El Amor, el Espíritu Santo, consuela y protege. Es grande y poderoso. Está en nuestros corazones, quizá escondido, amordazado, y nos grita que hay esperanza

Celebramos este domingo la festividad de Pentecostés. Han pasado cincuenta días de la Pascua, de la Resurrección de Cristo. Poco antes, el Lunes Santo, las llamas de Notre Dame parecían presagiar el final del cristianismo en la laica Francia. Fuego repetido a lo largo del año en otras muchas iglesias profanadas. El mismo obispo de París no pudo conseguir los fondos necesarios para restaurar la cubierta de su catedral y tuvo que recurrir a un fondo de EEUU. Todo parecía apuntar a que la barca de la Iglesia naufragaba.

Hoy, tras el desastre y, a pesar de las múltiples propuestas de transformar la emblemática catedral en un espacio indefinido y amorfo, tenemos la alegría de saber que la aguja de Notre Dame volverá a señalar el cielo con un renovado esplendor. El templo renacerá de sus cenizas. Hay algo en la Iglesia que la hace indestructible, la promesa que su Fundador hizo al primer Papa: Las puertas del infierno no podrán contra ella. El mismo Griezmann afirmó que: “Notre Dame brillará de nuevo”.

Es verdad que hay pecado y miserias, que parece que la sociedad avanzada se aparta velozmente de Dios. Que la misma Iglesia aparece como herida. Pero Dios no nos deja. Siempre está ahí y sale a nuestro encuentro. Es misericordia infinita. Asiste a su Iglesia, nos ayuda a rehacernos, da vida a los huesos secos. Saca agua de la roca, transforma el desierto en vergel. Nos manda el Amor, que es la panacea de todos los males. El Amor es el secreto, el Amor derramado a la Iglesia por el Espíritu Santo que se nos ha dado es la garantía de la vida perpetua. Pentecostés es la fiesta del Espíritu Santo, de la tercera Persona de la Trinidad, del Amor. Del amor personal y concreto. Amor eterno que todo lo abarca. Amor hacia todas las criaturas, a todos los hombres, que da sentido a todo, incluso a los sinsentidos. El que nos transforma y nos devuelve la dignidad perdida. Amor que a nadie se niega.

Obra milagros, como el de la enfermera María que, con las manos manchadas de sangre inocente, mucho dinero, un ritmo desenfrenado y llena de comodidades está hastiada de la vida. Un día por casualidad asiste a una misa celebrada en un pobre convento de las hijas de la Madre Teresa de Calcuta, en el Nepal y allí escucha como el Señor le dice: “¡Bienvenida a tu casa! ¡Cuánto has tardado! Ella llora y transforma su vida, la llena de amor, y sus manos sanan y consuelan. Trabajan por la vida.

El Amor, el Espíritu Santo, consuela y protege. Es grande y poderoso. Está en nuestros corazones, quizá escondido, amordazado, y nos grita que hay esperanza. Como lo está en su Iglesia. Basta dejarle crecer. El Amor hace nuevas todas las cosas. Tiene tanta fuerza que nada le puede hacer frente. Vamos a llenarnos de él. Miremos al mundo y a los nuestros desde él, aprendamos a ver a lo divino. Dejemos que el amor nos transforme y cambiaremos el mundo y a los nuestros, empezando por nosotros.

Hace unos días comentaba una señora que su hijo adolescente estaba mejorando mucho, al igual que su marido. Estaba contenta. Un amigo le hizo ver que la que estaba cambiando era ella, y por eso ayudaba a los suyos. Hay una empatía, una fuerza milagrosa en el amor que se difunde, que se extiende, que se multiplica. Son los santos los que cambian el mundo, son los mejores hijos de la Iglesia. Los que dejándose transformar por el Amor de Dios la enriquecen y la renuevan.

Pedro, un joven estudiante de ingeniería de Yorkshire (Inglaterra) descubrió su llamada al Opus Dei y al poco tiempo enfermó de cáncer de pelvis, enfermedad que se lo llevó a los 21 años. Deseaba ayudar a otros a ser fieles a su vocación. Una vez, menos de un mes antes de morir, un grupo de jóvenes acudió a visitarlo al hospital. Después de la reunión, quiso hablar con ellos individualmente. Luego, se supo que Pedro los había animado, uno a uno, a ser fieles y perseverar en su vocación. A uno de los más jóvenes le preguntó: “¿Eres feliz?”; éste, dijo: “Sí, lo soy, ¿y tú, Pedro?”. Tras tres años de sufrimiento, y consciente de que la muerte no estaba muy lejana, el enfermo respondió: “Sí, nunca he sido tan feliz”. Esto es lo que hace el Amor en las almas.

El Espíritu Santo viene. “El Espíritu Santo −dijo el Papa− es el que nos acompaña en la vida, el que nos sostiene”, es el Paráclito. La palabra paráclito significa “aquel que está a mi lado para sostenerme” para que yo no caiga, para que siga adelante, para que conserve esta juventud del Espíritu. El cristiano siempre es joven: siempre. La Iglesia se renueva por el Amor.

Juan Luis Selma, en diariodejerez.es.