Unos caminos que puede recorrer cualquier persona que busque la verdad, apertrechada solamente con las luces de su propia razón humana. Son verdaderas pruebas, dotadas de seriedad y rigor, si bien distintas a las que utilizan las ciencias empírico-materiales, que son a las que estamos más habituados

A primera vista este título pudiera recordar el viejo dicho de que todos los caminos llevan a Roma. En realidad es una expresión tomada del Catecismo de la Iglesia Católica, que dice textualmente: “Creado a imagen de Dios, llamado a conocer y amar a Dios, el hombre que busca a Dios descubre ciertas vías para acceder al conocimiento de Dios. Se las llama también pruebas de la existencia de Dios, no en el sentido de las pruebas propias de las ciencias naturales, sino en el sentido de argumentos convergentes y convincentes que permiten llegar a verdaderas certezas” (n. 31). Esta afirmación está llena de interés, pues se trata de unos caminos que puede recorrer cualquier persona que busque la verdad, apertrechada solamente con las luces de su propia razón humana. Son verdaderas pruebas, dotadas de seriedad y rigor, si bien distintas a las que utilizan las ciencias empírico-materiales, que son a las que estamos más habituados.

Estos caminos proceden de un doble punto de partida: el mundo material y la persona humana (cf. Ibidem). “El mundo y el hombre atestiguan que no tienen en ellos mismos ni su primer principio ni su fin último sino que participan de Aquel que es el Ser en sí, sin origen y sin fin. Así, por estas diversas vías, el hombre puede acceder al conocimiento de la existencia de una realidad que es la causa primera y el fin último de todo, y que todos llaman Dios (cf. Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica I, q. 2, a. 3)” (Catecismo..., n. 34).

El mundo material no se nos presenta como amasijo más o menos mecánico de fuerzas y leyes, sino como dotado de un sentido penetrable en profundidad por la inteligencia humana: “A partir del movimiento y del devenir, de la contingencia, del orden y de la belleza del mundo se puede conocer a Dios como origen y fin del universo” (Catecismo..., n. 32). San Pablo escribe, a propósito de los antiguos paganos: “Lo que de Dios se puede conocer, está en ellos manifiesto: Dios se lo manifestó. Porque lo invisible de Dios, desde la creación del mundo se deja ver a la inteligencia a través de sus obras: su poder eterno y su divinidad” (Carta a los Romanos 1, 19-20). Es lo mismo que San Agustín expresó poéticamente: “Interroga a la belleza de la tierra, interroga a la belleza del mar, interroga a la belleza del aire que se dilata y se difunde, interroga a la belleza del cielo... interroga a todas estas realidades. Todas te responden: Ve, nosotras somos bellas. Su belleza es una profesión. Estas bellezas sujetas a cambio, ¿quién las ha hecho sino la Suma Belleza, no sujeta a cambio?” (Sermón 241, 2).

El hombre mismo es también un excelente punto de partida, que nos es vivencialmente manifiesto: ávidamente abierto a la verdad y a la belleza, dotado de conciencia y de amor al bien, libre y dueño de sus acciones, incorregible buscador de felicidad y de infinito. Su alma espiritual, siempre abierta hacia algo más, no puede tener origen sino en Dios (cf. Catecismo..., n. 33). Como ha expresado el Concilio Vaticano II (Const. Gaudium et spes, 18): con “semilla de eternidad que lleva en sí, (...) irreductible a la sola materia”.

Estos caminos convergen en la existencia de un Dios personal. Conocer más a fondo su intimidad corresponderá ya al don de la Revelación divina y a la respuesta humana de la fe. Pero eso es ya otro nivel.

Rafael María de Balbín