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He visto estos días una película que me ha dejado admirado, por el tema y por el tratamiento del mismo. Se titula Lars y una chica de verdad. El director australiano Craig Gillespie lleva a la pantalla magistralmente una historia de la guionista de televisión Nancy Oliver, que le mereció la nominación al Oscar al mejor guión original.
El tema es la amistad y su influencia en nuestra propia salud psíquica y espiritual. El argumento
, bastante sencillo, nos cuenta en proceso de sanación mental del protagonista, el joven adulto Lars, aquejado de una timidez extrema, que le lleva a vivir una vida bastante solitaria, con escaso trato con familia y compañeros de trabajos. Amigos no tenía ninguno.
Esta situación de soledad buscada en su refugio del taller de su hermano y cuñada que vivían cerca, le provoca un grave delirio, hasta el punto de comprar una linda muñeca de tamaño natural, a la que llega a profesar un amor limpio y puro, totalmente platónico.
Para él esta especie de maniquí gracioso llega a ser la compañía que estaba buscando. Con ella, montada en una silla de ruedas, sale a todas partes, y la trata como a un ser vivo. Todo ello provoca los disgustos familiares correspondientes, las incomprensiones y las mofas de los que lo contemplan. Lo consideran sin más como un loco.
Es decisiva la intervención de la doctora Dagmar, magistralmente interpretada por Patricia Clarkson, que desde un principio capta el problema y trata de darle solución. Lars es un desequilibrado psicoemocional al que hay que tomarse en serio, y llevarle la corriente, buscando su sanación.
Todos comienzan a convivir con Lars y su atractiva chica, y él se siente cómodo y sociable. El papel del sacerdote del pueblo es igualmente clave. En una homilía, en donde está presente la pareja, llega a decir: Hay miles de libros con cientos de leyes, pero para nosotros sólo hay una ley: el amor.
La doctora se toma en serio el delirio real de Lars, y hace que la misma familia cambie su actitud ante el problema, y este entre en vías de solución. Todos los personajes, guiados por una gran bondad colaboran en la sanación de Lars, que encontrará la verdadera amistas, la chica de verdad.
Esta película me ha llevado a reflexionas sobre la situación de tantos jóvenes, y también adultos, que no saben, o no le es fácil, abrirse a los otros, y conviven con una soledad que puede ser angustiosa.
Nuestra sociedad posmoderna es ruidosa, es masiva, es gregaria, pero no suele dejar espacio a la verdadera amistad. Nuestros ambientes están repletos de individuos solitarios que no encuentran una sonrisa limpia que le abra el corazón sin ningún otro interés que hacerle feliz. Hoy se compra todo, hay miedo a la soledad, pero no se pueden comprar amigos en el mercado del mundo, como diría el Principito de Exupéry.
Una verdadera labor humanitaria, y más aún apostólica, pasa por abrirnos a la amistad y estrechar lazos entre nosotros. Eso es precisamente lo que están demandando nuestros jóvenes, y también los adultos. No podemos ir por el mundo como ausentes, como sonámbulos inconscientes del momento que viven.
Alguien decía que el hombre no tiene muchas necesidades, pero tiene mucha necesidad. El hombre necesita mucho, no muchas cosas. Necesita de hombres, no de cosas. Necesita de amigos, de presencias, de sonrisas, de cariño, de esperanza.
Precisa de encuentros, de sentimientos, de ideales. Necesita de humanidad. Y yo añado: El hombre necesita de Dios. No por casualidad Jesucristo nos dijo que éramos sus amigos si hacíamos como El nos manda, y lo que nos manda es que nos amemos unos a otros como El nos ama.
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