Vicente Bosch

Quienes en el amplio cauce de la común vocación cristiana recorren el camino abierto por voluntad divina el 2 de octubre de 1928, han tenido ocasión de constatar la verdad y la eficacia de las enseñanzas del Fundador del Opus Dei acerca de la importancia de la virtud de la sinceridad en la vida del cristiano. Esta comunicación pretende mostrar cómo, a través de sus escritos, es posible acceder a una idea de sinceridad que, en la mente san Josemaría, constituye un concepto espiritual de primer orden.

La tradición cristiana identifica sinceridad con veracidad, y el mismo Diccionario de la Lengua Española define la sinceridad en los siguientes términos: “Sencillez, veracidad, modo de expresarse libre de fingimiento”[1]. Se dice que una persona es sincera cuando posee una disposición psicológica a hablar sin rodeos, a identificarse con lo que dice o hace, a estar de acuerdo consigo misma en sus intenciones y conductas. Para un hombre la sinceridad es la manifestación de su propia interioridad.

La vocación cristiana consiste en la identificación con Cristo, “Camino, Verdad, y Vida” (Jn 14, 6), que vino al mundo “para dar testimonio de la verdad” (Jn 18, 37). Si ser sinceros es servir a la verdad, y obrar la verdad es estar en comunión con Él[2], entonces la plenitud de la vida cristiana pasará forzosamente por el esfuerzo en conocer la verdad sobre nosotros mismos –inicio del camino que conduce a la verdad de Dios[3]- y en manifestar al exterior la imagen y semejanza divinas constitutivas de nuestro ser, con la ayuda de la gracia que recupera los rasgos divinos desdibujados por la culpa original y los pecados personales[4]. La vida espiritual se presenta, por tanto, como la atractiva misión de ir perfeccionando en el tiempo la impronta divina grabada en el alma y de comunicar al prójimo una cada vez más nítida imagen de Cristo vivo. Desde esta perspectiva, la sinceridad, en cuanto disposición por conocer y manifestar con palabras y hechos la propia interioridad, está presente al inicio, durante, y al final del camino que conduce a Dios. Se ha escrito con razón que la sceridad es “la aparición de la interioridad, el vestíbulo del ser, el lugar de una presencia inefable. (...) Dejar hablar el propio ser es ponerse a la escucha del Ser total, al que remite. Así, en su profundidad, la sinceridad constituye el primer paso hacia la aventura espiritual”[5]. En resumen, no es posible la identificación con Cristo-Verdad al margen del conocimiento y amor a la verdad, sin un amoroso culto a la verdad en las intenciones, palabras y acciones.

 Son suficientes estas consideraciones iniciales para intuir que la insistencia de san Josemaría en la necesidad de vivir la virtud de la sinceridad responde a una profunda visión teológica: no son simples exhortaciones al ejercicio de una virtud más, que –dicho sea de paso- no siempre ha encontrado el debido espacio en los diccionarios y enciclopedias de espiritualidad[6].

En las obras hasta ahora publicadas del Fundador del Opus Dei, el sustantivo sinceridad –al que me limito en este estudio[7]- es empleado un total de cuarenta y siete veces. En esos textos (son cuarenta y cuatro), san Josemaría se refiere de modo diferenciado –con los mismos términos o implícitamente- a una sinceridad de vida –concepto muy próximo al de sencillez-, a una sinceridad con Dios, a una sinceridad interior o con uno mismo, y a una sinceridad con los demás, en la que se puede incluir una particular insistencia en la transparencia en la dirección espiritual. Naturalmente, no cabe hablar de diversas sinceridades porque la sinceridad es una. Quien falta a la sinceridad consigo mismo tiende a la insinceridad con los demás. Nos movemos, más bien, en ámbitos o círculos concéntricos de una misma realidad, que, a continuación, pasamos a analizar.

1. Sinceridad de vida

Se trata de un concepto genérico que, comprendiendo todas las manifestaciones concretas de la virtud de la sinceridad, expresa unas disposiciones de fondo de simplicidad o sencillez[8], de rectitud de intención, y de coherencia en la fe. También es una noción próxima -desde la perspectiva del influjo de la caridad en la totalidad del obrar del cristiano- al concepto de unidad de vida, una de las nociones clave de la doctrina espiritual de san Josemaría. La sinceridad de vida -escribe Celaya- es “la principal cualidad de la conciencia, testimonio íntimo de la propia conducta, de la que el hombre ha de responder ante Dios: ‘porque toda nuestra gloria consiste en el testimonio que nos da la conciencia, de haber procedido en este mundo con sencillez de corazón y sinceridad delante de Dios’ (2 Cor 1, 12)”[9].

El alcance y contenido de la expresión sinceridad de vida quedan al descubierto en el único texto de san Josemaría en el que aparece explícitamente ese concepto :

“El cristiano ha de manifestarse auténtico, veraz, sincero en todas sus obras. Su conducta debe transparentar un espíritu: el de Cristo. Si alguno tiene en este mundo la obligación de mostrarse consecuente, es el cristiano, porque ha recibido en depósito, para hacer fructificar ese don, la verdad que libera, que salva. Padre, me preguntaréis, y cómo lograré esasinceridad de vida? Jesucristo ha entregado a su Iglesia todos los medios necesarios: nos ha enseñado a rezar, a tratar con su Padre Celestial; nos ha enviado su Espíritu, el Gran Desconocido, que actúa en nuestra alma; y nos ha dejado esos signos visibles de la gracia que son los Sacramentos. Úsalos. Intensifica tu vida de piedad. Haz oración todos los días. Y no apartes nunca tus hombros de la carga gustosa de la Cruz del Señor”[10].

En estas líneas no es difícil reconocer un esbozo de descripción de la vida espiritual del cristiano, en cuanto remiten a un conjunto de convicciones y actitudes que, nacidas del encuentro con Cristo y suscitadas por el Espíritu, se concretan en las decisiones y modos de actuar que configuran la existencia de un hijo de Dios. El estudio de esta realidad constituye hoy el objeto de la teología espiritual.

La sinceridad de vida aparece, por tanto, en relación con el propósito o intención de vivir en plenitud la vida cristiana; de hacer efectiva –con el imprescindible auxilio divino de la gracia- la vocación a la santidad recibida en el bautismo. Por eso, quienes han decidido seguir de cerca al Maestro procuran que sus actitudes y modos de actuar sean consecuentes con esa intención de reflejar a Cristo. A ellos se dirige san Josemaría cuando les exhorta a ser coherentes en la práctica de la caridad:

“Examina con sinceridad tu modo de seguir al Maestro. Considera si te has entregado de una manera oficial y seca, con una fe que no tiene vibración; si no hay humildad, ni sacrificio, ni obras en tus jornadas; si no hay en ti más que fachada y no estás en el detalle de cada instante..., en una palabra, si te falta Amor. —Si es así, no puede extrañarte tu ineficacia. Reacciona enseguida, de la mano de Santa María!”[11].

La sinceridad de vida tiende a evitar el desacuerdo entre pensamiento íntimo y acción, a impedir esa desavenencia interior por la que el corazón humano queda dividido entre el seguimiento de Cristo y los reclamos ofrecidos por “la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida” (1 Jn 2,16). Ya los primeros escritos judeocristianos y los Padres Apostólicos pusieron especial interés en combatir la diyucíia, que es toda acción destructora de la unidad y simplicidad del alma, todo acto que la divide, impidiéndole ser cada vez más semejante a sí misma en sus relaciones con Dios y con los demás, más fiel a su origen divino y a su destino final. El eco de esa reiterada enseñanza –especialmente intensa en el Pastor de Hermas- parece reverberar en la predicación de san Josemaría:

“Hemos de esforzarnos, para que de nuestra parte no quede ni sombra de doblez. El primer requisito para desterrar ese mal que el Señor condena duramente, es procurar conducirse con la disposición clara, habitual y actual, de aversión al pecado. Reciamente, con sinceridad, hemos de sentir -en el corazón y en la cabeza- horror al pecado grave. Y también ha de ser nuestra la actitud, hondamente arraigada, de abominar del pecado venial deliberado, de esas claudicaciones que no nos privan de la gracia divina, pero debilitan los cauces por los que nos llega”[12].

La sinceridad de vida dice también relación con la rectitud de intención, puesto que implica una continua revisión de la coherencia en la conducta. Es lo propio de quien no busca la gloria humana, sino agradar a Dios; de quien desea decididamente el bien propio y el de los demás y, para ello, no dudan en rectificar:

“Existen muchas personas -cristianos y no cristianos- decididas a sacrificar su honra y su fama por la verdad, que no se agitan en un salto continuo para buscar el sol que más calienta. Son los mismos que, porque aman la sinceridad, saben rectificar cuando descubren que se han equivocado. No rectifica el que empieza mintiendo, el que ha convertido la verdad sólo en una palabra sonora para encubrir sus claudicaciones”[13].

Una manifestación de rectitud de intención, que el Fundador del Opus Dei identifica consinceridad de vida, es la autenticidad en la búsqueda de la verdad como cabal manifestación del propósito de compromiso total y sincero con Dios. El texto que a continuación señalamos es parte de una respuesta a una pregunta sobre moral matrimonial; concretamente, acerca de la cuestión del número de hijos:

“No olviden los esposos, al oír consejos y recomendaciones en esa materia, que de lo que se trata es de conocer lo que Dios quiere. Cuando hay sinceridad -rectitud- y un mínimo de formación cristiana, la conciencia sabe descubrir la voluntad de Dios, en esto como en todo lo demás. Porque puede suceder que se esté buscando un consejo que favorezca el propio egoísmo, que acalle precisamente con su presunta autoridad el clamor de la propia alma; e incluso que se vaya cambiando de consejero hasta encontrar el más benévolo. Entre otras cosas, ésa es una actitud farisaica indigna de un hijo de Dios”[14].

Efectivamente, la sinceridad de vida debe constituir un objetivo -un ideal- del cristiano, una prueba ante Dios de la propia rectitud, y un antídoto contra el andar tortuoso de quienes intentan falsear la sana doctrina y pretenden forzar la verdad, acomodándola a un corazón sin disposiciones para acoger la luz y el fuego de Cristo.

Como hemos podido comprobar a través de los textos citados, sencillez, coherencia, y rectitud de intención son las actitudes y disposiciones interiores implicadas en el concepto sinceridad de vida.

2. Sinceridad con Dios

En un texto de Surco encontramos una posible escala de prioridades en la sinceridad:

“Sinceridad: con Dios, con el Director, con tus hermanos los hombres. —Así estoy seguro de tu perseverancia”[15].

Según san Josemaría, la perseverancia en el camino emprendido y la consecución del fin deseado –la comunión íntima y filial con Dios-, exigen el ejercicio de la sinceridad. En primer lugar –no podría ser de otro modo- con Dios, meta de nuestro caminar, razón última de nuestro actuar. Sólo la ignorancia o la necedad pretenderían ocultar algo a quien llena con su presencia todo lo creado: todas nuestras acciones, palabras y pensamientos más ocultos están patentes a los ojos de quien –al decir de San Agustín- nos es más íntimo que nuestra misma intimidad. No podemos sustraernos a la presencia de Aquel que todo lo llena y todo lo sabe: “¿A dónde iré yo lejos de tu espíritu, a dónde de tu rostro podré huir? Si hasta los cielos subo, allí estás tú, si en el seol me acuesto, allí te encuentras” (Sal 139, 7-8).

La sinceridad con Dios encuentra su fundamento en nuestra condición de hijos de Dios. La filiación es una relación amorosa en la que impera la confianza y la sinceridad, actitudes que comportan en el hijo la seguridad del perdón, por tener un Padre que manifiesta especialmente su poder con la misericordia[16]. Las dos ideas quedan bien reflejadas en este texto del santo:

“Un hijo de Dios trata al Señor como Padre. Su trato no es un obsequio servil, ni una reverencia formal, de mera cortesía, sino que está lleno de sinceridad y de confianza. Dios no se escandaliza de los hombres. Dios no se cansa de nuestras infidelidades. Nuestro Padre del Cielo perdona cualquier ofensa, cuando el hijo vuelve de nuevo a Él, cuando se arrepiente y pide perdón. Nuestro Señor es tan Padre, que previene nuestros deseos de ser perdonados, y se adelanta, abriéndonos los brazos con su gracia”[17].

El cauce apropiado para vivir la sinceridad con nuestro Padre Dios es el trato con Jesucristo y la recepción de su gracia a través del sacramento de la reconciliación por Él mismo instituido. En la Confesión ve san Josemaría un medio “sine qua non” para el progreso espiritual y para ejercitar la sinceridad con Dios:

“La sinceridad es indispensable para adelantar en la unión con Dios.   -Si dentro de ti, hijo mío, hay un "sapo", suéltalo! Di primero, como te aconsejo siempre, lo que no querrías que se supiera. Una vez que se ha soltado el "sapo" en la Confesión, qué bien se está!”[18].

En algunos textos el Fundador del Opus Dei se refiere a la necesidad de “hablar con sinceridadal Señor”[19], de hacer “presentes al Señor, con sinceridad”[20] las buenas disposiciones para acoger el don de la gracia; y en otros exhorta, sin medios términos, a acudir a Jesús, Médico divino:

“Es Médico y cura nuestro egoísmo, si dejamos que su gracia penetre hasta el fondo del alma. Jesús nos ha advertido que la peor enfermedad es la hipocresía, el orgullo que lleva a disimular los propios pecados. Con el Médico es imprescindible una sinceridad absoluta, explicar enteramente la verdad y decir: Domine, si vis, potes me mundare, Señor, si quieres -y Tú quieres siempre-, puedes curarme. Tú conoces mi flaqueza; siento estos síntomas, padezco estas otras debilidades. Y le mostramos sencillamente las llagas; y el pus, si hay pus. Señor, Tú, que has curado a tantas almas, haz que, al tenerte en mi pecho o al contemplarte en el Sagrario, te reconozca como Médico divino”[21].

Como hemos podido comprobar, el concepto sinceridad con Dios expresa en las enseñanzas de san Josemaría la actitud del hombre que, deseando apropiarse del don Dios, se presenta ante Él mostrando con sencillez tanto sus buenos deseos como sus heridas, para que confirme aquellos y sane éstas.

3. Sinceridad con uno mismo

La mirada interior a la propia alma puede suscitar diversas reacciones, entre otras cosas porque, en su origen, la misma vista puede estar viciada por un ojo turbio: “Tu ojo es la lámpara de tu cuerpo. Cuando tu ojo está sano, todo tu cuerpo está iluminado, pero cuando está malo, también tu cuerpo está a oscuras” (Lc 11, 34). El judaísmo entendía que en los ojos se refleja el carácter y la calidad moral de una persona. Como señala Spicq, “para ver (lo mismo que para comprender en el orden intelectual) no basta una luz exterior, hace falta una luz interior que cada uno posee”[22]. Es decir, no es suficiente la luz de Cristo que brilla para todos y no puede ser oscurecida; se requiere una pura y perfecta luz del alma –que es rectitud de corazón, pureza interior, sencillez- para captar la verdad de Dios, la verdad del propio ser y obrar, la verdad de las cosas. La parábola del ojo sano nos remite, por tanto, al nexo inseparable entre santidad y verdad.

La verdad sobre uno mismo encierra una cuestión antropológica, que nacida en el ámbito de la filosofía clásica griega fue desarrollada con vigor por los autores cristianos de la antigüedad y del medioevo[23]. Para Orígenes, por ejemplo, la condición previa de todo progreso espiritual es el conocimiento de uno mismo; el “conócete a ti mismo” de Sócrates recibe con él una insospechada profundidad, porque conocerse es saberse creado a imagen de Dios y saber que esa imagen constituye la propia esencia. Este planteamiento fue posteriormente tratado con profundidad, extensión e insistencia por San Bernardo[24] y Santa Catalina de Siena[25], hasta el punto de poder considerar esas aportaciones como parte importante y singular de sus enseñanzas espirituales.

También en los textos de san Josemaría, la mirada a la propia alma es inseparable de la humildad y de la verdad:

“Miro mi vida y, con sinceridad, veo que no soy nada, que no valgo nada, que no tengo nada, que no puedo nada; más: ¡que soy la nada!, pero El es el todo y, al mismo tiempo, es mío, y yo soy suyo, porque no me rechaza, porque se ha entregado por mí. ¿Habéis contemplado amor más grande?”[26].

El contexto de esta frase es una homilía sobre la virtud de la esperanza, en la que el autor confiesa que el descubrimiento de sus faltas y negligencias diarias le apenan, pero no le quitan la paz: el abandono en Dios es el resultado lógico de la desconfianza en las propias fuerzas, y, al decir de san Josemaría, el fundamento –junto con la fe y la caridad- del entramado sobre el que se teje la auténtica stencia cristiana[27].

La mirada sobre sí mismo tiene también consecuencias en la eficacia de la evangelización. La exigencia de santidad en toda labor apostólica presupone que el discípulo obtenga del Maestro la gracia y el impulso vital para continuar su misión en el mundo. Así, leemos en Forja:

“Dios Nuestro Señor te quiere santo, para que santifiques a los demás. -Y para esto, es preciso que tú -con valentía y sinceridad- te mires a ti mismo, que mires al Señor Dios Nuestro..., y luego, sólo luego, que mires al mundo”[28].

La interpretación de este consejo nos encamina de nuevo hacia el binomio humildad-verdad –felizmente expresado por Santa Teresa de Jesús al definir esa virtud[29]-, que desemboca en la apertura a la sobreabundancia de los dones divinos necesarios para la tarea de santificación del mundo. En el texto señalado conviene recordar el orden establecido en la mirada sincera –“a ti mismo, al Señor, y al mundo”-, pues a este dinamismo nos referiremos en las conclusiones finales.

El instrumento adecuado para un cada vez más perfecto conocimiento de sí mismo es, sin duda, el examen de conciencia. Allí la sinceridad entabla batalla con el amor propio, con el deseo de ocultar los defectos y, en resumidas cuentas, con un humano y comprensible esfuerzo de pudoroso maquillaje del alma. Muy gráficas resultan estas palabras:

“Ten sinceridad "salvaje" en el examen de conciencia; es decir, valentía: la misma con la que te miras en el espejo, para saber dónde te has herido o dónde te has manchado, o dónde están tus defectos, que has de eliminar”[30].

San Josemaría recomendaba esa mirada a la propia alma como habito adquirido, no sólo como prevención sino también como medicina necesaria contra los imperceptibles microbios que atacan la vida interior:

“Necesito prevenirte todavía contra el peligro de la rutina –verdadero sepulcro de la piedad-, que se presenta frecuentemente disfrazada con ambiciones de realizar o emprender gestas importantes, mientras se descuida cómodamente la debida ocupación cotidiana. Cuando percibas esas insinuaciones, ponte con sinceridad delante del Señor: piensa si no te habrás hastiado de luchar siempre en lo mismo, porque no buscabas a Dios; mira si ha decaído -por falta de generosidad, de espíritu de sacrificio- la perseverancia fiel en el trabajo (...): clara señal de que hemos perdido el punto de mira sobrenatural; el convencimiento de que somos niños pequeños; la persuasión de que nuestro Padre obrará en nosotros maravillas, si recomenzamos con humildad”[31].

En ese texto observamos que el “ponerse con sinceridad delante del Señor” comporta casi simultáneamente el movimiento de “pensar si no te habrás hastiado”, de “mirar si ha decaído”, hasta el punto de identificar esas actitudes o considerarlas intercambiables: es decir, hacer examen, mirar el interior con sinceridad, es colocarse ante la imagen de Dios grabada en el alma.

Nos parece que en éste ultimo texto aflora con más claridad una característica que subyace en los anteriores: la intercambiabilidad o simultaneidad entre sinceridad con Dios y sinceridad con uno mismo apuntan a considerarlas no como actitudes o disposiciones internas distintas, sino como dos momentos de un mismo movimiento, dos aspectos de una misma realidad, con vocación a manifestarse “ad extra”.

4. Sinceridad con los demás

Santo Tomás de Aquino, en la Suma Teológica, incluye la veracidad –“per eam aliquis dicitur verax” (II-II, q.109, a.1)- entre la virtudes potenciales o secundarias de la justicia, precisamente porque se refiere a otro, “porque es a otro a quien expone lo que lleva en sí”[32]. La sinceridad tiende naturalmente a manifestar al exterior la propia interioridad, aunque no siempre estará obligada a ello. Es conveniente recordar, también, que “la convivencia humana no sería posible si los unos no se fían de los otros como de personas que en su trato mutuo dicen la verdad”[33]. La sinceridad incluye, por tanto, el rechazo de ambigüedades y oscuridades, de excusas ante las propias faltas, y el reconocimiento, en cambio, de las equivocaciones y errores. Un punto de Surco expresa certeramente esta última idea:

“Leías en aquel diccionario los sinónimos de insincero: "ambiguo, ladino, disimulado, taimado, astuto"... -Cerraste el libro, mientras pedías al Señor que nunca pudiesen aplicarte esos calificativos, y te propusiste afinar aún más en esta virtud sobrenatural y humana de lasinceridad”[34].

No pasa desapercibida esta última referencia a la sinceridad como virtud “sobrenatural y humana”. Para san Josemaría las virtudes humanas disponen a recibir la gracia, que, al fecundar esas potencias naturales, las empuja con insospechada fuerza y alcance a obrar el bien[35]. En una homilía sobre las virtudes humanas encontramos la mente del santo sobre la cuestión y una breve lista de esas virtudes, encabezadas por la sinceridad:

“Las virtudes humanas -insisto- son el fundamento de las sobrenaturales; y éstas proporcionan siempre un nuevo empuje para desenvolverse con hombría de bien. Pero, en cualquier caso, no basta el afán de poseer esas virtudes: es preciso aprender a practicarlas. Discite benefacere, aprended a hacer el bien. Hay que ejercitarse habitualmente en los actos correspondientes -hechos de sinceridad, de veracidad, de ecuanimidad, de serenidad, de paciencia-, porque obras son amores, y no cabe amar a Dios sólo de palabra, sino con obras y de verdad”[36].

Encontramos otra lista de virtudes en un contexto de exhortación a la santificación de la vida familiar, pero igualmente aplicable a cualquier condición de vida del cristiano:

“Para santificar cada jornada, se han de ejercitar muchas virtudes cristianas; las teologales en primer lugar y, luego, todas las otras: la prudencia, la lealtad, la sinceridad, la humildad, el trabajo, la alegría...”[37].

Por último, la sinceridad es presentada como arma y antídoto contra un mundo en el que actúa el padre de la mentira:

“Hoy, cuando el ambiente está lleno de desobediencia, de murmuración, de trapisonda, de enredo, hemos de amar más que nunca la obediencia, la sinceridad, la lealtad, la sencillez: y todo, con sentido sobrenatural, que nos hará más humanos”[38].

No le faltaron ocasiones a san Josemaría para experimentar en su propia vida la necesidad de ese modo de actuar, también ante acusaciones injustas:

“Soy aragonés y, hasta en lo humano de mi carácter, amo la sinceridad: siento una repulsión instintiva por todo lo que suponga tapujos. Siempre he procurado contestar con la verdad, sin prepotencia, sin orgullo, aunque los que calumniaban fuesen mal educados, arrogantes, hostiles, sin la más mínima señal de humanidad”[39].

No parece necesario aportar más textos que ilustren la importancia de la virtud de la sinceridad en su manifestación externa, que constituye un factor de sociabilidad y el fundamento del auténtico dialogo.

5. Sinceridad en la dirección espiritual

Las recomendaciones de san Josemaría a ser sinceros se intensifican cuando su discurso entra en relación con la dirección espiritual. Esta práctica cristiana consiste, principalmente, en ayudar al interesado a descubrir sus disposiciones interiores; y esto no es posible sin una sinceridad que contribuya a superar los obstáculos que impiden al alma conocerse tal como es. Sinceridad y dirección espiritual se reclaman mutuamente porque cada una de ellas crece en el ejercicio de la otra: la ayuda de una persona con experiencia y con gracia de Dios para ejercitar esa dirección contribuye a descubrir repliegues interiores ocultos a la propia mirada; y, al mismo tiempo, la sinceridad con Dios y con uno mismo se ejercita en la práctica de la dirección espiritual.

De las cuarenta y siete veces que san Josemaría emplea en sus escritos el sustantivo “sinceridad”, nueve hacen referencia a la dirección espiritual. Su doctrina al respecto queda patentemente reflejada en dos puntos consecutivos de Forja:

“Si el demonio mudo -del que nos habla el Evangelio- se mete en el alma, lo echa todo a perder. En cambio, si se le arroja inmediatamente, todo sale bien, se camina feliz, todo marcha.

-Propósito firme: "sinceridad salvaje" en la dirección espiritual, con delicada educación..., y que esa sinceridad sea inmediata”[40];

“Ama y busca la ayuda de quien lleva tu alma. En la dirección espiritual, pon al descubierto tu corazón, del todo -¡podrido, si estuviese podrido!-, con sinceridad, con ganas de curarte; si no, esa podredumbre no desaparecerá nunca.             Si acudes a una persona que sólo puede limpiar superficialmente la herida..., eres un cobarde, porque en el fondo vas a ocultar la verdad, en daño de ti mismo”[41].

En estas frases encontramos interesantes apreciaciones basadas en una rica experiencia pastoral, sobre las que no es posible ahora detenerse. Son elementos presentes también en algunos otros textos: el peligro del demonio mudo que atenaza el alma[42]; su curación inmediata cuando se habla con sinceridad[43]; la recomendación de la dirección espiritual para las almas que buscan la plenitud de vida cristiana; la constatación de que no todos son el Buen Pastor para la propia alma, etc.

6. Conclusión

 Los veintitrés textos hasta ahora señalados en las diversas manifestaciones o “especies” de la sinceridad no siempre han sido fácilmente encuadrados en uno u otro apartado[44]. Aunque san Josemaría utilice expresamente vocablos y contextos que inducen a esa posible división, la mayoría de las veces esas manifestaciones o “especies” están implicadas unas en otras, hasta el punto de no poder distinguir netamente entre sinceridad con Dios y sinceridad con uno mismo, entre sinceridad interior y sinceridad exterior, etc. Todo conduce a pensar que son aspectos distintos de una misma realidad o, si se prefiere, diversos momentos de un mismo proceder en la reflexión teológica. En este sentido, cabe hablar de una “teología de la sinceridad” o reflexión en la que existe el momento dogmático o de aprehensión conceptual del misterio de Dios y del hombre (sinceridad con uno mismo); el momento espiritual o de apropiación personal de esa verdad, de donde brota inmediatamente el trato y la comunión con Dios (sinceridad con Dios); y, por último, el momento moral que muestra cómo se articula la vida cristiana en su despliegue existencial concreto, una vez abrazada la verdad revelada y contando con la acción de la gracia (sinceridad con los demás).

Con este intento de estructuración teológica de la sinceridad he pretendido poner de manifiesto que no estamos ante una virtud más o ante un instrumento para conseguir un objetivo intermedio, sino ante un concepto espiritual de primer orden: me parece que los textos de san Josemaría Escrivá de Balaguer así lo dan a entender. Precisamente porque su fin es la búsqueda y la manifestación de la Verdad, la sinceridad se constituye en virtud omnicomprensiva y totalizadora del quehacer humano, en proyecto enaltecedor del cristiano que sabe descubrir en la vida ordinaria la grandeza de un camino capaz de conducirle a la identificación con Cristo.


[1] Real Academia, Diccionario de la Lengua Española, Madrid 1992, p. 1335.

[2] 1 Jn 1, 6: “Si decimos que estamos en comunión con Él y sin embargo caminamos en tinieblas, mentimos y no practicamos la verdad”.

[3] S. Josemaría escrivá de Balaguer, Amigos de Dios, 96: “Humildad es mirarnos como somos, sin paliativos, con la verdad. Y al comprender que apenas valemos algo, nos abrimos a la grandeza de Dios: ésta es nuestra grandeza”. En adelante, las obras de san Josemaría se citarán sólo por el título, sin indicar cada vez el nombre del autor.

[4] Via Crucis, VI Est.: “(...) por el camino de la contemplación y de la expiación, mi vida irá copiando fielmente los rasgos de tu vida. Nos iremos pareciendo más y más a Ti. — Seremos otros Cristos, el mismo Cristo, ipse Christus”.

[5] L. Debarge, Sincerité, en “Catholicisme” 14, p.109.

[6] Sorprende no encontrar la voz “Sinceridad” en instrumentos de uso común en teología espiritual como el Dictionnaire de Spiritualité, Ascétique et Mystique (París, 1937-1994), elDizionario Enciclopedico di Spiritualità (Roma, 1990), el Nuevo Diccionario de Espiritualidad(Madrid 1983), o el reciente Dizionario di Mistica (Città di Vaticano, 1998). Otra laguna significativa es la ausencia del término sinceridad en el índice temático del Catecismo de la Iglesia Católica, compuesto de más de 700 voces entre las que se incluyen 26 virtudes (alegría, benevolencia, caridad, castidad, compasión, confianza, continencia, esperanza, fe, fidelidad, hospitalidad, humildad, justicia, misericordia, modestia, obediencia, paciencia, perseverancia, piedad, pobreza, prudencia, pudor, pureza, religión, solidaridad, y templanza)

[7] El adjetivo sincero y la noción de sinceridad –expresada con sinónimos o términos correlativos- aparecen en muchos otros textos.

[8] En un precedente estudio señalé que la sencillez es “una disposición vital, existencial, traducida en obras de fe y de sinceridad, por la que el alma tiende a recomponer su unidad y a evitar su dispersión en lo múltiple, acercándose cada vez más, mediante la gracia divina y la ascética, a la unión con Dios, a una mayor participación de la simplicidad divina”: V. Bosch, El concepto cristiano de simplicitas en el pensamiento agustiniano, Roma 2001, p. 263.

[9] I.J. de Celaya, Sinceridad, en “Gran Enciclopedia Rialp” 21, Madrid 1989, p. 174.

[10] Amigos de Dios, 141. El cursivo es nuestro; en adelante lo utilizaremos para señalar la palabra sinceridad en todos los textos de san Josemaría.

[11] Forja, 930.

[12] Amigos de Dios, 243.

[13] Ibid., 82.

[14] Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer, 93.

[15] Surco, 325. La ausencia en este texto de una referencia a la sinceridad con uno mismo es irrelevante: como se deducirá de estas páginas, la sinceridad con uno mismo puede considerarse previa a la sinceridad con Dios o incluida en esta última.

[16] Misal Romano, Orac. Colecta, Domingo XXVI del Tiempo Ordinario: “Oh Dios, que manifiestas especialmente tu poder con el perdón y la misericordia; infunde siempre sobre nosotros tu gracia para que, deseando lo que nos prometes, consigamos los bienes del Cielo. Por nuestro Señor Jesucristo ...”.

[17] Es Cristo que pasa, 64.

[18] Forja, 193.

[19] Sacerdote para la eternidad, 6: “Acostumbrémonos a hablar con esta sinceridad al Señor, cuando baja, Víctima inocente, a las manos del sacerdote. La confianza en el auxilio del Señor nos dará esa delicadeza de alma, que se vierte siempre en obras de bien y de caridad, de comprensión, de entrañable ternura con los que sufren y con los que se comportan artificialmente fingiendo una satisfacción hueca, tan falsa, que pronto se les convierte en tristeza”.

[20] Forja, 357: “Haz presentes al Señor, con sinceridad y constantemente, tus deseos de santidad y de apostolado..., y entonces no se romperá el pobre vaso de tu alma; o, si se rompe, se recompondrá con nueva gracia, y seguirá sirviendo para tu propia santidad y para el apostolado”.

[21] Es Cristo que pasa, 93.

[22] C. Spicq, La vertu de simplicité dans l’Ancien et le Nouveau Testament, en “Revue des Sciences Philosophiques et Théologiques” 22 (1933), p. 17.

[23] Para un estudio detallado de la cuestión, cfr. P. Courcelle, Connasi-toi toi même. De Socrate a Saint Bernard, Paris 1974-5.

[24] Ya en su primer tratado –el De gradibus humilitatis et superbiae-, San Bernardo coloca el conocimiento de sí en el primer grado de la humildad. El tema aparece después, con frecuencia, en el resto de sus obras, especialmente en el De diligendo Deo y en el Super Cantica Canticorum.

[25] Basta traer a colación las palabras iniciales de El Dialogo, que la misma Catalina llamaba “mi libro”: “Cuando un alma se eleva a Dios con ansias de ardentísimo deseo de honor a El y de la salvación de las almas, se ejercita por algún tiempo en la virtud. Se aposenta en la celda del conocimiento de sí misma y se habitúa a ella para mejor entender la bondad de Dios (...)” (Santa Catalina de Siena, Obras. El Diálogo, Oraciones y Soliloquios, Madrid 1980, p. 55).

[26] Amigos de Dios, 215.

[27] Cfr. Ibid., 205.

[28] Forja, 710.

[29] Santa Teresa de Jesús, Castillo interior. Moradas sextas, 19, 7: “Una vez estaba yo considerando por qué razón era nuestro Señor tan amigo de esta virtud de la humildad y púsoseme delante, a mi parecer, sin considerarlo sino presto, esto: que es porque Dios es suma Verdad y la humildad es andar en verdad (...)” (Obras Completas, ed. A. Barrientos, Madrid 2000, p. 937).

[30] Surco, 148.

[31] Amigos de Dios, 150.

[32] Santo Tomás de Aquino, Suma de Teología IV, (II-II, q.109, a.3), Madrid 1994, p. 242.

[33] Cfr. Ibid., (II-II, q.109, a.3, ad.1), p. 243.

[34] Surco, 337.

[35] Amigos de Dios, 75: “El precio de vivir en cristiano no es dejar de ser hombres o abdicar del esfuerzo por adquirir esas virtudes que algunos tienen, aun sin conocer a Cristo. El precio de cada cristiano es la Sangre redentora de Nuestro Señor, que nos quiere –insisto- muy humanos y muy divinos, con el empeño diario de imitarle a El, que es perfectus Deus, perfectus homo”.

[36] Ibid., 91.

[37] Es Cristo que pasa, 23.

[38] Forja, 530.

[39] Es Cristo que pasa, 70.

[40] Forja, 127.

[41] Forja, 128.

[42] Amigos de Dios, 189: “Para apartarse de la sinceridad total no es preciso siempre una motivación turbia; a veces, basta un error de conciencia. Algunas personas se han formado -deformado- de tal manera la conciencia que su mutismo, su falta de sencillez, les parece una cosa recta: piensan que es bueno callar. Sucede incluso con almas que han recibido una excelente preparación, que conocen las cosas de Dios; quizá por eso encuentran motivos para convencerse de que conviene callar. Pero están engañados. La sinceridad es necesaria siempre; no valen excusas, aunque parezcan buenas”.

[43] Surco, 335: “Se acabaron los agobios... Has descubierto que la sinceridad con el Director arregla los entuertos con una facilidad admirable”.

[44] Los restantes textos no reseñados son los siguientes: Surco, 153; 188; 332; 336; 339; 600; 633; y 820. Forja, 405; y 575. Es Cristo que pasa, 29; 97; y 101. Amigos de Dios, 14; 22; 129; 157; 185; 186; 188; y 188.