Traducimos la transcripción del diálogo del Santo Padre con los seminaristas lombardos del sábado 13 de octubre, que se ha publicado hoy, martes 16

Se ha dado a conocer hoy el texto del encuentro del sábado pasado en la Sala Clementina en el que el Santo Padre respondió a las preguntas de varios seminaristas lombardos acompañados por sus obispos y educadores. Un encuentro espontáneo en el que el Pontífice señaló el secreto para ser sacerdotes del pueblo.

Santo Padre: Yo las preguntas las tengo, porque me las han enviado; pero decidlas vosotros: yo tomo nota de las cosas que se me ocurran, porque quiero ser espontáneo en la respuesta.

Santo Padre, soy Daniele, de la diócesis de Mantua, y estoy en el año propedéutico. Al inicio de este camino como seminarista la emoción que prevalece en nosotros es la alegría; pero a veces, tras ese entusiasmo, se esconde el germen de la duda y del cansancio de seguir a Jesús como sacerdote en la sociedad contemporánea. Según su experiencia, ¿de qué modo los seminaristas en camino podemos estar ante la cruz de la duda?

La cruz de la duda es una cruz, pero fecunda. Yo no confío en las personas que no dudan nunca. La duda nos pone en crisis; la duda nos hace preguntarnos: “¿Pero esto va bien o no va bien?”. La duda es una riqueza. Estoy hablando de la duda normal, no de esas personas dudosas que se vuelven escrupulosas. No, eso no va. Pero la duda normal de la personalidad es una riqueza, porque me pone en crisis y me hace preguntarme: ¿este pensamiento viene de Dios o no viene de Dios? ¿Esta cosa es positiva o no es positiva? Tú has dicho “la cruz de la duda”, y yo te estoy respondiendo respecto a la duda interior, a la duda que tú tienes en tu orientación espiritual. Quizá estás hablando también de la duda cultural. Pero hoy la duda cultural no es tanta; quizá son más las afirmaciones culturales contrarias, cada uno tiene la suya, y creo que a la humanidad le falta un poco la capacidad de dudar bien. Las grandes cuestiones…: piensa en la duda sobre la guerra, sobre las migraciones… Son dudas para tomarlas en serio, porque si no, en estos ámbitos, el problema se resuelve no con una búsqueda interior, sino según los intereses de cada nación, de cada sociedad, de cada pueblo. Entonces la falta de estas dudas es mala, porque hace estar siempre seguros, sin plantearse el problema... Es una cruz, la duda, pero es una cruz que te acerca a Jesús y te pone en crisis. Y como has dicho tú −aquí está escrito−: “¿qué acciones concretas podemos poner en práctica cada día para que nuestra vida ordinaria nutra este camino de confianza?”. La acción concreta es el diálogo con la persona que te acompaña, el diálogo con el superior, el diálogo con los compañeros. Pero el diálogo abierto, el diálogo sincero, cosas concretas. Y sobre todo el diálogo con el Señor: “Señor, ¿qué quieres decirme con esto que me haces sentir, con esta desolación, con esta duda?”. Tomad la duda como una invitación a buscar la verdad, a buscar el encuentro con Jesucristo: esa es la verdadera duda. ¿Te parece bien?

Santidad, soy Andrea, de la diócesis de Brescia, y estoy en primero de teología. “Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándoles en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado”. Santidad, meditando en sus palabras con las que invita a la Iglesia a estar en salida, llamada a realizar una nueva misión evangelizadora, nos hemos preguntado sobre algunas dificultades para ponerlas en práctica. Ante un mundo cada vez más secularizado, en el que Jesús es olvidado y cuesta trasmitir y comprender la verdad, ante la debilidad de la comunión y del sentido de pertenencia y de identidad en las comunidades cristianas, y ante una escasa participación activa en la liturgia, le pedimos con qué medios concretos es posible realizar esa salida a la que Usted llama, y sobre todo cómo poder educar en el amor a la Iglesia y por la Iglesia misma.

Iglesia en salida, como Jesús quiso: “Id, predicad el Evangelio, id…”. No “Iglesia de paseo”. Quizá a veces en algún plan pastoral creamos confusión sobre qué es ir en salida, al encuentro de las personas, y qué es dar un buen paseo y luego quedarme donde estoy. Esto es importante: la salida no es una aventura, es un mandato del Señor, es una vocación, es un compromiso. Tú hablas de “este mundo cada vez más secularizado”. Pero yo te digo: ¿qué mundo era más secularizado, el nuestro o el de Jesús? ¿Qué mundo era más corrupto, el nuestro o el de Jesús? Lo mismo, ambos. Sí, este está secularizado con medios nuevos, modernos; pero el otro estaba secularizado con los medios de la época. Pero la corrupción era la misma. Piensa en la corrupción de los habitantes de Atenas, cuando Pablo comenzó a hablar, aquel discurso tan bien hecho, que citaba incluso a sus poetas, y al final, cuando llegó a un punto un poco difícil [el de la resurrección de Cristo], los atenienses le dijeron: “Sí, sí, venga ya…, mañana te oiremos”. Pasa hoy también. Si vas a hablar de Jesús, en muchos sitios, en tantas ciudades no te escuchan, no te oyen. Estaba secularizado también aquel tiempo. Piensa que en aquella época se hacían hasta sacrificios humanos… ¡Y también hoy! De otro modo, con guante blanco, pero se hacen. La secularización es la misma, más o menos, la de Jesús y la de nuestro tiempo. Entonces, ¿qué debemos hacer, cosas concretas, en este mundo tan secularizado? Las mismas cosas concretas que hizo Jesús, que hicieron los Apóstoles. ¿Cómo se construye la Iglesia? Tomad el Libro de los Hechos de los Apóstoles y ahí está, lo mismo. No hay otro método. Sí, hay matices, cambios de época, pero lo esencial es lo mismo que hizo Jesús.

Y partiendo de Jesús, ¿qué podemos decir? ¿Cuál es el núcleo del mensaje de Jesús, de la actitud de Jesús ante aquel mundo secularizado? ¿Qué hacía Jesús? Cercanía. La cercanía, el encuentro. Jesús encontraba el Padre en la oración y encontraba a la gente. Encontraba también a los enemigos, y a veces les escuchaba, les explicaba, otras veces les decía cosas que parecían palabrotas. Por ejemplo, lee Mateo 23: no son cosas bonitas las que dice Jesús ahí. Porque era cercano y podía decir las cosas claras, y a algunos no les gustaban; y luego tuvo que pagar el precio de eso, en la cruz. Pues haced lo mismo que Jesús: cercanía, cercanía a Dios, cercanía a la gente, cercanía al pueblo de Dios.

Por eso, me gusta decir que debéis ser curas del pueblo de Dios, es decir, pastores del pueblo, pastor de la gente, y no “clérigos de Estado”, porque Jesús atacaba fuerte el clericalismo de su tiempo: los escribas, los fariseos, los doctores de la ley…, muy fuerte. Y yo os digo que el clericalismo es una perversión de la Iglesia. Cuando se ve a un cura joven todo centrado en sí mismo, que piensa en hacer carrera, ese está más del lado de los fariseos y saduceos que del lado de Jesús. Esa es la verdad. Tú, cuando ves un cura que reza, que está con los niños, enseña la catequesis, que celebra la Misa con su comunidad, que sabe los nombres de la gente porque se acerca, al final de la Misa va y saluda a unos y a otros: “¿Cómo estás? ¿Y la familia?”. Esa es la cercanía que tenía Jesús. Una vez oí a uno −de aquí, uno que trabaja en el Vaticano… porque hay santos aquí dentro, ¡hay santos!− que me decía que fue párroco un tiempo y conocía el nombre de todos, ¡hasta el nombre de los perros! Esa es la cercanía de un cura, un cura santo, pero con la santidad ordinaria a la que estamos llamados todos. Cercanía al pueblo y cercanía a Dios en la oración. El cura que se afana demasiado en la organización de las cosas y pierde un poco esa cercanía, se aleja del ideal sacerdotal de Jesús.

¿Y por qué la cercanía? Querría subrayar un aspecto teológico de la cercanía −esto lo he dicho otras veces, quizá lo hayáis oído−: Dios, en el Deuteronomio, dice a su pueblo: “Piensa: ¿qué pueblo tiene dioses tan cercanos como yo lo soy contigo?”. Es una decisión de Dios, la cercanía al pueblo. Y guio al pueblo como un pastor y lo hizo bien. Pero se ve que no estaba satisfecho con eso, y vino también a hacerse uno de nosotros: ¡tan cercano! Es la condescendencia de Dios que baja: lo que se llama la synkatábasis. Es la actitud fundamental de Dios que se hace hombre por nosotros, se hace cercano. La actitud del cura es esa. Me han regalado, el padre Rupnik me la regaló, una imagen de la Virgen hecha por él. La Virgen está en el centro, pero, mirando bien, no es una imagen sobre la Virgen: la Virgen está en el centro, grande, y tiene al pequeño Jesús aquí en la falda, pero de pie, un Jesús de 4 o 5 años; las manos de la Virgen están así, como en escalera, y Jesús baja, baja a nosotros... En la mano derecha tiene la plenitud de la ley y con la izquierda se agarra a la Virgen, para no caer. Dios es un hombre que baja. Es la Virgen de la condescendencia: el centro es Jesús. La Virgen hace de escalera para este misterio de la cercanía. Por eso, la devoción a la Virgen ayuda a estar cerca de Jesús. Hay una oración que nos enseñaron, una jaculatoria, que hace mucho bien: “Madre, méteme con tu Hijo, hazme estar cerca de tu Hijo”. Es así, esto ayuda, porque quien está cerca de Jesús está cerca de la gente y hace lo que hizo Jesús.

Así pues, un mundo secularizado como en el tiempo de Jesús, esto está claro. La actitud más concreta de Jesús es el encuentro: encontrar a la gente, la cercanía. Cercanía pastoral. Y también entre vosotros, cercanía presbiteral... Si hay tiempo −no recuerdo si hay alguna pregunta al respecto−, sobre el colegio presbiteral... Si no hay, recordádmelo.

Santo Padre, soy Giovanni, vengo de la diócesis de Bérgamo y estudio cuarto de teología. Santidad, algunos de nosotros seminaristas se están preparando para recibir el ministerio de lectores y acercándose a la Exhortación apostólica post-sinodal Verbum Domini del Santo Padre Benedicto XVI, en particular nos ha llamado la atención el número 82: «El Sínodo ha recomendado que se ayude concretamente a los seminaristas a ver la relación entre el estudio bíblico y el orar con la Escritura. El estudio de las Escrituras les ha de hacer más conscientes del misterio de la revelación divina, alimentando una actitud de respuesta orante a Dios que habla. Por otro lado, una auténtica vida de oración hará también crecer necesariamente en el alma del candidato el deseo de conocer cada vez más al Dios que se ha revelado en su Palabra como amor infinito». Nos gustaría saber su experiencia personal en los años de formación, sobre la relación entre estudio y oración y entre estudio y actividad pastoral. Finalmente, nos gustaría saber qué texto de la Escritura, descubierto y gustado mayormente gracias a los estudios, le ha acompañado en la oración durante los años de formación y le acompaña todavía.

Parto de la cita del Papa Benedicto XVI. Él toca un punto que es muy importante: la relación entre oración y Escritura. Una cosa que debemos aprender a hacer, y hacer continuamente, es la lectio divina, o sea, el encuentro con el Señor a través de su Palabra: la lectio divina. Ir siempre a la Escritura. La Palabra de Dios que nos enseña a dialogar con la Escritura: eso es la lectio divina. Estar ante el Señor, en su presencia, con la Biblia, y escuchar. Eso se puede hacer también con pequeños párrafos: yo recomiendo a la gente que lleve el Evangelio en el bolsillo −un Evangelio de bolsillo− o en el bolso, y leerlo cuando tienen tiempo, dos o tres cosas… La familiaridad con la Palabra de Dios. Hay tantos autores espirituales que nos enseñan a adelantar en la vida espiritual, y hay que leerlos, ¿no es verdad? Pero la Palabra de Dios, esta lectio divina, esta familiaridad con la Palabra de Dios −que no es una familiaridad de citas, en el versículo tal, tal…, no, esa no−, es la familiaridad del corazón, es conocer la Palabra de Dios por dentro.

A la pregunta: “Nos gustaría saber su experiencia personal en los años de formación, sobre la relación entre estudio y oración y entre estudio y actividad pastoral”, le falta un cuarto elemento: son cuatro las columnas, los pilares de la formación: estudio, oración, actividad pastoral y vida comunitaria, y por eso es importante el seminario. Una vez, un sabio obispo dijo: “El peor seminario es mejor que ningún seminario”. Porque la vida comunitaria nos ayuda: es una propedéutica hacia el colegio presbiteral. La relación entre estudio, oración, actividad pastoral y vida comunitaria: son cuatro pilares que interaccionan, y tú debes rezar con las cosas que estudias o con lo que ves en la vida pastoral, el fin de semana, o con lo que sucede en la comunidad. La oración debe dirigirse a todo, está en relación con todo. Los cuatro aspectos son interactivos, no son piezas separadas: es una unidad, la de los cuatro pilares de la formación. Y cuando vas al padre espiritual, a tu acompañante o a tu rector o al superior de la comunidad, debes hablar de los cuatro, cómo interaccionan, y buscar la relación que hay. No sé si está claro esto. ¿Está claro? Son cuatro, pero haya que hablar de la relación entre los cuatro.

Luego, esto es un poco una curiosidad −pobre Eva, ¡qué le pasó con la curiosidad!− “Finalmente, nos gustaría saber qué texto de la Escritura, descubierto y gustado mayormente gracias a los estudios, le ha acompañado en la oración durante los años de formación y le acompaña todavía”. A mí me llama mucho la atención la dimensión de la memoria, la dimensión “deuteronómica”, y por eso un texto de la Biblia que me ha acompañado −y siempre vuelvo a él− es Deuteronomio 26: “Acuérdate, no te olvides: cuando llegues a aquella tierra que no has conquistado, cuando tengas la panza llena de las cosas que no has sembrado, cuando vivas en casas que no has construido, acuérdate: acuérdate de que fuiste esclavo en Egipto” (cfr. vv. 1-9). La memoria: siempre mirar atrás, de dónde vengo, de dónde el Señor me ha salvado. Esta dimensión deuteronómica me hace bien. “Ah, yo soy un gran cura, mira, me han nombrado rector de aquel santuario, hago esto y aquello…”. Acuérdate de dónde te han cogido. “Yo no soy profeta ni hijo de profeta, pero tú me tomaste de detrás del rebaño…” (cfr. Am 7,14-15). Esto me remueve mucho: volver, acuérdate, no te hinches de vanidad, de soberbia, de autosuficiencia… Todo es don, todo es gracia, todo se te ha regalado. Ese es un texto con el que yo rezo hoy mucho, me hace bien.

Y otro texto que considero como la historia de mi vida es Ezequiel 16. Del Nuevo Testamento, me detengo −será porque me gustan las fiestas− en las bodas de Caná: cómo la Virgen actúa en aquel momento, discretamente, cómo se da cuenta, qué hace…; y el mandato de la Virgen −es el único que nos da la Virgen−: “Haced lo que Él os diga” (Jn 2,5). A mí me gusta, y me remueve. Son los tres textos que, quiero decirlo, me remueven mucho. Pero sobre todo el primero, por favor: tened esa dimensión deuteronómica de la vida que os ayudará tanto −con la memoria− a no creeros más de lo que sois.

Santo Padre, buenos días, soy Piergiorgio de la diócesis de Crema. Soy acólito y el sábado próximo seré ordenado diácono. Algunos de nosotros recibirán en los próximos meses el ministerio del acolitado que les hará ministros extraordinarios de la Comunión eucarística. Por eso, la profundización en el Santísimo misterio de la Eucaristía acompaña y acompañará todo nuestro camino. A ese propósito, y también con ocasión del Sínodo de los jóvenes, queríamos hacerle una pregunta que nace de nuestras experiencias pastorales. Viendo a tantos jóvenes que no reconocen la Eucaristía ni siquiera como algo importante, ¿cómo podemos, al contrario, hacer percibir la centralidad culminante y fuente para la vida de cada hombre y mujer? En ese sentido, ¿querría compartir con nosotros algún recuerdo suyo de juventud respecto al trato con Jesús Eucaristía?

Ayer, en el Altar de la Cátedra, a las seis menos cuarto de la tarde, había casi mil jóvenes, y les di una meditación, y luego ellos hicieron una hora de adoración eucarística. Los jóvenes no rechazan, pero cuando llegan a entender, a sentir la necesidad… Es verdad, si coges a uno y le dices: “Ven, vamos a hacer la adoración”, se duerme… ¡Pero es bonito también dormirse ante el Señor! Santa Teresa del Niño Jesús lo hacía a menudo, y yo también, ¡es verdad! Pero hace falta una catequesis sobre qué es la Eucaristía, una catequesis de vida. Os contaré una anécdota. En una parroquia de Buenos Aires, el párroco hacía el servicio de dar la cena a los sintecho. Todo estaba muy bien organizado: cada día de la semana había un grupo distinto. Jóvenes de buena voluntad, la mayoría católicos, y también algunos que no creían en nada, pero querían hacer ese servicio, y funcionaba bien. También estaban los que cocinaban. En total, una veintena de jóvenes cada día: 150 jóvenes más o menos, contando con los que llevaban la cocina. Un día el párroco dijo: “Estos están haciendo bien este servicio. Yo debo hacer más”. ¿Qué les propuso antes de irse? Escuchar unas palabras del Evangelio en la Iglesia, no más de cinco minutos: unas palabras del Evangelio. Y ellos decían: “¡Es bonito esto! Pero es poco…”. Y el párroco dijo: “Está Jesús aquí con nosotros. Id a dar de comer a Jesús necesitado, pero también Jesús está aquí en el pan, escondido. Podemos mirarlo un poco antes de salir…”. Y, sí −para no alargarme− comenzó a hacer aquella lectura de la Biblia ante el Señor, no más de un cuarto de hora. Y esos jóvenes aprendieron qué es la Eucaristía, pero poco a poco: la catequesis sobre la Eucaristía se debe hacer poco a poco, porque es el gran misterio de la presencia del Señor con nosotros. No puedes ir con un libro y decir: “La Eucaristía es esto, es el sacrificio de la Antigua Ley que luego… etcétera, etcétera”. El joven no entenderá eso. Hazle sentir la necesidad. En este caso, el cura fue astuto. Dijo: “Estos van a Jesús necesitado. Yo les haré ver al Jesús que les da la fuerza con la Palabra, 15 minutos, no más”. Y, por otra parte, comenzó a hacer la adoración, y muchos de esos iban a la adoración.

A este propósito, quería decir algo más sobre las celebraciones litúrgicas. La celebración litúrgica es un acto de adoración, un acto de participación en la pasión, muerte y resurrección de Jesús, lo sabemos todos. Es un acto de alabanza a Dios, de alegría espiritual. ¡Pero muchas veces parece un velatorio! Y ahí debemos ayudar a los curas. Y vosotros que seréis curas, por favor, no aburráis a la gente. Había una costumbre −no sé si aún se hace−: cuando comenzaba la prédica, muchos salían a fumar un cigarrillo. La prédica aburrida. La prédica es la homilía: debe tocar el corazón. Al contrario, si es aburrida no se entiende. Vosotros, cuando seáis curas, leed lo que está escrito en Evangelii gaudium sobre la homilía. Es largo, pero quise hacerlo así. Tocar. Un sacerdote que nos enseñó homilética, nos decía: “Una idea, una imagen, un sentimiento”. Y ese se puede hacer en cinco minutos. Pensad que psicológicamente la gente no puede mantener la atención más de ocho minutos. Una homilía de ocho minutos, y bien preparada: con una idea clara, un sentimiento claro y una imagen clara.

El amor a la Eucaristía se debe hacer con una catequesis y mediante la Misa: que vean cómo se celebra la Misa. Que entiendan esto. La adoración es más fácil para la catequesis a los jóvenes que la Santa Misa, porque les puedes explicar: serán veinte minutos de adoración, y el sacerdote cada seis o siete minutos dice una palabra, y eso ayuda. Introducir la adoración. Pero la celebración eucarística es importante: es importante hacerla bien, que sea culto de adoración, de alegría, de comunión entre nosotros, comunión con Cristo. Nosotros, en esto, estamos en crisis: no hemos resuelto el problema de la celebración eucarística. Hablo en general. Hay ejemplos muy válidos, pero en general debemos recomenzar. Y esto es un problema mundial. Algunos creen que no hay que hacer bien las rúbricas: ¡no va! Debemos hacer fiesta y hacer ruido: ¡no va! Hacen falta buenas rúbricas, hace falta fiesta, hace falta música, hace falta oración, hace falta silencio. Pero celebrar la Eucaristía no es fácil, y esto es una tarea para vosotros como futuros sacerdotes. Además, tantas veces la Eucaristía −esto es feo, pero debo decirlo− se celebra demasiado “socialmente”, y no comunitariamente. ¿Hay una Misa por un familiar difunto? Aprovecha ese “uso social” para evangelizar, para decir unas palabras, para celebrar con belleza. Decía un obispo, aquí en Italia, que algunos de sus curas, cuando les piden que vayan a decir una Misa por un aniversario a un pueblo, si no llega antes el estipendio no van. Esto no me lo invento: ese obispo me lo contó. ¡Es instrumentalizar la Eucaristía! Esto lo subrayo porque es el centro de nuestra vida. Pero hoy la celebración eucarística está en crisis. Se han dado pasos buenos, pero debemos cuidarla siempre. No puedes ir a celebrar la Eucaristía de prisa, “tocata y fuga”. No. Tu corazón debe estar ahí, en la Eucaristía. Y eso contagia. Cuántas veces la gente dice: “¡Qué bien celebra ese sacerdote!”, y se refiere a la unción, la verdadera unción. Pensad en esto. Recuerdo de chico, de niño, la Eucaristía y la monja que me preparó, que era muy buena y nos hacía cantar, nos enseñaba la Misa con un canto que quizá se cante todavía: “Oh Santo altar custodiado por los ángeles”. Nos enseñaba el canto y luego nos explicaba una cosa y otra…, y nosotros estábamos curiosos… Y así me enseñó la Misa, preparándome para la Primera Comunión.

No sé, en esto me he alargado un poco, pero me preocupa: la celebración eucarística que sea digna, piadosa, que involucre también el afecto de la gente. Y también en la homilía. Luego, de joven, después de mi conversión, a los 17 o 18 años, iba una o dos veces al mes a hacer la adoración perpetua a los Sacramentinos, por la noche. Era el tiempo en que no había Misa vespertina, y los Sacramentinos en Buenos Aires tienen la iglesia en un barrio céntrico, incluso elegante. Recuerdo −eran las cinco y media de la mañana− que había Misa después de la adoración, y allí venía la gente a Misa directamente de las fiestas, ¡para dormir todo el domingo! Esto −me acuerdo− no me gustaba porque decía: “Pero estos vienen a Misa solo para cumplir el precepto”. Y el lujo de esas mujeres no me gustaba nada. Pero aquellas noches de adoración… Era una hora, luego cuarenta minutos de descanso, luego otra hora. Me hizo bien, en aquel tiempo, prepararme para la decisión definitiva. Sí… No sé si he respondido a la pregunta sobre la Eucaristía.

Santo Padre, soy Marco, de la diócesis de Milán, seminarista de quinto de teología. Santidad, el quinto año de teología es un año decisivo en orden al camino de discernimiento vocacional, en vista de las órdenes sagradas. Le preguntamos: ¿cómo vivió la parte del discernimiento espiritual en su vida? ¿Cómo comprendió la llamada a la vida religiosa y al sacerdocio, con particular atención a la vida afectiva? ¿Cómo las diversas figuras de acompañamiento espiritual en los años de la formación fueron auténticos sujetos de su discernimiento?

Como cada uno de vosotros ha hecho discernimiento en su propia vida para decidirse a entrar en el seminario. Es un camino, el de discernir y ver qué quiere el Señor de mí, acompañado por otro que me ayude. ¿Cómo se ve? Qué siento, qué me deja en paz, qué me deja inquieto, qué me quita la paz… Yo tuve un gran hombre que me ayudó mucho en esto: era el decano de filosofía, pero era un hombre que había estudiado mucho la vida espiritual y sobre todo el discernimiento desde el tiempo de los monjes hasta ahora. Y me ayudó mucho. Daba consejos reales, concretos para ayudar a seguir adelante. Por ejemplo, recuerdo una vez que, en una clase de antropología, se hablaba de la madurez. “¿Y cómo se sabe −dijo un compañero mío− si uno es maduro o no?”. Y él dijo: “Pues… tú tienes hermanos y hermanas: ¿están casados?” −“Sí, dos” −“¿Y tienen hijos?” −“Sí” −“¿Tú eres capaz de jugar con tus sobrinos?” −“Eh, no sé…” −“Inténtalo: si eres capaz, vas bien; si no eres capaz, te falta algo”. Las cosas concretas de la vida te llevan al discernimiento, y una señal de madurez es la capacidad de jugar con los niños. Un hombre que no sabe jugar con los niños, le falta algo. Jugar con los niños de la familia; perder el tiempo, como los padres y las madres…, las mamás lo hacen más a menudo porque están con el niño, pero el papá cuando vuelve del trabajo cansado, debe hacer un esfuerzo para jugar con el niño… Esto es un ejemplo de discernimiento. Discernir es la vida cristiana. Hoy, ¿por qué debo hacer examen de conciencia? No solo por llevar la contabilidad de los pecados que he cometido o las virtudes de hoy, sino para ver qué ha pasado en mi corazón. Un chico mira a una chica y le gusta… ¿Y eso? Luego le gusta otra vez; mira a otra y no le gusta… Y él va trabajando eso, y al final le habla, se hacen novios y van adelante. Ver qué pasa en mi corazón: eso es discernir. Qué pasa dentro de mí: qué pensamientos me dan alegría, qué pensamientos me dan tristeza, qué cosas me dejan triste y las siento como cosas que no sirven… Y una de las cosas más difíciles en la vida cristiana y en la que hace falta discernimiento, y mucho, es cómo convivir con el pecado. Todos somos pecadores, todos; y no solo en teoría, en la práctica. Y cuando caigo, ¿cómo convivo con esa caída? ¿Cómo resuelvo ese fracaso? Busca en la oración, en el consejo, cómo seguir adelante con el pecado y resolverlo. Recuerdo una vez, estaba en Buenos Aires, en el obispado, tenía unas citas, y la secretaria viene y me deja un sobre y dice: “El padre tal está aquí, solo le pide que lea esto, entre una cita y otra”. Yo lo leí y decía: “Padre, he pecado. Necesito su ayuda. Yo estoy tranquilo, espero abajo. Cuando tenga un poco de tiempo, me llama”. Y no se fue del obispado hasta que lo llamé. Es un ejemplo extremo, pero aquel hombre estaba en crisis porque no sabía cómo resolver un “resbalón” que había cometido. Eso es discernir. Estoy a oscuras por un error, un pecado que he hecho, voy al Padre, en seguida; o voy a aquel compañero que me ayudará. Pero buscar siempre a quien me ayude a convivir con mis cosas feas, con mis equivocaciones. También con las cosas buenas, pero quiero subrayar el convivir con el pecado, porque parece que no sabemos bien cómo resolver el problema concreto de ser pecadores. Lo resolvemos en teoría, pero no en concreto. Y para eso hace falta discernimiento.

Me gustaría saludaros uno a uno, pero escuchemos la siguiente pregunta.

Santo Padre, soy Davide, desde hace dos semanas diácono de la diócesis de Milán. Santidad, nos gustaría hacerle una pregunta a partir de la frase paulina “Estad alegres en la esperanza”. Porque la esperanza es un rasgo necesario y esencial del testimonio que la Iglesia debe dar de Cristo, y es solo la verdadera esperanza que mana de la Pascua de Jesús la que nos permite a los seminaristas entregar la vida a Dios y a su Esposa. Pero muchos son los enemigos de esa esperanza: en los últimos meses hemos asistido a graves asuntos que han sacudido desde dentro a la barca de Pedro y nos han desolado profundamente. Le preguntamos: ¿cómo estar ante los escándalos que nos afligen e involucran también a los consagrados? ¿Cómo ayudar a los fieles a no perder la esperanza a pesar de la pobreza de sus ministros? En definitiva, ¿qué pasos de conversión para los curas, y para los futuros curas, en este sentido?

“Es inevitable que vengan los escándalos”, dice Jesús (Mt 18,7). El escándalo está desde el inicio de la Iglesia: pensad en Ananías y Safira, aquellos dos que querían engañar a la comunidad: un escándalo. Pedro resolvió de modo claro el escándalo, en aquel caso: les “cortó la cabeza” a los dos. Jesús dice que sí, es necesario que haya escándalos para ver dónde está tu corazón, pero también advierte: “Ay de vosotros si escandalizáis a uno de estos”. Escandalizar al pueblo de Dios, eso es feísimo. Es malísimo. Y no hablo del escándalo de los débiles, sino del pueblo de Dios: el escándalo del cura al pueblo de Dios. En mi tierra, por ejemplo, el pueblo de Dios no se escandaliza mucho, pero actúa. Por ejemplo, es capaz de perdonar a un pobre cura que lleva una doble vida con una mujer y no sabe cómo resolverla: “Ah, pobre hombre, ayudémoslo…”, pero no lo condena en seguida. Es capaz de perdonar a otro cura que está un poco solo y toma un trago demasiado a menudo: “Eh, pobrecillo, un poco de vino le hará bien, está solo…”. El pueblo tiene una sabiduría grande. Pero no te perdona al cura que maltrata a la gente: ¡eso no te lo perdona! Porque se escandaliza. Y no te perdona al cura apegado al dinero: no te lo perdona. Escandalizar a la gente es una cosa fea, y también escandalizar al presbiterio es una cosa fea. Si vas a una reunión de presbiterio y habla el obispo, o habla otro, y luego sales con uno o dos amigos a criticar al obispo o al otro que ha dicho aquello, contra aquel otro… eso es un escándalo que hiere el cuerpo. El escándalo hiere. Debemos ser claros: en este punto no ceder. Los escándalos, no. Sobre todo cuando los escándalos hieren a los más pequeños. El pueblo es más sencillo… Condenar el escándalo, siempre. No ceder. “¿Y qué puedo hacer?”. Ve, háblale. Háblale como hermano: “Mira, estás escandalizando a la gente con esto”. O ve al obispo y dile: “Dígaselo usted como padre”. Cuando veáis que un cura escandaliza, por favor id o directamente a él o a su amigo o al párroco o al obispo, para que le ayuden. En Argentina existe la costumbre de invitar a los sacerdotes a la fiesta de bodas: cuando celebras la boda, luego te invitan a la fiesta. Allí se hacen al final de la tarde, las bodas; luego está la fiesta. Y tantos curas van allí y hacen el ridículo porque están en medio de una fiesta mundana y luego beben demasiado... Un escándalo… “No, yo voy para hacer apostolado” −¡Pero, por favor! Es verdad que los esposos te piden: “sí, venga, venga”, pero los curas astutos dicen así: “No, mira, yo iré, pero cuando volváis del viaje de bodas, iré a vuestra casa, bendeciré la casa y cenaré con vosotros dos”. Eso no escandaliza. Pero, por favor, el arte de estar en su sitio. Par estar en el sitio del sacerdote no hay que ser rígido, no; humano, normal. Pero en tu sitio. No escandalizar nunca.

Detrás de tu pregunta está el escándalo de los abusos. Ya sabéis las estadísticas: el 2% de los abusos que se hacen los han cometido los curas. “Ah, es poco, Padre”. No. Porque si fuese un solo sacerdote, eso es monstruoso. No nos justifiquemos porque somos solo el 2%. El 70% sucede en las familias y en el barrio; luego, en los gimnasios, los entrenadores; en las escuelas… Es un escándalo, pero es un escándalo mundial que a mí me hace pensar en los sacrificios humanos de los niños, como hacían los paganos. Sobre este punto, hablad claro: si veis algo del estilo, es seguida al obispo. Para ayudar a aquel hermano abusador. Inmediatamente al obispo. Pero hay otros escándalos de los que no está de moda hablar. Un escándalo fuerte es el cura mundano, el que vive en la mundanidad espiritual. Un hombre educado, socialmente bien aceptado, pero mundano. Nunca se le ve rezar ante el sagrario; nunca los ves ir al hospital ni se para a coger las manos a los enfermos, jamás. Nunca hace obras de misericordia, las difíciles de hacer. Hace de cura mundano: eso es un escándalo. Y la mundanidad… Me llamo mucho la atención cuando leí, por primera vez, Meditación sobre la Iglesia del Cardenal de Lubac: el último capítulo, las últimas dos páginas. Cita a un benedictino que dice que el peor pecado de la Iglesia es la mundanidad espiritual. Es convertir la religión en una antropología. Leed esas dos páginas: os hará bien. Os vendrá bien.

Buenos días, soy don Marco, del seminario de Cremona. En Florencia entregó Usted a la Iglesia italiana la Evangelii gaudium, y nos hemos imaginado qué quería decir no solo “entregada a las diócesis y a las parroquias”, sino “entregada a la comunidad del seminario”: cuáles son los procesos de renovación que cada comunidad, también con sus Obispos, con sus educadores, nos comprometemos a hacer. La segunda cosa que queremos preguntarle, como educadores, es que ante todo estar en el seminario con estos jóvenes es algo grande para nosotros, pero es también algo que nos llama a conversión todos los días, es lo que acaba de decir del cura: qué quiere decir ser auténticos como curas. Quizá no tengamos que enseñarles grandes filosofías: debemos hacerles entender que gastar la vida es una cosa… pero para nosotros es muy exigente. Y la tercera cosa que queremos saber es: cuando el Obispo nos pregunta en la ordenación de los seminaristas: “¿Estás seguro de que son dignos?”, entonces te vienen a la mente todas las reflexiones: el futuro que se abre ante ellos, con la gracia de Dios, con la Iglesia… Si nos puede ayudar a decir −lo ha apuntad antes− qué quiere decir vivir como presbíteros, de modo comunitario, el nosotros, no solo el yo. Antes señaló el clericalismo: ¿puede decir unas palabras sobre esto? Gracias.

Aquí, en la pregunta escrita, ponía: “Una pregunta sobre el miedo de estar en salida y vivir la condición de Iglesia como hospital de campaña. Para vivir esto es necesario volver a atar el nudo conversión-vocación. Nos llama la atención cómo Usted invita a menudo a la Iglesia a captar cómo el Espíritu nos lleva fuera de nuestras seguridades: ¿cómo podemos evitar sabiamente el riesgo? ¿Qué nos quiere decir a nosotros que debemos cuidar una antigua tradición de formación seminarista? ¿Qué puede sugerirnos para ayudar a nuestros jóvenes a sentir el riesgo del Evangelio y no enredarse en formas de defensa y de clericalismo?”. He querido leerla porque eran tres y quería…

Lo primero, ponlos en camino. Una formación en serio y ponerlos en camino, que no estén quietos. Ponlos en camino porque un cura que no está en camino piensa en estupideces, dice estupideces y hace estupideces. En camino, siempre, para que al menos no haga estupideces. “Pero es arriesgado…”. Sí. Resbalará, pero os digo una cosa: yo muchas veces he rezado al Señor por un cura −por tantos, pero pensemos en uno−, para que cayese en una piel de plátano y se pegase un buen resbalón que lo humillase y así pudiese seguir adelante. Ponerlos en camino, sin tantas seguridades. Es verdad que es un riesgo, el de formar a la gente es un riesgo, pero aceptad el riesgo. Una vez, un viejo cura sabio decía: “Cuando el obispo preguntó a mi rector: ¿Sabes si este es digno?, en ese momento mi rector se había dormido, y respondió no sé qué…”. Es un riesgo.

El otro día −oíd esto−, desde Roma, tuve que suspender una ordenación sacerdotal en otro continente. ¿Pero qué tiene aquel Obispo en la cabeza? Y los formadores que presentan al Obispo una persona así: ¡las noticias que habían llegado eran terribles! Existen esos casos, pero la mayoría no es así. Vosotros tenéis una experiencia de fraternidad, sois hermanos mayores, y con el diálogo… Se arriesga. En la vida quien no arriesga no avanza. Pero arriesgar con prudencia, arriesgar con prudencia. ¿Y de dónde cojo la prudencia? De mi experiencia de acompañamiento de ese joven, y de la oración. No hay un “cómo” preciso. En las reuniones para examinar la idoneidad hay pros y contras, pero debéis tomar una decisión prudencial y hacerla saber al Obispo, y será el Obispo quien decida. Pero vosotros sois corresponsables con el Obispo.

“Ayudar a nuestros jóvenes a sentir el riesgo del Evangelio” es ponerlos en camino, para que sientan tantas cosas que siente uno que está en camino: la aceptación, el rechazo, el insulto, las alabanzas, la vanidad… Y que aprendan esto: a distinguir las cosas. Y, sobre todo −usará una palabra un poco extraña− educarlos en la paciencia. Hay un libro de Guardini, no sé cómo se habrá traducido al italiano, “Glaubenserkenntnis”, “el conocimiento de la fe”, de capítulos sobre diversos temas: el primero es sobre la adoración, el segundo sobre la paciencia de Dios. Educarles en la paciencia, porque también Dios es paciente. Ese capítulo es una joya: buscadlo y dádselo a conocer. Dios es paciente con nosotros.

El problema de endurecerse: la defensa, el clericalismo… Cuando en un joven −esto es un criterio que digo seguro−, si ves un joven seminarista que se vuelve rígido, que cae en la rigidez, hazlo esperar. Si es rígido no es adecuado para la ordenación. Hoy la rigidez es un impedimento para la ordenación. Si ves a otro que se toma todas las cosas en serio y no tiene sentido del humor, mándalo a trabajar al circo un tiempo, luego cuando vuelva, después de dos años, veremos cómo van las cosas. El sentido del humor, no rigidez: la rigidez es un impedimento. Detrás de toda rigidez hay feos problemas.

Podría continuar, pero… El último.

Buenos días, Santidad, son don Iván, rector del seminario de Como. Le dirijo una pregunta de parte de los formadores y de los docentes. Es una pregunta sobre el criterio “el tiempo es superior al espacio”. Hoy nos parece cada vez más decisivo que el ministerio sea concebido y sobre todo vivido en modo de comunión, y así procure trasmitir el mensaje profundo del Concilio. Esto es importante tanto por el modo en que vivimos en el presbiterio, como por el modo en que proponemos a los seminaristas el modo de vivir y formarse con nosotros, entre sí y con los que encuentran. Vivir el proceso nos hace apreciar el bien posible, orientado al Evangelio, y Usted insiste continuamente en este aspecto. Santidad, ¿nos puede ayudar a enseñar educativamente el alcance de ese criterio “el tiempo es superior al espacio”? Y luego, en el ámbito de esta pregunta, ¿qué pide a los docentes de los seminarios de las diócesis lombardas? Gracias.

Vivir el proceso es no tener miedo. La vida está siempre en proceso: los niños no nacen adultos, hay todo un proceso para serlo, es todo un proceso de madurez o de corrupción, pero es un proceso. Cómo ayudar a los seminaristas y también a los curas en esto. ¡Es el método de Jesús con los Apóstoles! Podemos ver cómo Jesús enseñaba a los Apóstoles, cómo los hacía entrar en la labor de evangelización… Piensa que todos están en proceso. Los que han dado mal el primer paso, si no se corrige eso, caminarán mal toda la vida. Piensa en el “trepa”, por ejemplo: si no corriges a un seminarista que da señales de ser trepa, haremos daño a la Iglesia. Una vez oí a un obispo con experiencia que decía: “El trepa quiere el máximo, pero si le ofreces la diócesis más pequeña, la tomará, porque da un paso adelante: ahora es obispo. Pero en vez de guiar la diócesis, mirará a otra, la del vecino y −decía aquel obispo− eso es adulterio episcopal: mirar a la esposa del otro. Hasta llegar adonde él quiere”. El trepa está siempre en proceso. A mí me impresionan tanto las palabras de San Juan Pablo II cuando el entonces Prefecto de la Congregación de los Obispos fue a decirle: “¿Me da algún criterio para la elección de obispos?”. Y con aquella voz que tenía Juan Pablo II: “Primer criterio: volentes nolumus”. Con esto quería decir: no hay sitio para los trepas. Servicio. También el santo está en proceso: andar… nunca se llega a la santidad, se vive una vida de santidad en proceso. Y se intenta ir con ese método de Jesús: Jesús apostaba al tiempo, al desarrollo de los discípulos; sabía tolerar los errores: toleró a Pedro cuando le negó, toleró a los demás que habían huido, porque Jesús seguía los procesos.

He dado estos dos ejemplos, el trepa y el Santo, los dos en proceso. Vuelvo atrás: la persona rígida no está en proceso. Con esto veis bien la cosa: el rígido se protege a sí mismo, porque tiene miedo o tiene alguna enfermedad dentro, un desequilibrio, para tapar algo…, pero siempre es incapaz de entrar en proceso. En cambio, el bien y el mal están en proceso siempre.

No sé…, es un poco la síntesis de lo que quería deciros. Y os agradezco la confianza para hacer las preguntas. La sabiduría en la vida cristiana más que en dar respuestas está en saber hacer preguntas: a Dios, a la comunidad, al obispo, a los curas…, saber hacer preguntas. Con esto iremos por esa senda del tiempo, de los procesos. Si un joven no sabe hacer preguntas, debe aprender: ese es vuestro trabajo, el de los formadores. Y si no aprende, no sirve para el sacerdocio.

Muchas gracias por vuestro testimonio. Dios te salve, María… Bendición.

Fuente: vatican.va.

Traducción de Luis Montoya.