El relato del Génesis muestra cómo Caín es maldecido y castigado por Dios, pero con una justicia misericordiosa, que da ocasión para el arrepentimiento del pecador

Hace ya muchos milenios desde que se produjo el primer asesinato de la Historia: “Cuando estaban en el campo, se lanzó Caín contra su hermano Abel y lo mató”[1]. La vida es presupuesto para todo el perfeccionamiento y desarrollo de la misión de la persona humana. Y sin embargo ¡cuántas veces una vida humana, llena todavía de posibilidades inéditas, es tronchada por el golpe cruel de la violencia!

Dios creador nos regala el don de la vida. Quiere que vivamos, hagamos fructificar la propia vida y ayudemos solidariamente a la vida de los demás: “No fue Dios quien hizo la muerte ni se recrea en la destrucción de los vivientes; Él todo lo creó para que subsistiera... Porque Dios creó al hombre para la incorruptibilidad, lo hizo imagen de su misma naturaleza; mas por envidia del diablo entró la muerte en el mundo, y la experimentan los que le pertenecen”[2].

San Juan Pablo II[3] comenta el diálogo de Dios con Caín, a quien recuerda su libertad frente al mal y el deber de dominar la tentación. “Los celos y la ira prevalecen sobre la advertencia del Señor, y así Caín se lanza contra su hermano y lo mata”. Y esto ha sucedido después demasiadas veces en la historia de la humanidad. “El hermano mata a su hermano. Como en el primer fratricidio, en cada homicidio se viola el parentesco «espiritual», que agrupa a los hombres en la única gran familia humana, donde todos participan del mismo bien fundamental: la idéntica dignidad personal. Además, no pocas veces se viola el parentesco «de carne y sangre», por ejemplo, cuando las amenazas a la vida se producen en la relación entre padres e hijos, como sucede en el aborto o cuando, en un contexto familiar o de parentesco más amplio, se favorece o procura la eutanasia”[4]. Cuando el hombre se rebela contra Dios acaba también atentando violentamente contra la vida de sus semejantes, “se cede a la lógica del maligno[5], que «era homicida desde el principio»[6].

Cuando Dios pide cuentas al homicida Caín, éste se encoge mentirosamente de hombros: «No sé. ¿Soy yo acaso guardián de mi hermano?»[7] Ningún hombre debe eludir la solidaridad hacia la vida de los demás hombres, pues somos guardianes, responsables, del bien de los hermanos; “la sangre del asesinado clama justicia a Dios (...); quien atenta contra la vida del hombre, de alguna manera atenta contra Dios mismo”[8]. El relato del Génesis muestra cómo Caín es maldecido y castigado por Dios, pero con una justicia misericordiosa, que da ocasión para el arrepentimiento del pecador[9].

Rafael María de Balbín

 

[1] Génesis 4, 8.

[2] Sabiduría 1, 13-14; 2, 23-24.

[3] Enc. Evangelium vitae, n. 8.

[4] Ibidem.

[5] Ibidem.

[6] Juan 8, 44.

[7] Génesis 4, 9.

[8] Enc. Evangelium vitae, n. 9.

[9] Cf. Ibidem.