamente las terribles persecuciones de las que fueron y son objeto, particularmente aquellas que involucran o involucraron a cristianos” (EG 248).

Para el cristiano, el diálogo con el judaísmo es fundamental. “La Iglesia también se enriquece cuando recoge los valores del Judaísmo” (EG 249). “No se trata solamente de establecer, en un plano humano, relaciones de respeto recíproco: estamos llamados, como cristianos y como judíos, a profundizar en el significado espiritual del vínculo que nos une”[42].

c) El encuentro y diálogo entre las religiones

El encuentro y el diálogo entre las religiones ocupa también un lugar muy importante en el magisterio y la praxis del Papa Francisco, que está convencido de que el futuro de todos depende del encuentro entre religiones y culturas. El Papa Francisco realiza una valoración teológica de las religiones en la línea del Concilio Vaticano II, mostrando respeto y estima por las otras religiones, lo que en ocasiones suscita las críticas de los sectores más conservadores dentro de la Iglesia. Ve las religiones como fruto de la búsqueda humana de la verdad y como camino hacia la paz. En ese camino todos los hombres religiosos nos sentimos hermanos unos de otros. En el documento sobre la fraternidad humana, firmado hace unos meses con el imán de Al-Azhar, se llega a afirmar que “el pluralismo y la diversidad de religión, color, sexo, raza y lengua son expresión de una sabia voluntad divina, con la que Dios creó a los seres humanos”[43].

Sin embargo, la preocupación principal del Papa no es ofrecer una doctrina sobre las religiones sino invitar a la acción[44]. No olvidemos, que para Francisco la realidad es más importante que la idea (EG 231-233). El diálogo interreligioso tiene una triple finalidad práctica, en la mente del Papa Francisco. En primer lugar, este diálogo “es condición necesaria para la paz en el mundo” (EG 250). Las religiones han de promover la paz. El crecimiento de los fundamentalismos hace necesario subrayar este punto. En segundo lugar, el diálogo lleva consigo el compromiso ético de trabajar juntos a favor de la creación y de los más pobres, para fomentar la justicia. Es importante que las religiones establezcan “un diálogo entre ellas orientado al cuidado de la naturaleza, a la defensa de los pobres, a la construcción de redes de respeto y fraternidad” (LS 201). Hay un tercer objetivo de este diálogo: “mantener viva en el mundo la sed del absoluto”[45]. Las religiones tienen la tarea de impedir que triunfe una visión unidimensional de la persona, que reduce al hombre a aquello que produce y a aquello que consume. Las religiones acompañan a los hombres en la búsqueda del sentido de la vida, ayudándoles a abrirse a la trascendencia. “Las religiones están llamadas a hacernos comprender que el centro del hombre está fuera de sí mismo, que tendemos hacia lo Alto infinito y hacia el otro que tenemos al lado”[46].

Sobre el modo de realizar este diálogo, el Papa insiste en comenzar por la vida. En “Evangelii Gaudium” señala que el diálogo es, sobre todo, “una conversación sobre la vida humana” (EG 250), “En él se comparte el día a día de la vida concreta, en sus gozos y sus tristezas, con sus angustias y sus esperanzas; se asumen responsabilidades comunes; se proyecta un futuro mejor para todos. Se aprende a vivir juntos, a conocerse y aceptarse con las propias diferencias, libremente, por lo que cada uno es”[47]. Lo primero es aceptar al otro, su modo de pensar diferente. Subraya también la importancia de evitar los extremismos fundamentalistas, que entorpecen el diálogo sincero. El diálogo interreligioso requiere una actitud de gran apertura a la verdad y de respeto del otro. Por eso resulta muy importante que los interlocutores estén sólidamente formados (cf. EG 253).

Señala también que el diálogo no impide el anuncio. “Un sincretismo conciliador sería en el fondo un totalitarismo” (EG 251). La apertura verdadera supone mantener las propias convicciones, pero sabiendo que el diálogo nos puede enriquecer.

Para el cristiano, el diálogo es una manera de descubrir la acción de Dios en los hombres de otras religiones, las “formas de sabiduría práctica” que ha suscitado el Espíritu de Dios en el mundo para ayudar a los hombres a vivir (EG 254). Debo apuntar que me parece muy interesante y acertada esta consideración de las religiones como saberes prácticos, es decir, conocimientos que están ligados a la acción y que tienen como objeto la verdad práctica, que es aquella que se halla en relación con el bien de la persona y que se refiere a su felicidad[48]. Los cristianos podemos encontrar en las religiones valores que pueden “ayudarnos a vivir mejor nuestras propias convicciones” (EG 254).

Dentro del diálogo interreligioso, el Papa Francisco ha otorgado una importancia particular al diálogo con el islam, dada la importancia que tiene en la actual situación mundial. “Cristianos y musulmanes somos hermanos”, dijo en la Mezquita de Bangui[49]. Un punto culminante en ese diálogo fue la firma del mencionado documento “Fraternidad humana por la paz mundial y la convivencia común”, realizada por el Papa y el imán de Al-Azhar, líder espiritual del mundo suní. En el documento se declara “asumir la cultura del diálogo como camino; la colaboración común como conducta; el conocimiento recíproco como método y criterio”[50].

Francisco quiere evitar todas las posturas de rechazo y de sospecha frente a los musulmanes, subrayando que “el verdadero islam y una adecuada interpretación del Corán se oponen a toda violencia” (EG 253). Cuando las religiones son fieles a su vocación originaria, son instrumentos de paz.  “Es indispensable oponer al fanatismo y al fundamentalismo la solidaridad de todos los creyentes, teniendo como referencias inestimables de nuestro actuar los valores que nos son comunes”[51].

Las iniciativas de diálogo con el mundo del islam han sido numerosas. Inició el camino la visita al gran Muftí de Jerusalén (26-6-14) y después siguió la visita a Ankara y Estambul (28-30 de noviembre de 2014), realizada en clima de estima mutua. A ella han sucedido numerosos encuentros. Francisco acude a Egipto, saluda al gran imán de Al-Azhar y participa en una conferencia internacional para la paz (28-4-17); se encuentra con el mismo imán de Al-Azhar en los Emiratos árabes. También ha estado con el imán de Bangui (30-11-15) y el jefe de los musulmanes del Cáucaso (2-10-16).

El Papa ha tenido también numerosos gestos con otros creyentes. En sus viajes se encuentra frecuentemente con líderes religiosos no cristianos, como hizo en Rangún con el consejo supremo de monjes budistas (29-11-17). En sus visitas, suele propiciar un encuentro con las diversas religiones, como hizo en Colombo (Sri Lanka, 13-1-15), en Sarajevo (6-6-15), en Myanmar (28-11-17) o en Bangladesh (1-12-17).

Concluyendo, el diálogo es una actitud que enriquece a la Iglesia, porque le ayuda a interpretar la Palabra revelada y a comprender la verdad. Al mismo tiempo, es un servicio que la Iglesia presta a la humanidad. Si somos capaces de dialogar con sinceridad, podremos encontrar soluciones a los problemas sociales y construir algo nuevo.

Mons. Francisco Conesa Ferrer, Obispo de Menorca

Diálogos de Teología Almudí. Valencia, 15 de mayo de 2019

 

[1] PAPA FRANCISCO, Encuentro con la sociedad civil en Marruecos (30-3-2019).

[2] PAPA FRANCISCO, Carta a los obispos de Estados Unidos (1-1-19).

[3] PAPA FRANCISCO, Encuentro con los obispos de Asia en Corea (17-8-14).

[4] Cf. PAPA FRANCISCO, Encuentro con los representantes de la sociedad civil en Paraguay (11-7-15).

[5] Cf. F. CONESA, “Caminar hacia la plenitud de la verdad”, en C. IZQUIERDO (ed.), Escatología y vida cristiana, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, Pamplona 2002, pp. 185-194.

[6] PAPA FRANCISCO, Encuentro con los representantes de la sociedad civil en Ecuador (7-7-15).

[7] Vid. J. M. BERGOGLIO – PAPA FRANCISCO, “Educar en la cultura del encuentro” (Discurso 1-9-99), en En tus ojos está mi palabra. Homilías y discursos de Buenos Aires (1999-2013), Claret, Madrid 2017, pp. 92-104; V. M. FERNÁNDEZ, “La propuesta del Papa Francisco sobre la cultura del encuentro”, en V. M. FERNÁNDEZ (ed.), Hacia una cultura del encuentro. La propuesta del Papa Francisco, Educa, Buenos Aires 2017.

[8] J. M. BERGOGLIO – PAPA FRANCISCO, “Es urgente instalar la cultura del encuentro” (Ponencia 19-9-09), en En tus ojos está mi palabra. Homilías y discursos de Buenos Aires (1999-2013), Claret, Madrid 2017, p. 868.

[9] Muy especialmente S. JUAN PABLO II, Enc. Redemptoris Missio (7-12-90), nn. 55-58 y el documento PONTIFICIO CONSEJO PARA EL DIALOGO INTER-RELIGIOSO - CONGREGACION PARA LA EVANGELIZACION DE LOS PUEBLOS, Diálogo y anuncio (19-5-91).

[10] S. PABLO VI, Enc. Ecclesiam suam (6-8-64), n. 36.

[11] PAPA FRANCISCO, Audiencia general (22-10-16).

[12] Destaca: PAPA FRANCISCO, Encuentro con los obispos de Asia en Corea (17-8-14); Discurso a los participantes en la conferencia internacional para la paz (28-4-19).

[13] Cf. PAPA FRANCISCO, Encuentro con los representantes de la sociedad civil en Paraguay (11-7-15).

[14] PAPA FRANCISCO, Encuentro con los obispos de Asia en Corea (17-8-14).

[15] J. M. BERGOGLIO – A. SKORKA, Sobre el cielo y la tierra, Editorial Sudamericana, Buenos Aires 2012.

[16] PAPA FRANCISCO, Encuentro con los obispos de Asia en Corea (17-8-14).

[17] PAPA FRANCISCO, Encuentro con los obispos de Asia en Corea (17-8-14).

[18] PAPA FRANCISCO, Audiencia general (22-10-16).

[19] Cf. PAPA FRANCISCO, Encuentro con los representantes de la sociedad civil en Paraguay (11-7-15).

[20] Ibidem.

[21] Tema tratado especialmente en PAPA FRANCISCO, Política y sociedad. Conversaciones con Dominique Walton, Encuentro, Madrid 2018.

[22] Cf. V CONFERENCIA GENERAL DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO, Documento final Aparecida (2007), n. 476.

[23] V CONFERENCIA GENERAL DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO, Documento final Aparecida (2007), n. 477.

[24] Cf. R. LUCIANI, El Papa Francisco y la teología del pueblo, PPC, Boadilla del Monte 2016, pp. 109-112.

[25] S. PABLO VI, Enc. Evangelii Nuntiandi (8-12-75), 19.

[26] PAPA FRANCISCO, Encuentro con los representantes de la sociedad civil en Paraguay (11-7-15).

[27] PAPA FRANCISCO, Discurso ante el Consejo de Europa (25-11-14).

[28] Cf. PAPA FRANCISCO, Enc. Lumen Fidei, n. 32; JUAN PABLO II, Enc. Fides et Ratio (14-9-98), n. 73. Cf. comentario F. CONESA, “Fe, razón y teología en la Encíclica Lumen Fidei”, en R. PELLITERO (coord.), Creer en el amor. Redescubrir la Encíclica “Lumen Fidei”, Centre de Pastoral Litúrgica, Barcelona 2018, pp. 117-144.

[29] BENEDICTO XVI, Discurso en la universidad de Ratisbona (12/9/2006). Cf. P. BLANCO, “Fe, razón y amor. Los discursos de Ratisbona”, en Scripta Theologica 39 (2007) 767-782.

[30] Cf. S. TOMÁS DE AQUINO, Summa contra Gentiles, I, VII. EG 242.

[31] S. JUAN PABLO II, Enc. Fides et ratio (14-9-98), proemio.

[32] SÍNODO DE LOS OBISPOS (2012), Propositio 54.

[33] E. BUENO DE LA FUENTE, Eclesiología del Papa Francisco. Una Iglesia bautismal y sinodal, Monte Carmelo, Burgos 2018, p. 271.

[34] Sobre el tema cf. W. KASPER, El Papa Francisco. Revolución de la ternura y del amor, Sal Terrae, Maliaño 2015, pp. 40-45.

[35] PAPA FRANCISCO, Palabras en la divina liturgia (30-11-14).

[36] Cf. W. KASPER, El Papa Francisco. Revolución de la ternura y del amor, Sal Terrae, Maliaño 2015, p. 45.

[37] Cf. D. FARES, “Francisco y los movimientos pentecostales”, en La Civiltà Cattolica iberoamericana 1/7 (agosto 2017) 78-90.

[38] PAPA FRANCISCO, Discurso a los participantes en la plenaria del Consejo unidad cristianos (28-9-18).

[39] A. SPADARO, “Las huellas de un pastor. Una conversación con el Papa Francisco”, en En tus ojos está mi palabra. Homilías y discursos de Buenos Aires (1999-2013), Claret, Madrid 2017, p. 28.

[40] Cf. S. JUAN PABLO II, Enc. Redemptor hominis (4-2-79), 6 y 12; Enc. Redemptoris Missio (7-12-90), n. 29; F. CONESA, “La presencia del Espíritu Santo en las religiones”, en P. RODRÍGUEZ (dir.), El Espíritu Santo y la Iglesia, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, Pamplona 1999, pp. 583-597.

[41] Ya hemos mencionado el libro que como arzobispo de Buenos Aires, Francisco escribió junto al rabino Skorka.

[42] PAPA FRANCISCO, Discurso a los dos grandes rabinos de Israel (26-5-14).

[43] PAPA FRANCISCO – IMÁN AL-AZHAR, Documento sobre la fraternidad humana (4-2-2019). Algunos críticos han interpretado unilateralmente esta frase, que debe ser entendida en el contexto de la doctrina de la Iglesia sobre las religiones. El concilio señaló que el Espíritu Santo “ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de sólo Dios conocida, se asocien al misterio pascual” (GS 22). Juan Pablo II fue más explícito: “Dios llama a sí a todas las gentes en Cristo, queriendo comunicarles la plenitud de su revelación y de su amor; y no deja de hacerse presente de muchas maneras, no sólo en cada individuo sino también en los pueblos mediante sus riquezas espirituales, cuya expresión principal y esencial son las religiones, aunque contengan lagunas, insuficiencias y errores” (Redemptoris Missio, 55). De acuerdo con ello, Dios se puede hacer presente a los hombres y llamarles a la salvación a través de los elementos de verdad y santidad que hay en las religiones, a pesar de sus deficiencias.

[44] Así lo sostiene F. X. CLOONEY, “Interreligious Learning in a Changing Church: From Paul VI to Francis”, en Irish Theological Quarterly 82 (2017) 269-283; cf. W. KASPER, El Papa Francisco. Revolución de la ternura y del amor, Sal Terrae, Maliaño 2015, p. 46.

[45] PAPA FRANCISCO, Discurso en el encuentro con los representantes de iglesias, comunidades eclesiales y de las diversas religiones (20-3-13).

[46] PAPA FRANCISCO, Discurso encuentro con el jeque de los musulmanes en Cáucaso (2-10-16).

[47] PAPA FRANCISCO, Discurso en el encuentro ecuménico e interreligioso (Sarajevo, 6-6-15).

[48] Cf. F. CONESA, “El saber religioso como conocimiento práctico”, en J. ARANGUREN Y OTROS (eds.), Comprender la religión, Eunsa, Pamplona 2001, pp. 355-367.

[49] PAPA FRANCISCO, Discurso en el mezquita de Koudoukou, Bangui (República centroafricana) (30-11-15).

[50] PAPA FRANCISCO – IMÁN AL-AZHAR, Documento sobre la fraternidad humana (4-2-2019).

[51] PAPA FRANCISCO, Encuentro con la sociedad civil en Marruecos (30-3-2019).