“Tú eres Pedro” Una invitación a recordar y a vivir en el hoy eclesial ese signo identitario de nuestro ser católicos, constituido por la adhesión, el respeto, el cariño, la obediencia, y cuando sea necesario incluso la defensa del ministerio y la persona del obispo de Roma, sucesor de Pedro, pastor de la Iglesia universal; hoy, el Papa Francisco

Incluimos el texto de la conferencia de D. Juan Miguel Díaz-Rodelas, Catedrático de Sagrada Escritura de la Facultad de Teología san Vicente Ferrer de Valencia y Miembro de la Comisión Bíblica Internacional, el 9 de mayo ppdo., durante las jornadas Diálogos de Teología 2019, que este año alcanzan su 21 edición y tratan el tema “El Papa, principio visible de unidad de fe y comunión en la Iglesia”, organizadas por la Biblioteca sacerdotal Almudí y la Facultad de Teología de Valencia.

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Un servidor, con vuestro permiso, va a comenzar leyendo unas palabras que escribí y dije en un curso sobre la Iglesia y su configuración en el Nuevo Testamento, y que impartí hace ya más de veinte años a estudiantes universitarios. Comienzo la cita: "No es infrecuente escuchar cómo personas que se sienten identificadas con Jesús, con su Persona, con su mensaje, que llegan a aceptar incluso su condición de Hijo de Dios, se manifiestan distantes de la Iglesia, sienten indiferencia e incluso rechazo de esta institución que, según dicen, crea la impresión de preocuparse por intereses que nada tienen que ver, o poco tienen que ver, con el Profeta de Nazaret. Es más, no es difícil encontrarse con creyentes que hacen suya hasta cierto punto la citada separación entre Jesús y la Iglesia diciendo, conocidísima frase, por desgracia, 'yo creo en Jesús, pero no creo en la Iglesia'. Bien sabéis que esta separación no es del otro día, tampoco es puramente sentimental o visceral. Un famoso teólogo, francés, modernista, muerto en 1940, Alfred Loisy, la expresaba en términos académicos y de forma más radical diciendo: 'Jesús predicó el Reino de Dios, y lo que vino fue la Iglesia'. Digo que esta afirmación del modernista francés es más radical si cabe que la separación que establece mucha gente entre Jesús y la Iglesia porque, cuando la gente dice 'yo creo en Jesús pero no en la Iglesia', no se preocupa a mi entender prácticamente para nada del fondo del problema, es decir, no se plantea la cuestión de si Jesús quiso realmente fundar la Iglesia, de si la Iglesia tiene algo que ver con Jesús de Nazaret. A esa gente no le gusta la Iglesia tal y como es, pero esa gente no rechaza a Jesús.

También Loisy aceptaba a Jesús, a su manera, claro, y rechazaba a la Iglesia. Pero este rechazo nacía de una especie de enmienda a la totalidad, porque para él la Iglesia no tuvo nada que ver desde el principio con Jesús de Nazaret, y no tiene nada que ver porque Jesús, cito la tesis de Loisy, no quiso fundar una Iglesia.

A esta tesis académica, propugnada por bastantes personas, se opone evidentemente el artículo del Credo, que presenta la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica como contenido esencial de la fe cristiana común, y que lo hace desde el convencimiento de que la existencia de la Iglesia responde a la voluntad explícita de Jesús, que reunió en torno a Sí a un grupo de discípulos, eligió a doce, para que estuvieran con Él, para enviarlos a predicar, y estableció como primero de este grupo a Simón, a quien dio el sobrenombre de Cefas, Petros, significando así el papel singular que le encomendaba en relación con la entera comunidad de los discípulos".

Me he permitido la licencia de autocitar este párrafo, por otro lado nada extraordinario, no porque crea que pueda haber entre los presentes alguien que defienda las tesis de Loisy, o adopte la postura más frecuente de aceptación de Jesús y de rechazo de la Iglesia; lejos de mí semejante pensamiento; si me he autocitado es porque estoy convencido de que ciertamente no entre los presentes, pero desgraciadamente sí entre personas que son católicas, y hasta forman parte de grupos eclesiales de proclamadas raíces evangélicas, e incluso entre pastores, no faltan quienes se expresan de forma abierta contra la Iglesia, tal y como existe, y llegan a hacerlo incluso contra el sucesor de Pedro en la sede romana.

Y saben muy bien que al decir esto no estoy exagerando. Les voy a leer la última denuncia de herejía contra el Papa Francisco, salía hace cinco días en un periódico. Basta acercarse a las redes, hacerse presente en alguna reunión de laicos o de sacerdotes para comprobar que el espíritu crítico que caracteriza nuestra sociedad occidental se ha introducido de tal modo en nuestra Iglesia Católica, que no respeta siquiera uno de los elementos típicos que tiene el catolicismo de entender aquel 'Creo en la Iglesia, Una, Santa, Católica y Apostólica' al que me he referido antes. Y ese elemento es, cito palabras del Catecismo de la Iglesia Católica, y que recogen Lumen Gentium 23 y 25: "El Papa, obispo de Roma y sucesor de san Pedro es el fundamento y perpetuo visible de unidad tanto de los obispos como de la muchedumbre de los fieles lo cual significa que el Pontífice Romano tiene en la Iglesia la potestad plena, suprema y universal que puede ejercer siempre con entera libertad".

Sabemos lo que esto significa en relación con los temas de fe y costumbres, tanto en el caso del magisterio extraordinario como en el del ordinario. Me conformo con leer lo que afirma el número 2034 del ya citado CEC: "El Romano Pontífice y los obispos, como maestros auténticos, por estar dotados de la autoridad de Cristo, predican al pueblo que tienen confiado la fe que hay que creer y que hay que llevar a la práctica. El magisterio ordinario y universal del Papa y de los obispos en comunión con él, enseña a los fieles la verdad que han de creer, la caridad que han de practicar, la bienaventuranza que han de esperar".

A ese magisterio del Papa y de los obispos, otra vez el Concilio Vaticano II, los fieles deben adherirse con un espíritu de obediencia religiosa, que aunque distinto del asentimiento de fe, es una prolongación del mismo.

Esto es lo que explicita el artículo del Credo, en el mundo católico, quiero decir, aquello de 'Creo en la Iglesia, Una, Santa, Católica y Apostólica', y a pesar de ello, en los últimos años, también en décadas precedentes, han aumentado las voces de quienes no sólo no se adhieren al magisterio ordinario del Papa, sino que llegan a oponerse abiertamente a él, y en casos extremos, sin duda, pero desgraciadamente no raros, sitúan sus enseñanzas en el campo de la heterodoxia. Puede ser una anécdota, una salida de tono, pero bastantes de nosotros nos hemos encontrado con algún sacerdote que, en la calle, nos daba su último escrito demostrando la necesidad de intervenir frente a la situación.

En este contexto se enmarcan las conferencias que van a impartirse estos días, y más en concreto la que un servidor está impartiendo sobre el tema: 'La figura de Pedro en el Nuevo Testamento'. Mi intención no es lógicamente proponer en ella ninguna novedad, ni convenceros de nada de lo que no estéis convencidos y que estéis viviendo profundamente. Pretendo más bien, y simplemente, traer a la mente lo que sabemos y creemos. Pretendo recordarlo en este hoy eclesial de confusiones que algunos quieren extender al terreno de algo tan característico de lo que hoy los sociólogos llaman "un signo identitario" de nuestra condición católica: la adhesión, el respeto, el cariño, y la defensa del obispo de Roma, sucesor de Pedro y Pastor de la Iglesia universal.

Y lo pretendo hacer en dos momentos: en el primero voy a repasar, brevemente como es lógico, los textos del Nuevo Testamento relativos a la figura de Pedro y a su papel en relación con el resto de los seguidores de Jesús, antes y después de Pascua, y en el segundo momento abordaré algunos textos que, según ciertos autores mostrarían la posición contraria que habrían adoptado miembros de la primera generación cristiana, especialmente significativos, frente al papel de Cefas, Petros.

A los textos de referencia relativos al testimonio del Nuevo Testamento sobre la figura de Pedro y su papel, pertenecen los relatos sinópticos sobre la llamada de los primeros seguidores de Jesús. En esos relatos Marcos y Mateo cuentan que, pasando junto al Lago, Jesús llamó antes que nada a Simón, y que este, y su hermano Andrés, a quien el Señor llamó también inmediatamente después, dejando la redes siguieron a Jesús. Lo mismo se cuenta de Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, que, llamados igualmente por el Maestro de Nazaret, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, y se marcharon con Él.

San Lucas, como sabemos muy bien, enmarca la llamada de los primeros discípulos en un momento diferente, pero coincide los otros dos sinópticos en lo que se refiere, tanto a los hijos de Zebedeo como sobre todo a Simón. Estos tres, después de una pesca abundantísima realizada tras una noche de esfuerzos inútiles, y haber echado de nuevo las redes fiados en la palabra de Jesús: 'Por tu palabra echaré las redes', dejándolo todo siguieron a Jesús.

En lo que respecta a Simón, su papel singular en el relato lo revelan una serie de detalles comenzando por el hecho de que el nombre se repite diez veces, en cinco o seis líneas, dependiendo de la edición de la Biblia. Además lo demuestra el hecho de que Jesús subiera a la barca de su propiedad, que le pidiera a él que remara mar adentro para que todos echaran las redes, que fuera él quien diera cuenta a Jesús del esfuerzo realizado durante la noche anterior y el fracaso total de dicho esfuerzo, y sobre todo que fuera Pedro quien manifestara a pesar de ello su confianza en la palabra de Jesús, echara las redes, y después de la pesca milagrosa expresara su reconocimiento, arrodillándose delante del Maestro a quien en este momento llama Señor, se confesara como pecador y escuchara como Jesús le dijera las siguientes palabras: 'No temas, desde ahora serás pescador de hombres', palabras a las que sin embargo sigue la referida indicación de que todos, suponemos que Simón, Santiago y Juan, y los demás, sacaron las barcas a tierra y dejándolo todo le siguieron.

Todos los sinópticos narran igualmente, no por casualidad, que una vez comenzada la vida pública y realizado el primer milagro en la sinagoga de Cafarnaún, el exorcismo de un poseído por un espíritu inmundo, Jesús fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés, y en esa casa curó a la suegra de Simón. En este contexto, tanto Mateo como Lucas, resaltan la figura de Simón refiriéndose sólo a él, y en el caso de Mateo, llamándolo ya desde ahora Pedro, un nombre que había introducido en la escena de la llamada de los primeros discípulos.

Pedro fue el que presidió el grupo de los que se dirigieron al lugar solitario adonde se había retirado Jesús para orar y le transmitieron cómo todo el mundo lo buscaba. La referencia a Simón, con la referencia de que Jesús le puso el nombre de Pedro, abre por otra parte la lista de los Doce llamados singularmente por el Maestro para que estuvieran con Él. Precisamente a partir de este momento el evangelista san Marcos usará exclusivamente el nombre de Pedro cuando cuente algo sobre este discípulo, y reservará el nombre de Simón para las veces en que transmita palabras de Jesús. Es decir, el evangelista que narra los hechos a partir del envío de los Doce llama a Simón, Pedro, pero Jesús lo llama Simón, porque Pedro es un discípulo, como los demás discípulos, pero es para la comunidad aquél a quien el Señor le encomendó un papel especial.

Este último uso de la llamada de referirse al discípulo como Jesús, puesta en los labios de Jesús, se descubre también en los demás Evangelios, que cada cual con los acentos que le son propios resaltan de este modo que la vinculación de Simón a Jesús es la misma que la de los otros discípulos; es decir, también Simón es discípulo. Por eso no se ocultan sus excesos ni se oculta la negación ante la inminencia de la muerte del Nazareno.

Simón es discípulo, pero un discípulo que tiene un papel singular durante la vida terrena de Jesús y después de Pascua. Un papel que los evangelistas resaltan hablando de él en el relato como Pedro o como Simón Pedro. Al grupo de textos en los que se usa este nombre, que he señalado más arriba, pertenecen los que narran acciones o actitudes particulares de Pedro en las que se resalta bien su espontaneidad, su adhesión incondicional al Maestro: "Aunque todos te abandonen yo no", o en el extremo opuesto la vulnerabilidad de Pedro, en cuanto discípulo, mostrada sobre todo en las negaciones antes de la Pasión, pero ya anteriormente en las dudas que siguieron a la espontaneidad con la que había pedido a Jesús que lo mandara dirigirse hacia Él andando sobre las aguas.

De este mismo conjunto de textos cabe resaltar tres en los que el nombre de Pedro encabeza la lista de un grupo menor de discípulos que acompañan a Jesús en otros tantos momentos: la curación de la hija de Jairo en la versión lucana, la Transfiguración en la versión de los tres sinópticos, y la oración en el huerto en los mismos relatos evangélicos. En cada uno de los tres casos se manifiestan aspectos singulares de la tradición sobre Jesús que cura, no sólo cura enfermos, sino que además resucita muertos, la hija de Jairo; allí están los tres, con Pedro a la cabeza.

Es señalado como Hijo de Dios por parte de Dios mismo: "Este es mi Hijo, el amado, escuchadlo". Allí están los tres, con Pedro a la cabeza. Y se presenta como Hijo, que se dirige a Dios con el apelativo Padre, con lo que ello comporta: cercanía singular y sumisión a la voluntad del Padre. Allí están los tres, seguramente durmiendo, porque los encontró dormidos, pero allí están los tres, con Pedro a la cabeza.

En el conjunto de la tradición evangélica, tiene también una importancia singular el discurso escatológico que según san Marcos Jesús pronunció respondiendo a una pregunta que le habían dirigido en privado cuatro: Pedro, Santiago, Juan y Andrés. Es decir, los cuatro primeros llamados por Jesús.

Dentro de los textos en los que los evangelistas utilizan el nombre de Pedro tienen importancia singular también los pasajes en los que, respondiendo al encabezamiento del grupo de los Doce o del más restringido de tres, Pedro aparece como portavoz de aquellos grupos. Además de la pregunta que según Mateo dirige Pedro a Jesús después de una serie de afirmaciones del Maestro sobre los escribas y fariseos, interesan de manera particular el episodio de la confesión de fe en Cesarea de Filipo, que transmiten los tres sinópticos, y el que sigue al discurso del pan de vida en el cuarto Evangelio que se puede considerar de algún modo como paralelo a aquél.

En los cuatro evangelios es precisamente Pedro quien responde a la pregunta que dirige Jesús a todo el grupo, como si en virtud de una conciencia de singularidad hablara en nombre de todos. El valor de esta respuesta que es personal y representativa del grupo la acentúa san Mateo con la respuesta que da el Maestro a la confesión de Pedro: "Bienaventurado eres tú, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el Cielo". Como es sabido, es en este contexto, inmediatamente después de las palabras que acabo de citar, donde el primer evangelista explicita el papel singular de Pedro en el conjunto de los discípulos, que según queda indicado, él y los otros sinópticos habían apuntado tanto en la prioridad de la llamada y respuesta de Simón al seguimiento, como en el hecho de que encabece la lista de los Doce con el nombre del antiguo pescador del Lago de Tiberíades, y en esta lista con la indicación de que Jesús puso a Simón el nombre de Pedro. Dicho papel se expresa en ese nombre, que en ese momento se dice que Jesús le cambió a Pedro: "Tu eres Simón, hijo de Juan, tú te llamarás Pedro". Se expresa además en la imagen de las llaves: "Te daré las llaves del Reino de los Cielos" y en la expresión: "Atar y desatar".

Cada uno de esos elementos, particularmente considerados, y el conjunto de los tres, que crean una especie de redundancia simbólica, porque son tres símbolos: el nombre "piedra", "las llaves", "atar y desatar", señalan con claridad que Jesús otorgó a Pedro un papel singular entre sus discípulos durante su vida terrena, pero también mirando al futuro, es decir, mirando a la comunidad reconstituida, restablecida, después de Pascua.

Que la comunidad de los discípulos de Jesús reconoció ese papel después de la Pasión y la Resurrección del Señor lo descubren con toda claridad tanto las cartas apostólicas, especialmente las cartas atribuidas a Pablo, como el libro de los Hechos de los Apóstoles y el Cuarto Evangelio. Comenzamos por este último "conjunto evangélico".

Hay una tradición común, según la cual, después de la Resurrección Pedro quedó rehabilitado en su función de discípulo y en su función singular dentro del grupo. San Lucas retrotrae esa rehabilitación al momento mismo de la Pasión, y la concentra en la mirada que Jesús dirige al discípulo y en el llanto amargo del discípulo cuando se siente traspasado por la mirada del Maestro, pero los demás, lo sabemos muy bien, lo retrasan a después de la Pascua, y ponen en labios del Ángel las palabras: "Id a decir a mis discípulos y a Pedro", o bien señalan que Jesús se apareció singularmente a Pedro: "Es verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón". San Juan asume esta tradición, pero en ella, y en otras, introduce junto a Simón Pedro la figura del discípulo a quien Jesús amaba.

Además de esto, cuenta la pesca milagrosa, precisamente después de Pascua, cuyo primer movimiento lo impulsó la intención de salir a pescar que Simón Pedro manifestó a Tomás, apodado el mellizo, Natanael el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros discípulos suyos, seguramente miembros singulares, o referencias singulares de la comunidad que se conoce como del discípulo amado.

Por otra parte, después de la pesca milagrosa, conocemos muy bien el relato: Pedro se ató la túnica y se echó al agua cuando escucha que el discípulo amado le indica que quien estaba en la orilla era el Señor. Pues bien, después de la pesca milagrosa, san Juan narra el conocidísimo diálogo de Jesús con Pedro en el que el discípulo renueva su amor hacia el Maestro respondiendo por tres veces, decididamente y positivamente, a las tres preguntas que le dirigió Jesús sobre si lo quería, mientras que el Señor encomendó a Pedro, tras cada una de aquellas respuestas, pastorear, apacentar, a las ovejas y a los corderos del rebaño de Jesús. La escena puede considerarse un eco joánico de la del "atar y desatar", que según sabemos y he indicado, transmite san Mateo, y tiene alguna relación con las palabras que Jesús dirige a Pedro en el marco del anuncio de las negaciones según el evangelista san Lucas: "Tú, cuando te hayas convertido, confirma a tus hermanos".

Parece evidente que la comunidad reconoció después de Pascua que a Pedro le había sido encomendado un papel no sólo durante la vida terrena de Jesús, sino en relación con la Iglesia de Jesús después de Pascua. Este testimonio de Juan lo confirma también el libro de los Hechos de los Apóstoles que presenta Pedro encabezando el testimonio que dan porque se ha cumplido la palabra de Jesús y ha venido el Espíritu Santo, y además asumiendo la dirección de algunas acciones en el seno de la comunidad primitiva.

También san Pablo, sobre todo en 1 Cor 15, 5, cuando recuerda el Evangelio predicado a los Corintios, transmitido y recibido, dice que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras, que fue sepultado, que resucitó al tercer día, y que se apareció a Cefas y luego a los Doce. También Pedro, en esa tradición, como signo de su papel singular, es citado el primero, y es citado con el nombre hebreo, que según el Evangelio de san Juan, le puso Jesús al comienzo del ministerio.

En los tres conjuntos, en que se afirma clarísimamente el papel singular de Pedro en la comunidad de los discípulos después de Pascua, y a los que acabo de referirme, se descubren igualmente algunos datos que parecerían cuestionar ese papel.

Vamos a decir una palabra antes que nada sobre las cartas de Pablo y en particular sobre el denominado "incidente de Antioquía", que nos narra el apóstol en Gal. 2, 11-14. El Apóstol nos cuenta que en Antioquía se opuso abiertamente a Cefas, y dice: "Porque era digno de reprensión", y por qué, porque ni él ni Bernabé ni el resto de judeocristianos llegados a Antioquía desde Jerusalén, desde Santiago, dice san Pablo, de una manera muy poco clara, en relación con lo que quiere decir con la referencia a Santiago, esos tales no caminaban rectamente, según la verdad del Evangelio. Por esta razón se dirige abiertamente a Cefas, y concretando su postura de oposición y de reprensión, le dice: "Si tú, siendo judío, vives como un gentil, cómo es que obligas a los gentiles a judaizar".

Este texto ha sido, desde los comienzos, una patata caliente en las manos de los que han intentado comprender la escena, y en relación con esta escena, el ministerio singular de Pedro en el conjunto de la Iglesia y en relación con los otros, digamos apóstoles, incluyendo también a Pablo. Yo ayer, completando la preparación de la conferencia, me adentré en algunos libros recientes y en otros más antiguos, y veía cómo algunos salían acusando a Pedro, otros salían acusando a Pablo, no digamos Lutero, y el salto que daba Lutero, desde Pedro a León X, pero también santo Tomás, y san Agustín, se las veían y se las deseaban para explicar este texto justificando a Pablo y salvando en lo posible a Pedro.

Ahí está ese texto como llamada a que también el magisterio supremo de la Iglesia, cito, adaptándolo, el Concilio Vaticano II, Dei Verbum, está sometido a la Palabra de Dios. Pablo habla de la verdad del Evangelio.

Por lo que respecta al libro de los Hechos de los Apóstoles, cabe resaltar la posición de aparente primacía, que parece haber tenido en la Iglesia de Jerusalén, Santiago, el hermano del Señor. Limitándonos a un dato, él es el último que intervino en la asamblea tenida con motivo del problema suscitado por la circuncisión de los gentiles que querían imponer los judeocristianos. Se tiene la impresión, corroborada por algunas afirmaciones del propio Pablo también, en la carta a los Gálatas, de que este Santiago, ¿era Santiago el Menor?, desde luego el Mayor no, ¿o era otro Santiago?

Se tiene la impresión de que este Santiago tuvo un papel sobresaliente en la dirección de la comunidad jerosolimitana. Cabe añadir sin embargo que los datos muestran que ese papel se limitó a la comunidad de Jerusalén, y no supuso en modo alguno la negación del papel singular de Cefas, Pedro. Esta explicación podría darse también al hecho de que Pablo, cuando se refiere a los notables, a las columnas de Jerusalén, hable primero de Santiago, y después de Pedro, de Cefas, y de Juan. Pablo cita a Santiago en primer lugar, precisamente por el acento que pone, en Jerusalén. Que ello no significa que Santiago tuviera un papel superior al de Cefas lo demostraría el hecho de que, inmediatamente antes, el apóstol había afirmado, en el que según Pablo fue su primer viaje a la Ciudad Santa, fue a ver, a conocer, a dialogar con Cefas, y que permaneció con él quince días.

Una última palabra sobre la relación entre Simón Pedro y el discípulo a quien amaba Jesús, en el cuarto Evangelio: algunos autores consideran que ambas figuras están equiparadas en el Cuarto Evangelio, que tienen la misma autoridad, la misma potestad, para entendernos. Otros pretender descubrir, tanto en esos textos como en la mención de Andrés, como primero de los llamados por Jesús al seguimiento (Jn 1) una oposición del cuarto evangelista al papel singular de Pedro entre los discípulos, durante la vida terrena de Jesús, y después de Pascua. Pero a estas interpretaciones cabe oponer, en mi opinión, que en este último pasaje, la llamada de los primeros discípulos, Jesús anuncia aquel papel después de que Andrés llevara a Pedro ante Jesús, es decir, en el comienzo mismo del Cuarto Evangelio; y como eco y desvelamiento de lo que significaba el cambio de nombre, el cuarto Evangelista, en una preciosa inclusión petrina, introduce el pasaje sobre el pastoreo y apacentamiento del rebaño de Cristo por parte de Simón Pedro precisamente en medio de los pasajes que presentan a Pedro junto al discípulo a quien amaba Jesús. Precisamente en medio. La intención del cuarto evangelista es, con toda probabilidad, reafirmar el papel de Pedro, reconociendo sin embargo al propio tiempo, el carisma especial del otro discípulo presentado como paradigma del amor en el que se traduce la fe, y de la fe como expresión acabada del amor.

No todo en la Iglesia es ministerio, no todo en la Iglesia es carisma. Ambas realidades deben coexistir en la comunidad eclesial como expresiones adecuadas y diversas, diferentes, de la acción del Espíritu, que sopla donde quiere, y del seguimiento de Jesús, y sometimiento a su palabra, al que estamos llamados todos los creyentes.

Termino aquí esta exposición, que ha pretendido ser una invitación a recordar y a vivir en el hoy eclesial ese signo identitario de nuestro ser católicos, constituido por la adhesión, el respeto, el cariño, la obediencia, y cuando sea necesario incluso la defensa del ministerio y la persona del obispo de Roma, sucesor de Pedro, pastor de la Iglesia universal; hoy, el Papa Francisco. Muchas gracias.

Juan Miguel Díaz-Rodelas
Catedrático de Sagrada Escritura de la Facultad de Teología san Vicente Ferrer de Valencia. Miembro de la Comisión Bíblica Internacional